micros
Falso sentimiento que me apresa, falsa condena intemporal a no salir de su falsedad; primero falso yo, que te falseo la vida. Sin dolor no hay sabor. Sin dolor no hay saber. Sin sabor y sin saber no hay nada, sino dolor y tiempo. Lo sabes y no lo niegas, y no me lo dices aunque me lo dices. Me muerde tu mirada, me rompes el cuello. Me callo, me entierro. Gracias. Alimentarse de mugre, llevarla consigo para la protección, para el auxilo ante el frío y el olor, revolcarse en ella y ser muy feliz. Que venga el día y abra las puertas sutiles de tus ojos para que pueda entrar en ti, para que puedas poseerme y llevarme hoy en tu frente. Cuando los miras y los caminos se abren cual si el viento demoliera el mundo para permitir tu paso sabes entonces lo que pierdes para llegar ¿Qué es el agua para un pez? Pero no pasa nada. Enterrado debajo de las arenas sutiles del desierto, vives la implosión fúrica que simpre fuiste, destinado a no valer. Que nadie se diga sorprendido el día en que se desate la pena y en que el hambre comience a devorar lo que se le debe por derecho: nos. Le tengo miedo al mar. ¿Qué puede valer tanto que obtengas, en cambio, el frío? Hay que querer lo que se hace
hay que querer lo que se quiere

Nadie puede saberte
Mejor es no preguntar

Mucha indiscreción
mucha locura
—Así le dijo la hija de puta— Y no se arrepintió jamás → Jamás nunca ← Ni aún cuando, carcomida de gangrena, la lapidó misericordioso y rio. Infamia que se yergue hasta que verse ya no puede la cabeza que la comanda —y se la ataca débilmente a sus pies—. Arriba, Dios ríe; ella no. Era más fácil —y más entretenido— disfrutarte distante, cuando la fuerza tenaz del espejo te opacaba y le iluminaba, mientras algo se perdía Yo nunca conocí la estupidez, no podía comprender cómo se hacía para no darse cuenta de ciertas cosas patentes… Pero es casi como la imaginé Hay un encanto casí monócromo que amenaza toda vida, que encuentra al desauciado y le da el poder de desear, le da la fuerza del salvajismo. Son que callas cuando más el silencio ocupa todo, destierro implacable del paraíso de la liberación de las palabras hueras y de su maldad. Muchas muertes ni se notan, hastas que vuelven a la vida (escasamente, en ráfagas lárgas, escabullidas entre los sueños que ya se olvidaron) Almas que animan sin ánimo de animar, recuerdos de la vida pasada que ya no vive [que muere], que salta desde atrás… … desde un borrador arrugado y amarillento y que te apuñalan —como dice (y dice bien) la canción— “de la espalda al corazón”. Siempre —oh, humanidad— habrá un fin, aunque pocos lo vean; aunque pocos se enteren ni del principio. En el enredo confuso de la memoria, como perdido años ha (no el discurso: el hombre), renace distante y sacro; ajeno, amenazante… ente. De la misma manera en la que se rompe un huevo para alimentar a un goltón, así he decidio que acabaré con tu vida: sencillo y hambriento. Mendicidad, desarreglo del mar con las arenas. Arruyo tenue del tiempo que nos golpea sin sutileza, pero con el sin‐peso de la costumbre. Los encuentros, aquéllos en los que apenas se respira, y las manos que se viven a sí mismas, y la certeza de la carencia y de la furia… Siempre serás mi Mosi, la única Mosi de mi vida… «La pena y la que no es pena, Llorona, todo es pena para mí. Ayer penaba por verte, Llorona, y hoy peno porque te vi…» Demasiado tiempo que ya no está. Poco, muy poco pasando en este momento. Todo por venir, mientras callo y miro; airado, molesto, anhelante. Pues, es así