micros
Almas que animan sin ánimo de animar, recuerdos de la vida pasada que ya no vive [que muere], que salta desde atrás… Muchas muertes ni se notan, hastas que vuelven a la vida (escasamente, en ráfagas lárgas, escabullidas entre los sueños que ya se olvidaron) En el enredo confuso de la memoria, como perdido años ha (no el discurso: el hombre), renace distante y sacro; ajeno, amenazante… ente. Siempre —oh, humanidad— habrá un fin, aunque pocos lo vean; aunque pocos se enteren ni del principio. De la misma manera en la que se rompe un huevo para alimentar a un goltón, así he decidio que acabaré con tu vida: sencillo y hambriento. Mendicidad, desarreglo del mar con las arenas. Arruyo tenue del tiempo que nos golpea sin sutileza, pero con el sin‐peso de la costumbre. Los encuentros, aquéllos en los que apenas se respira, y las manos que se viven a sí mismas, y la certeza de la carencia y de la furia… Siempre serás mi Mosi, la única Mosi de mi vida… «La pena y la que no es pena, Llorona, todo es pena para mí. Ayer penaba por verte, Llorona, y hoy peno porque te vi…» Demasiado tiempo que ya no está. Poco, muy poco pasando en este momento. Todo por venir, mientras callo y miro; airado, molesto, anhelante. Los retazos de tela agrupados que cubrían su cuerpo enjuto no alcanzaban a disimular la pobreza de su empresa, la miseria de su muerte Y se hizo una chocita de paja, que cayó con la noche. Nuevamente la levantó. Nuevamente cayó con la noche… En silencio, durmió bajo tierra. Pues, es así Una mañana de esas que duran doce horas, un estómago suceptible a la melancolía y una vista despejada, rodeada toda por cerros. Buen día. Es como si uno se comiera al desierto y cargara con él en el pecho, y lo llevara a pasear: sin frescura, sólo el calor y las serpientes. No recuerdo haber visto al Nevado tan nevado. Estos han sido día fríos; parece que han querido deshacer la confianza en la mariposas. No te gustan los mosquitos, pero tampoco las arañas, pero tampoco matar… Hay que decidirse. La vida no es tan fácil. No todo es esconderse. Uno de esos amores por los que das la vida, pero por los que no puedes sacrificar tu comodidad… «Yo quiero que te besen otros labios para que me compares hoy como siempre» Por alguna razón —de la que no me puedo dar cuenta cabalmente— ya no creo en el bien ni en el mal. Nadie sabe lo que se pierde hasta que lo ve tenido. Muy malamente fue destrozado. El primer ingénuo creyó que le bastaba su fuerza para arrancarle el brazo, muy tarde para buscar a su caballo. «No me pude morir… y enfermé» Posesión escurridiza. Pasa por mis manos sucias y gastadas, se aleja sin contemplaciones. Lo que no se entiende es el capricho y el hambre. Un error fácil —¡Error fácil!— que [casi] cualquiera pudo cometer sin mayor consecuencia. Una muerte pequeña de todo lo importante: Fácil. Ni hablar, el mundo es mundo. Lo cual no obsta en el idilio auto‐lisonjero que vuelve cada vez que la maldad se regocija. Desprecio, poca cosa. Todos los que miraban parecían, por un momento, consternados; más tarde, pasada la primera estupefacción, vivieron con él, sin entenderlo. ¡Puta desgracia! ¡Maldita suerte! Infamia divina, inasible desprecio; abandonas mi existencia, dios que nunca me miras «…porque hay desventurados que, por migajas, besan la bota sucia que los ultraja» El mundo, receloso de sí, se entrega diáfano tras una pocas súplicas, sufrimientos, torturas, y muertes del alma: lástima que es inefable.