2009, mar. 21

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Hoy, después de cinco días de no verla, la vi; y su mirada era como la mirada de la primera vez que nos vimos, pero mi mirada no, o, por lo menos, eso creo. Supongo que ya jamás lo sabré, porque aquél día no pude ver cómo la veía y hoy no podré creer lo que me diga: hay muchas cosas que nos comprometen como para esperar sinceridad.

Hoy, ella vestía más o menos igual que siempre; y yo, aparentemente, también; porque ella no podrá saber que, a diferencia de todos los otros días de mi vida, pasé más de media hora escogiendo, por su significado, cada una de las prendas que visto. Y no lo sabrá porque no se lo diré: no quiero que, al decirlo, se pierda lo que significa; no podría soportar la idea de que lo hice sólo para que ella lo supiera. Y sólo si no se lo digo, podré saber que así es.

Nos comprometimos a vernos a las once de la mañana. Yo sabía que ella llegaría por lo menos con una hora de retraso —siempre es así—; a pesar de eso, cuando me di cuenta de que faltaban quince minutos para la hora de la cita y de que, si seguía con ese ritmo, tardaría más de veinticinco en llegar me apresuré y corrí hasta que llegué al mismo punto en el que y varias veces he visto los mismos árboles y he escuchado el mismo murmullo ininteligible de la gente que pasa como si yo no estuviera ahí, y que me contempla como parte del paisaje cotidiano. La carrera fue difícil, por lo menos trescientos metros con la misma idea en la cabeza: «quedamos a las once»; y a cada paso mi cuerpo era más exigido, aunque yo sé que la culpa es sólo mía “tengo que respirar por la nariz”, “debo dejar de fumar”, “sólo es un paso”, “el cansancio no puede conmigo, el cansancio hace cosquillas”… “soy libre, soy libre, soy libre”. Los mismos pensamientos de todas mis carreras. Aun cuando podía ver con claridad que ella no estaba allí, seguía exigiéndome llegar a tiempo «no puedo quedarle mal», aunque ella no sepa que yo no puedo. Logré llegar pocos segundos antes de la cita.

En estos cinco días he visto muchas cosas, la mayoría no son dignas de verse, la mayoría han pasado y se han olvidado conforme pasan. Pocas son las que recuerdo, y menos aun las que recordaré en un mes; tal vez ninguna quedará en mi memoria dentro de un año: habrá sido una semana perdida, como hay tantas y tantas que ya no existen. Pero estoy seguro de que este día no, de que este día se quedará conmigo por mucho tiempo. Pienso detenidamente: me desperté a las siete, me levanté a las nueve, me bañé durante media hora, me vestí en el mismo tiempo y he caminado una hora hasta aquí. No he desayunado porque siempre que nos vemos temprano ella trae un desayuno para mí.

Pero por el momento me encuentro sentado, esperando y no sé por cuánto tiempo; contando los caracoles que se aferran a las piedras: son pocos, a penas cuatro; escuchando el sonido del viento, especulando sobre su forma de caminar, sobre qué será lo primero que me diga, sobre el lado por el que llegará…

Hace una semana, estábamos juntos los dos y yo podía ver claramente su mirada de angustia, su mirada que pedía una ayuda; supuse que no podría ayudarla y sentí temor. Sentí que yo jamás había podido ayudar a nadie, que no podría rebasar el espacio que me marca mi mismo yo. Me lamenté y lloré porque nunca podré salir de lo que soy para sentir el dolor de otra persona, para poder compartirlo y aligerar la pena de nadie, porque nunca sabré lo que ella siente. Pero en ese momento, ella se recargó en mi hombro y acarició mi cabello, como si me dijera que mi presencia bastaba, como si supiera de mi sufrimiento por su sufrimiento y quisiera consolarme por eso. Nos abrazamos y por un momento yo no pensé en nada; cerré los ojos y sólo sentía su calor y escuchaba su respiración profunda y lenta; junté mi oído con su pecho y cada latido de su corazón parecía una caricia; yo sólo entonces pensé «está viva». Era increíble cuantos corazones, a parte del suyo, latían en ese momento y, sin embargo, si cada unos de ellos se hubieran detenido no me habría importado para nada. Con los ojos cerrados, sólo sintiendo su calor y escuchando sus latidos, como si todo el mundo se consistiera en eso, como si todo el mundo terminara cuando ella terminara.

Ahora he comenzado a sentir frío; el calor que generé al correr se ha extinguido y los vientos del otoño parece que se han empecinado en hacerme sufrir inútilmente. Meto las manos en mis bolsillos, encorvo la espalda y dirijo la mirada hacia el piso… No sé después de cuanto tiempo, escucho una voz, que sólo dice un «hola» que es borrado rápidamente por el tiempo incesante: es ella. Pienso en cuantas veces me ha saludado y me siento culpable de no recordarlas todas, pero no es una culpa que venga de una falta hacia el otro (sé bien que a ella no le importa) sino una falta ante mí mismo «¿cuántos días —me pregunto— he estado tan empecinado en mí que no puedo resguardar un espacio en mi memoria para lo que sí merece ser recordado?»; siento mucha pena.

Volteo con timidez, y me doy cuenta de que en su mirada se encuentra todo lo que hemos pasado. No necesito recordar cada detalle, lo único que hace falta es cerrar los ojos otra vez y sentir su calor y sus latidos.

Me levanto y la tomo de la mano; la abrazó cada vez con más fuerza, quisiera que se pudiera fundir su cuerpo con el mío y que todo lo que tengo desapareciera y quedarme sólo con ella y tener cada una de sus sensaciones y pensar cada uno de sus pensamientos y deshacerme de todo lo que me pasa y concentrarme sólo en lo que le pasa a ella. Corre de pronto otro viento frío, uno más como tantos otros que han pasado y como tantos que pasarán…

Nos apartamos un poco y ahora puedo mirar su rostro. «Hola, bonita», digo yo.

—¿Qué quieres hacer hoy?

—No lo sé… cualquier cosa, supongo.

Nada, ni una referencia a los cinco días que pasaron, ni siquiera parece que valga la pena recordar, traer a este momento los momentos pasados.

—Te he extrañado mucho —le digo—.

—Yo también.

No sé que más pueda decir, no sé en qué esté pensando ella; no puedo saberlo, pero lo necesito.

Se ha despejado el cielo y mi brazo se ha tornado más luminoso y cálido y no es sino hasta que siento este calor, que contrasta con el resto de mi cuerpo, que puedo darme cuenta de la diferencia que hay entre este momento y todos los demás, de la razón por la que esos cinco días deben quedar ausentes de este momento. Seguimos tomados de la mano, y nuestras miradas se encuentran; ella sonríe y su sonrisa hace que todas las palabras sean superfluas.

Cuando vi su sonrisa algo extraño recorrió mi cuerpo, no es que sea la primera vez que me pasa, pero todavía no comprendo qué es, ni cómo sucede. No pude evitar sonreír también, no pude evitar acercarme hasta ella y abrazarla nuevamente, no pude evitar sentir un fortísimo deseo de comérmela, de hacer que cada parte se su cuerpo formara parte del mío. Traté de hablar, de decir una palabra, cualquier cosa, no importaba lo que fuera, pero no me fue posible.

Nos tomamos de la mano nuevamente y sólo empezamos a caminar por una ruta familiar, ninguno de los dos sabía a dónde íbamos sólo seguíamos el mismo camino que otras veces a guiado nuestros pasos, pero esta vez sin guía y sin rumbo.

Yo pensaba en el cielo y en el viento frío; temas muy simples que no me han abandonado en toda la mañana; recordé, de pronto, un estanque con patos, pero sólo eso, no pude encontrar en mi memoria las circunstancias en las que lo había visto, en las que había llegado hasta ese lugar, o si sólo lo había visto de paso, al lado de la carretera. También podría ser que nunca lo haya visto en verdad, pero supongo que no, supongo que el día de los patos también pensaba en el cielo y en el viento frío. No sé si ella pensaba en patos, lo más seguro es que no…

—No creo que la gente debiera comerse a los patos, son muy bonitos —le digo, como si no le dijera a ella realmente—.

Nada, parece que está de acuerdo.

Pasamos al lado de un parque; hay niños y juegos; los niños son entretenidos, pero nos interesan los juegos.

—¿Vamos a los columpios? —dice, y enseguida caminamos hacia ellos—.

Yo permanezco sentado, pero ella enseguida comienza a mecerse, yo la veo con atención y sonrío; también me mezco y sonrío todavía más. Otra vez el cielo, otra vez el viento frío, otra vez un miedo que no me hace huir, un miedo que me hace buscarlo, porque tenerlo me recuerda todo lo humano que soy… un miedo como el que siento cada vez que creo que voy a llegar tarde o como cuando pienso cosas impensables.

Nos detenemos y nos miramos de nuevo, siempre la mirada suya tan bonita y tan misteriosa, nunca se sabe qué es lo que realmente está mirando; por lo general, puede mirarlo todo de una sola vez.

—Ven —le pido. Y ella se acerca con lentitud. Nos besamos.

Y mientras nos besamos yo acaricio su cara, su cabello, su cuello, sus manos… Nos besamos lentamente, como las primeras veces que lo hacíamos, como desde hace mucho no pasaba; no sé por qué hoy se ha repetido así, ni por qué hoy andamos con tan pocas cosas que decir.

Sus labios son suaves y su boca es cálida, como sus mejillas. Su cara con los ojos cerrados adquiere un semblante distinto, mucho más sereno, mucho más etéreo… Y cuando yo vuelvo también a cerrar los ojos, me perece que ahora sí puedo sentir lo que siente, y que no hace falta que yo sepa que lo siento, que lo que me dice y lo que no me dice se encuentran en un lugar aparte, más insignificante que este momento.

Caminamos otra vez, caminamos, más y más. Tomados de la mano y sin pronunciar palabra; seguimos caminando hasta que el cansancio es evidente en los dos. De vez en cuando cruzamos nuestras miradas, de vez en cuando alguno de los dos aprieta la mano del otro, de vez en cuando se escucha un suspiro…

Mis pies me duelen ya bastante, mi respiración ha cambiado un poco, mis pasos son más lerdos y más pesados. Nos acercamos a una banca y los dos nos sentamos sin cuestionar por cuanto tiempo, ni qué sentido tuvo toda la caminata anterior. Sólo nos sentamos, nos vemos nuevamente, nos tomamos de la mano nuevamente, nos besamos nuevamente y pensamos en un cansancio inútil en un calor que cada vez fue mayor y que ahora es insoportable, pensamos en los días mejores, en los que se podía pasear y contemplar el paseo. Hoy ha sido todo tan distinto y el cansancio no es un cansancio d veras, porque lo que me cansa no hacer lo que estoy haciendo, sino el que mi cuerpo no pueda soportarlo todo, que no haya podido continuar haciendo algo tan bonito, pero la parte bonita de lo que estaba haciendo continúa. Ella recarga su cabeza sobre mis piernas, yo no puedo recordar haberme sentido tan bien en todo el día, juego con su cabello y trato de que no se despeine demasiado.

Y pienso en lo bien que se siente estar así, y pienso también que este día se va a terminar, que dentro de tres horas ella estará en un lugar alejado de mí y que no podré ver lo que hace, ni escuchar sus suspiros, si sentir lo que siente, ni siquiera podré saber si se acordará de mí, que ahora la acaricio y la huelo, procurando que no note mi intromisión… ¿qué tal si yo tampoco me acuerdo de ella?, ¿qué tal si hay un momento de nuestras vidas que transcurra como si esta tarde, esta caminata y este cansancio no hubieran pasado?, ¿como si nunca nos hubiéramos conocido? «Dentro de algunos años —pienso— dos, tres, cuatro… ¿dónde estaremos los dos, a dónde se habrá ido esta caricia y este aliento que sale se su boca?». Y, mientras, se escucha el sonido de los autos y los gritos de la gente desesperada, se puede ver cómo los perros caminan en una búsqueda inútil de comida… «Nos vamos a morir —pienso—. Nos vamos a morir como este día va a terminar…»

—¿Te quieres recargar tú en mí ahora?

—Sí, gracias.

Ella se incorpora y yo me recargo un poco sobre su pecho y cierro los ojos. Entonces, sólo siento su calor y escucho sus latidos «esta viva», pienso, y sonrío.