Para todo mal, mezcal; para todo bien, también
Si retardado en la consecución de un fin, hoy no. Si muerto por la fatalidad y los designios inescrutables de la majestad absoluta, hoy más muerto que la muerte. Si te mueves hacia adelante y no puedes detenerte, ¡felicidades!, pero hoy no te mueves. Hoy, en la fijeza de tu efigie, ante el estancamiento de la idolatría que siempre me mereces: Hoy, ante el mundo muerto (vivo por la vida que le doy).
Todos se arriman, se arremolinan en torno a su moliente silueta; todos hacen cara de espanto, porque los que no lo sienten no han sido invocados. Todos los que me acosan están dementes, están perdidos, no pueden encontrar la realidad, están extraviados en la anodina fornicación con sus mujeres corrientes, indeseables, útiles solamente para cumplir con la obligación de la saciedad… ellos no, ellos son impotentes. Hoy, apalabrados y convencidos de su superioridad caminan al hoyo en el que la ignorancia reina y ellos son sus meretrices.
Antes, un perro que acompaña a la desdicha de un hombre y un hombre que está solo, a un lado de un perro. Habla con cariño y con frustración; encarna el fracaso (¡Yo, el fracaso hecho hombre; yo, el que ha venido a redimirlos del éxito!). Voltea para todos lados pero la gente no deja de caminar, y en su camino suponen que van a alguna parte y en esa parte esperan estar en algún lado… y mientras la madeja de la desgracia que se cierne sobre todos nos viene marcando. Mañana te conocerás como insuficiente. Mañana estarás tan cansado que la vida y el dolor se fundan en la sola maledicencia de ti mismo. Y el hombre y el perro que ya se mueven para paliar el frío no lo saben, pero están muertos; más muertos que los caminantes, más cercanos a la redención que les ofrezco en el fracaso absoluto, más cercanos a mí, el amo de los que no se mueven, el amo de los amados.
Después de la partida, ya cuando estaba en la habitualidad de su casa, sentado en un sillón, escuchando una espantosa imitación de jazz, que es la que a él le gusta, pensando en el frío que es New York y alentándose con la idea de los cadáveres que son a diario recogidos y que debieran colgarse de las linternas callejeras para deleite del común. Nada de cigarros, esa basura es absurda; nada de sillones, nada de alfombras, nada de ropa. Pensando en la irrevocable partida y en la vida que corre y en la corrida infinita. En un orgasmo infinito, dolorosísimo. Él se derrite y lo sabe, ¿cómo puede saberlo? No lo sabe, todo lo inventa; todo lo que sabe lo inventa, todos inventan lo que saben, todos lo saben todo. Sin ropa, se somete a la inmutable firmeza de lo que se le enfrenta. Y la que partió, está partida; y la evanescente parte que se queda vive más que la que se mueve en el avión que la condena a soportar lo que la soporta (un sillón, una ventana enorme con persianas, hombres que son máquinas… comida, playa, comida, servidumbre para mí, sírvanme aunque me maten luego, aunque me maten siempre). Pinche vida, pinche, pinche. Cierra el puño y se contenta con el placer efímero de la calidez de sus miados corriendo por sus piernas. Camina un poco y abraza a la locura, ¡bienvenida, compañera! Y se la traga, se abre la panza y se la mete entre las tripas y se revuelca y se muere con la panza cerrada.
Sentado en el banco viejo de todos los días en que hay dinero, pensando en que el pensamiento ya no le alcanza y que ya no hay pensamiento posible después del día de hoy, después de la nube de gases en el pequeño pecho. Todo lo tengo, todo lo puedo, todo lo soy (•••) todo lo quiero, todo lo intento, todo lo doy. Todo me lo arrebatan y yo apenas arrebato un poco; nada me queda, nada me dejan, nada me vale, y nada yo valgo. Yo lo doy todo, pero eso no les alcanza, no les alcanza con todo, ¿qué más hay, qué más quieren de mí, qué es lo que necesitan?; yo no soy nada, pero soy más que tú ¡Hijo de la Chingada! Chíngate chingadera, chíngate… yo soy el chingón que te chinga y que se chinga a todos. Vengan a chingarse, vengan por su verga, aquí su padre les va a dar de comer; coman pito, porque frijoles ya no hay, no hay maíz, no hay vida ya, toda se fue, se quedó toda con los chingones de los chingones. Vida no tengo, comida no tengo, casa no tengo, ¿humanidad? Tengan verga, que a mí me sobra, me sobran güevos para todos… para tu madre, para tu hermana; para ti, chingadera, ven para que te chingue. ¡Esa puta! ¡Que me la arrimen nomás! No te la vas a acabar. Puta, puta, híncate puta; humíllate ante el más humilde ¿ya te la acabaste? No te la acabas, no te la acabas puta, nunca te la vas a acabar aunque chilles, aunque reces. Todo vale madre, todo el coraje está aquí, toda la rabia conmigo; sal, bendita, que la hora de la impotencia terminó; sal hermana rabia mía, ven conmigo adonde soy soberano. Ríete, sí. Feliz, a güevo, a güevo ¡A GÜEVO! ¿Qué me ves, pendejo?, ¡te mato! ¡Te mato pendejo, te mato! Te mueres marica, yo te mato ¡YO! Tú te mueres y ahora sí, ¿qué querías muertito? Tú te mueres, pendejo; ya estás muerto ya no eres, ya no vives, ya no me ves, ya no ves nada… Ya consuelo, ya no te necesito, ya soy, ya no pierdo, ya soy, ahora me toca sufrir, pero perder ya no ¡Ya soy! Ya, consuelo, no te acerques. Camina apenas, se mueve unos metros, se abraza a un árbol, se queda dormido; se hunde en un profundo letargo, apoyado en sus hombros. Con la cabeza ahora rota por un machetazo impreciso y temeroso que se alza con la fortuita victoria y la reitera una y otra vez: en la nuca, en la espalda, en las piernas, en el pecho y en la cara, muchas veces en la cara.
Yo ya no sé quién soy, si parado o sentado, si despierto o dormido, si muerto o vivo. Solo sé que lo que no me mata, bueno, lo que no me mata estuvo a punto de hacerlo y con buena ventura. Me revuelco, me pierdo y en la perdición me encuentro, sí, con todo lo que tengo que encontrarme, con todo lo que me hace falta. No, hoy no. Hoy no. Hoy me libero de la consciencia, señores; hoy no estoy vivo, sólo estoy. Sí, levántese, levante la cara y míreme. Después, ya no le necesito. Nunca le he necesitado, pero recién lo voy notando. Sí, señores, los perdidos mejores; y bien perdidos, y mejor perdidos que encontrados están los encontrados. Sonriente grito, soberbio. ¡Salud! ¡SALUD! Que su salud les alcance para que lleguen aquí, en donde no es necesaria. ¡Aquí la autarquía! ¡Aquí la grandeza de la felicidad! ¡Aquí los buenos y los grandes hombres! Conmigo todos, todos para mí. Levántese, compañero; levante su mirada para mirarme. Sea usted conmigo. Sea.