La Constitución, a los mercadólogos

23 de diciembre de 2012

Se concretó la aprobación por el congreso de la reforma educativa. Una reforma humillante en la que se pavonean la estupidez y la ignorancia de la derecha que la redactó y de los tiempos que se viven en la política. Ahora —aunque todavía faltan los votos de los congresos de los estados, que sin duda la aprobarán— para siempre quedarán estas vergonzosas palabras en la historia de nuestra Constitución.

el Estado garantizará la calidad de la educación obligatoria de manera que los materiales y métodos educativos, la organización escolar, la infraestructura educativa y la idoneidad de los docentes y los directivos, garanticen el máximo logro de aprendizaje de los educandos.

No es una ofensa menor, se trata del artículo tercero constitucional, uno de los pilares del México posrevolucionario, en la que por fin se garantizaba la educación, científica, laica y gratuita. Por un tiempo, se incluyó el adjetivo de “socialista”, en el sentido de que se debía enfocar en el conocimiento de la situación social contemporánea y en la utilidad social de la misma educación. Ahora, nuestra carta magna incluye palabras hueras y llenas de la mezquindad del neocolonialismo y el neoliberalismo; conceptos que sólo valen en la doctrina empresarial, que pretende contagiar su llana estupidez y su simple, llana ambición entre sus empleados para que acepten como propios, valores que sólo benefician a la empresa, cuyas ganancias sólo benefician al patrón.

Vale notar —pues no es menor— la falta de conocimiento (o respeto) mínimo al idioma castellano y ajenas del todo a la otrora precisa jerga legislativa, y sólo naturales al mundo corporativo y mediático, palabras importadas y despojadas de la riqueza de su verdadero sentido para convertirse en simples calcas del pobre y bárbaro sentido neoyorquino “los materiales y métodos educativos, la organización escolar, la infraestructura educativa”… una barbarie que al insulto conceptual agrega el sintáctico. Peor que lo anterior son los conceptos inventados, que no sólo calcan el sentido, sino la existencia misma de los manuales de administración empresarial de la Booth School of Business: “idoneidad”, “máximo logro de aprendizaje”. La barbarie conceptual empresarial ha alcanzado la propia constitución. Pero la peor ofensa es la palabra favorita de sus orgullosos promotores: “calidad”, que es en español una contracción de “cualidad” y no significa otra cosa; incluso en su acepción colonizada (traducciones ignorantes), en la que pretenden que signifique una medición de la manera en la que una cosa o persona cumple su función, se trata de un sustantivo relativo, de tal manera que algo puede ser de buena o de mala calidad. Pues bien, ni a eso llegaron y le encargan al Estado simplemente que la educación tenga calidad.

Lo nausebundo no es tanta estupidez condensada, sino que ésta alcance se abalance y conquiste uno de los pilares de la nación en el siglo xx. Porque, además, la barbarie no acaba en lo lingüístico, sino que comienza con ello. El artículo constitucional que regirá toda la formación educativa de los mexicanos, la base de la cultura, la civilidad, la ciencia y las humanidades de la nación, no se diferencia ahora de un manual de administración o una declaración de objetivos de Bimbo, Televisa, Coppel… La educación recibe el trato de mercancía y los “docentes y directivos” el de obreros fabriles que trabajan a desatajo. No hay ahí ningún interés humano, ni por los alumnos ni por los profesores; tampoco hay ningún interés nacional, ninguna definición del objetivo cultural y científico que se persigue con lo que debe ser un proyecto educativo. Todo lo que hay son las bases para que las escuelas de las república no sean otra cosa que los primeros engranes para alimentar la gran máquina empresarial e industrial a la que los alumnos deben llegar con apenas conocimientos y sin formación más allá de la alienación mezclada de la cultura pop gringa y los valores brutos del neoliberalismo.

La “eficacia” que anunció Peña está avanzando; pronto, el proyecto de Salinas volverá a tomar el rumbo firme que se interrumpió por la fractura priísta con Zedillo y por la ineptitud del panismo. La contrarrevolución ha vuelto con vigor renovado. Ahora comienza la verdadera construcción del país por parte de la derecha.

Hoy como siempre, los que tienen más hablan más fuerte. Quieren aniquilar con su desprecio a los que, cuando gritan al unísono, ocupan todo.