2008, ago. 9

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Se trata de una persona que ha tiempo, aunque no mucho, que conozco. Parece que formo una sección aparte en su vida, que tiene una conexión con ella, pero que es inconexa con el resto de lo que le pasa, que pareciera que ahora tiene una participación en un limitado ejercicio subjetivo que conlleva el riesgo de desaparecer completamente, por el hecho simple de no dejar rastro, de no marcar una huella profunda o un testimonio que hable más allá de la frágil memoria.

Aunque no quisiera hablar tanto de lo que no puedo controlar, pues, como parte de todo lo que es, puedo controlar cosas. En contra de todos los simplistas y, diciéndolo como se debe, estúpidos que hablan por un error de la naturaleza, pero cuyas palabras se relacionan en nada con sus pensamientos (pues, aún siendo estúpidos, es imposible que alguien no tenga razón dentro de su pensamiento). Decía, pues, que estos simplistas aseguran que no son las personas más que transmisores de movimiento, y que no es el universo más que la suma de movimiento y transmisores de movimientos y que si algo no puede reducirse a cualquiera de estas categorías debe ser que se reduce a una elucubración fantasmal y malhadada producto de un fanatismo y de una falta de visión que, en todos los tiempos de la humanidad, sólo se ha visto en los locos y en los genios…

No es cierto que no pueda ver lo que tiene y lo que quiere: todos tenemos y queremos lo mismo, aunque lo nieguen los que, por otra parte, aseguran que somos los que nos creamos y constituimos a nosotros mismos. Todos ellos atados a unas miras estrechas y condenados a ser pobres en sus vidas y en sus personas, cosa que, por lo demás, no importa nada, pues esta riqueza no nos hace nada más ni nada menos, sino que sólo nos impele a una grande y natural frustración, pero, en caso dado, hay que mencionarlo, ya que se menciona algo…


Pero esto se ha convertido en una miscelánea de afirmaciones vertidas sin una estructura clara. hay que olvidar los dos párrafos previos.


Al parecer, este anexo o apéndice que parece que será inevitablemente temporal, tiene justo la misma función que se le podría asignar a la lectura de una novela pobre pero bien lograda, cuyo argumento y trama se olvidan al cabo de un par de años y el nombre del autor apenas tras unos pocos meses.

No está en mi potestad el elegir eso, aunque puedo influir de una manera decisiva y, ¿qué es lo que estoy diciendo? No se trata de un juego, la vida, la existencia, el presente, el futuro, el pasado no son para jugar, quien así lo haga no tiene valor en su pensamiento, es, comparado con un arquitecto, un constructor de con legos que se proclama genial y pretende fundar una vida en las bases que le ofrece su soledad inaceptada ¡Cuán poco valor de aquél que huye de la verdad aunque la tenga en la frente!

Pero no, yo no juego con la vida, yo sólo, como siempre, correré a refugiarme en el búnker del ensimismamiento y, en mi afán de no coaccionar a las personas, terminaré nuevamente con una influencia efectiva y en desacuerdo con mis deseos… Yo, esta vez, otra vez, pretendiendo obedecerme sólo a mí.