Arrebatos

Provocar a la vida para que te conteste y olvidar la pregunta cuando responde.

Nada puede añadirse, ¿cuál fue la interrogante?, ¿cuándo te pedí lo que me diste?, ¿cuándo me diste lo que te pedí? Abrir los ojos, saltar, consumir el tiempo con la mirada; sí, mirarlo correr y desnudarlo: el tiempo sin determinaciones, mirarlo sin lo que arrastra como mirar el río sin agua.

Escapar a la destrucción: Todo es realmente nada porque todo es temporal; pero el tiempo no se va porque el tiempo no es nada. Pero yo estoy aquí, abrazándola fuerte, muy fuerte, afixiándola; sintiéndola respirar, escuchando cómo ahoga su queja para no molestarme; y yo lo hago más fuerte, más, más, más.

Y no suelto la esperanza —que conozco vana— de arrastrarla hasta dentro de mí, de sentir su sentir, de sufrir su sufrir, de llorar su llorar, y de saber cómo se ama y se tolera algo tan fútil. Ella tan divina, reprimiendo su sentir para que yo, que todos los días soy y causo miseria no me incomode, para que no la suelte. ¡¡No puede ser!! No puede ser que me ame, yo no puedo tolerarlo. Yo soy por ella y para ella, y, si ella es para mí, yo soy para nada.

Y ahora son las hojas de ese árbol, pero ella ya no está, ya no es. Se parece, pero no es. Y cuando me saluda me miente, y cuando me saluda se burla mí. Y cuando me pregunta y quiere saber de mí no quiere saber nada, y cuando le contesto la insulto: ¡Muérete! Desaparece: no existas más, no existas antes, no existas nunca. Bien, no existir ahora es no existir nunca, es convertirse en fantasía, en invención. Es mi invento; nunca pasó. Hace treinta segundos que acabo de imaginarla, no ha habido nadie que me ame, no habido nadie con quien quiera fusionarme, nunca he odiado… ni siquiera tengo brazos.

¿Y qué me das cuando te pido algo? Siempre me lo das cuando no lo quiero, o dejo de quererlo cuando me lo das | no importa. Lo que pido es la querencia, quiero querer, es todo. Te pido poder volver a desear, poder volver a ser capaz de entregarlo todo, poder sentir que hay algo por lo que valgo. ¿Y qué si el valor me viene de fuera? ¿Hay quién encuentre en sí mismo tanto? No, nadie. En eso sí coinciden todos, todos, todos.

Te provoco, vida, porque eres todo lo que tengo. Odiar, odiar es lo que quiero; saber que mi odio es correspondido, soy digno de que me odien ¡Soy digno! Eso sí lo merezco, eso sí lo quiero…

jun. 5, 2008

Pues para despertar hace falta más que abrir los ojos y para abrirlos no es suficiente desearlo. Entonces tenemos de nuestro lado pocas cosas, y de lo que tenemos nada nos es grave.

Pero, a diferencia de lo que pasa cuando nadie nos ve, lo que vemos nunca está solo. Ni la conciencia nos hace estar más allá, por mucho que se lo quiera.

Pues cada uno describe sus movimientos, ¡oh, qué alegría!, ¡oh, todos padezcan conmigo! Y así se sostiene lo que les da contenido a esas formas monstruosas.

Pero yo conozco todo lo que pasa conmigo y nadie conoce lo que, dentro de mí, pasa con ellos. En eso tienen una gran desventaja, que hay que aprovechar hábilmente o sufrir las consecuencias.

Pues siempre parece —y es verdad— que en este momento no cabe otro ninguno.

Pero hay que esforzarse, porque la muerte de los momentos es la muerte del tiempo y tiempo es lo que somos.

may. 14, 2008

Sí, cercados y acorralados los pocos que resistimos (resistir no es una opción, existir equivale a resistir o se deja de ser lo que se es; es obvio —no sé por qué hace falta que lo diga— que no hablo de la resistencia política). La cuestión es que el acometimiento contra el que resistimos no sabe que nos está atacando. Nos quiere destruir porque es ésa su naturaleza, pero no es seguro que sepa que existimos: es un usurpador que no sabe que usurpa.

Tampoco resistimos para proteger nada. Aquello que defendemos tiene más fuerza que cualquier cosa imaginable; ni nosotros, ni ellos mucho menos, pueden alterarlo mínimamente siquiera. Defendemos el poder acercarnos, defendemos nuestro ser‐honestos (los que saben lo que significa esta palabra quizá sepan de lo que hablo). Nos defendemos, pues, a nosotros mismos de todo lo demás que nos demanda sumisión ¡Oh, grandes palabras, las más grandes, rebajadas vulgarmente por el buen e ingenuo —muy ingenuo, rayando en la candidez infantil más inocente— deseo de alguien honesto de acercarlas a los incapaces! No se dio cuenta de que cometía un error, hacía violencia a la verdad, lanzándola a los que no la buscaban, y hacía violencia a los que lo escuchaban, haciéndolos saber lo que jamás pidieron.

Pero esto es un accidente: aquéllos que siempre han querido hablar y nunca pensar, que siempre han querido saber y nunca investigar, y los que siempre investigar y nunca saber nos han acompañado desde que existimos, nos han destrozado y burládose de nosotros (eso sí a sabiendas). Pobres, en verdad; son, de todos, los más engañados y confundidos, los más risibles y desgraciados. Lo malo es que no saben nada. Nos fastidian ¡Ah, cómo nos fastidian! Nos llaman a ser como ellos, nos ofrecen espejismos, nos hacen odiarnos por ser incapaces de alcanzar la medianidad de su pensamiento, o de comprenderlo siquiera. Nos rodean, se aparecen como amigos, pero nos quieren destruir en lo que somos y convertir en lo que son: en bestias que han aprendido a hablar por el arte de la imitación, pero cuyos pensamientos no corresponden ni de cerca a lo que dicen, ni saben por qué es así.

may. 4, 2008

Me gusta estar ebrio, me gusta estar ebrio, me gusta estar ebrio (hay varias acepciones de esta palabra [según recuerdo] y he puesto en cada una de las escritas arriba una diferente).

Me gusta el helado, me gusta la música, me gusta la verdad (pretencioso, ¿verdad? Bueno, así suena, pero no lo es… Cierto, mejor, más exacto, y más bonito sería decir detesto la mentira y el engaño más que a nada)


También me gusta mucho cuando ella dice mi nombre…

mar. 22, 2008