Los beneficiarios de la política de no persecución a la corrupción del pasado actúan con el cinismo de quien a eso tuviere derecho, en vez de ser una concesión necesaria —no cómplice— en pos de una meta más urgente. Tal vez un golpe sobre la mesa redimensione la naturaleza del gesto; y Mancera parece cada vez más como el mejor candidato para ello.