La sonrisa de Salinas

13 de septiembre de 2012

Carlos Salinas de Gortari está, pública y orgullosamente, de regreso. Ya antes, en la segunda mitad del sexenio de Fox, había intentado volver a la escena pública, con poca fortuna. Hoy, después de que el Tribunal Electoral ha validado una de las tantas elecciones cuestionadas de las últimas décadas (tres de cuatro) y declarado a Enrique Peña Nieto presidente electo, nos confiesa: “Voy a tener que hacerme cirugía plástica para quitarme la sonrisa.” La resolución del Tribunal le ha regalado a uno de los hombres más repudiados en la historia de nuestro país una felicidad que a él mismo le parece no tener final; mientras, la decencia y la democracia nacionales siguen de luto por un agravio que significa la validación de las elecciones de estado y la indefensión de los desposeídos ante los designios de los posesores.

Había algunos que dudaban, pero el mismo Salinas ahora nos lo confirma: sus cartas (y, por lo tanto, sus influencias, que son bastas) estaban puestas en Enrique Peña Nieto, un nombre que no proyecta ninguna convicción ideológica o conceptual, ninguna política o acción de gobierno reconocidas… un nombre que, en el imaginario colectivo, sólo se concibe como galán de televisión, cuya sombra se muestra peculiarmente orejona.

El regreso de Salinas no es esta vez uno de prueba: no necesitó ningún pretexto (no hubo presentaciones de libros, ni conferencias, ni fiestas de allegados cercanos), tampoco tuvo la prudencia de presentarse solemne o de medir sus palabras para tantear el terreno sobre el que se movía; muy al contrario, se mostró con la confianza de quien ha diseñado la casa en la que se encuentra o la del granjero que recorre por enésima vez su huerta para cosecharla, sorteando a ciegas los árboles que él mismo sembró y luego regó pacientemente.

Tal vez a él mismo le parece que, a la larga, al final del juego, ha triunfado, que ha resultado indemne de todas las acusaciones que se le han formulado desde que abandonó Los Pinos. Los gritos de “¡Él fue!” que los propios priístas le profirieron mientras montaba guardia ante el cuerpo asesinado de Colosio quizá le parezcan ahora un mal sueño, lo mismo que la cara, la sangre y las palabras de los alzados neozapatistas que en 1994 despertaron al país y al mundo de un largo aletargamiento publicitario, del sueño de modernidad que la mayoría sólo observaba en los escaparates de las grandes tiendas departamentales, repletos de mercancías recién disponibles por el TLC, mientras las fábricas que les daban empleos cerraban y abrían las grandes maquilas que hicieron del trabajo femenino mal pagado su fuente de plusvalor, y que inauguraron los caminos solos de terracería que pocos años después se convertirían en un cementerio: el de “las muertas de Juárez” a partir de las cuales surgió el concepto mismo de feminicidio, del que el estado de México de Peña Nieto es ahora el máximo representante.

Yo, y muchos millones de mexicanos, tenemos una opinión distinta.

Fue el sexenio de Salinas el que inauguró la presente época en la historia nacional. Y la primera razón es el muy denunciado fraude cometido contra Cuauhtémoc Cárdenas; ya antes se sabía que la democracia no merecía la mayor consideración del régimen priista, pero se trataba, antes del 88, de una continuidad. Un fraude electoral significa el asalto del poder y como tal implica un proyecto político impuesto: el del neoliberalismo. Si bien Miguel de la Madrid comenzó con las concesiones al FMI y al BM, su mediocridad política jamás le permitió asumirse como autor de nada relevante. En 1988, con la escisión del PRI de los sectores nacionalistas (que después cofundarían el PRD junto con un muégano de indiscriminado izquierdas), ese partido transita de la revolución interrumpida y la “robolución” a la franca contrarrevolución, vigente hasta nuestros días.

Con Salinas se acaban los “gobiernos revolucionarios”: la Revolución Mexicana, recurso retórico favorito del priismo, desaparece hasta de los discursos y no fue sólo un cambio simbólico. Los pilares del México posrevolucionario —los artículos 3, 27 y 123 constitucionales— son el objeto de un ataque inusitado: se permite a la iglesia impartir religión en las escuelas privadas; se reforma el ejido para poder enajenarlo y dar paso a los complejos agroindustriales y a la pobreza miserable en el campo, ya de por sí depauperado (llevando a millones de campesinos a las ciudades, a los EEUU y a los más audaces y ambiciosos, al narcotráfico); se rematan, en condiciones de opacidad que prevalecen hasta hoy, miles de empresas estatales, incluyendo a Teléfonos de México y todos los bancos, que quedan en manos de allegados al propio Salinas y que forman hoy la élite que se siente dueña del país; desaparecen los subsidios al consumo, la Conasupo, el fomento industrial… Y, por si fuera poco, se entregan los recursos naturales y la mano de obra mexicana a las transnacionales estadounidenses por medio del TLC, que también termina por destruir la industria nacional que se ve rebasada por las sucursales estadounidenses mejor capitalizadas y las importaciones.

Como colofón, el sexenio termina con los asesinatos de Colosio, Ruiz Massieu, el cardenal Posadas… todas, al parecer, necesarias para asegurar el proceso contrarrevolucionario que entra en crisis ese mismo año y de la cual muchos nunca se recuperaron. El movimiento neozapatista surge para desenmascarar todo lo que se mantuvo oculto con la complicidad, ayer como ahora, de televisa y los ideólogos del libre mercado y la inmoralidad, tan sólo justificada por el éxito.

Ese hombre, que presidió al país en la ilegitimidad avalada por el panismo —desde entonces su “oposición leal”— está, pues, de vuelta. Pronto lo veremos, estén seguros, saliendo en los noticieros de televisa, asistiendo a banquetes, a ceremonias privadas y gubernamentales… y si todo sale como esperan, en entrevistas amables en horario estelar, dando consejos, dictando línea, siendo venerado por políticos y analistas como lo que es: el padre de la élite oligarca mexicana.

A menos que la voz crítica que representan los que se niegan a reconocer a Peña Nieto logre que se recupere, aunque sea un poco, la moralidad en la vida pública.

No siempre se puede levantar la mirada; aunque todo es cuestión de pareceres ¿Por qué no la de una súplica? Parece que así se levanta igual.