Hambres ignoradas

13 de junio de 2008

Decía Aristóteles que la esclavitud era necesaria porque las cosas no podían moverse por sí mismas, porque no se transformaban a sí mismas o entre ellas; y, como un hombre que es hombre no puede dedicarse a eso, hacen falta los esclavos —casi hombres— para que ellos lo hagan.

La invención de las máquinas, sin embargo, ha destrozado a la premisa aristotélica: las cosas se mueven a sí mismas, y sin embargo los hombres —y mujeres— permanecen esclavos. Y es que la existencia de la esclavitud no tiene tanto que ver con que las cosas puedan transformarse solas cuanto con que la ambición de los hombres no conoce no sólo límite, sino ni aún medida posible.

Si las máquinas han reducido en centenares el trabajo —esfuerzo— humano que se ocupa en la producción de los bienes más básicos, ¿por qué no se trabaja cien veces menos? Lo que ocurre en cambio es que los esclavos trabajan lo mismo, producen cien veces más y los hombres completos consumen —consecuencia lógica— cien veces más. Ambición que refleja no sólo la ambición de seguirse sirviendo de la explotación humana, sino también la de consumir todo lo que hay en la tierra sin reserva moral que valga. Y si esto es lamentable para los requerimientos útiles de la vida, se vuelve aterrador cuando sucede en la más básica de las necesidades: el alimento.

Las modernas crisis alimentarias no se deben a la carencia de comida, sino a la distribución desigual de su producción y comercio. Las grandes corporaciones agrícolas (Cargill, Monsanto, Minsa, Tyson, etcétera) no titubean siquiera en desvincular sus productos con la responsabilidad ética para con los otros; para ellos es indiscutible que los granos, carnes, etcétera son mercancías sin vinculación directa a las necesidades primordiales de los más pobres, más sudados de los humanos. Y como tales no pestañean en recurrir a prácticas de acaparamiento, de escasez artificial, que, siendo crímenes normalmente, en tratándose de alimentos se acercan a ser de lesa humanidad.

Esto que se alcanza a ver son sólo síntomas del agravamiento de una enfermedad llamada, por lo general, capitalismo. Pero las enfermedades, aunque comprenden en su concepto todos los síntomas, tienen una causa subyacente, que es la que se debe combatir si se pretende una cura: El agente que causa la enfermedad capitalista es, como se ha dicho antes, el desprecio por los otros.

El desprecio y el aprecio no son dictados por las cosas mismas: son cobijados por una conciencia particular. Puede decirse que, cuando se trata de el otro se trata de un uno mismo, a diferencia de cuando se trata de lo otro. Es decir, cuando yo considero a alguien como persona, como un siendo‐humano, entonces lo considero mi semejante, y vuelco las determinaciones que conozco mías en tanto humano sobre su representación; con esas determinaciones va también la axiológica. Es lógico que si yo, en tanto humano, me desprecio, desprecie también la humanidad de los otros. Un capitalista, en efecto, es el menos humano de los humanos; se halla alienado por su propia voluntad, se ha abandonado a sí mismo para poner todo su actuar al servicio de satisfactores del todo externos (obviamente, la satisfacción es siempre interna, pero eso no significa que actúe en función de sí mismo, pues su felicidad radica en el bienestar de lo que entiende como suyo). Pero, todavía más que eso, de todas las personas con las que tiene contacto pocas son vistas como semejantes. La ética capitalista se regocija en un excepcionalismo por ambición, que ha engullido las virtudes de otros tiempos, se ha convertido en ellas. Las diferencias de clase las entienden como diferencias intrínsecas por eso se es y no se está pobre.

La inmensa mayoría de la humanidad es lanzada al costal de lo otro, es convertida en —como decía Aristóteles— reemplazo de cosas que la naturaleza, es su torpeza, olvidó crear.

Es, en la inescapable urbanidad de los tiempos modernos, imposible reconocer la humanidad en cada persona que nos encontremos: Sería la locura, la impavidez permanente. Pero la vanidad del clasemedierismo tercermundista extiende categóricamente este mecanismo de cordura hasta convertirlo en símbolo de identidad; lo extiende a la clase y la fisionomía que en lo países colonialistas representan su enemigo cultural, moral, indigno, necio, irredimible.

Hablan ellos de un “emprendimiento” como la máxima virtud posible en lo social. Pero tal convicción de empresa en una sociedad cual ésta, borda en una sociopatía, pues su primer requisito es considerar la producción y la acumulación como las metas principales de cada acto individual. Esto implica el entregar el ethos a tales propósitos: Más allá de empatías y de justicias, el contrapeso de la balanza del juicio moral se hace una racional proyección hacia un “progreso” siempre indefinido, pero vislumbrado como una mejora material amorfa.

Al entregar su existencia a la materialidad y olvidarse de sí como ser doloroso y placidero, es más probable llegar a controlar las condiciones materiales de la existencia de los demás. Así, en una sociedad en la que domina el capital por sobre el Estado (una organización comunitaria para da concentrar las fuerzas sociales hacia la consecución de el bien general) es inevitable que ocurra una general deshumanización del otro.

Continuando con el primer tema, tenemos que la crisis alimentaria no es producida por la escasez, sino por distribución. Es, así, un problema financiero, por lo tanto, es un problema político, por lo tanto, es un problema ético. La alimentación siendo la base, la fuente de la existencia humana, no puede permitirse que se trate como algo —principalmente— comerciable, algo que se puede —y, por lo tanto, también no se puede— comprar. No se trata de sacralizar la producción alimenticia: basta con humanizar lo humano.

La producción y consumo de alimentos no puede dejarse a la mano invisible —y, al parecer, también divina— del mercado, pues constituye una condición de posibilidad de la sociedad. Así, cuando menos en su cantidad indispensable, no debe estar sujeta a la capacidad adquisitiva sino a la necesidad nutricia de las personas. Un Estado justo debe administrar y garantizar que así suceda. Ignorar deliberadamente esta obligación debiera ser una de las primeras causas de indignación pública, pero no es así porque la propaganda de la falaz meritocracia del capitalismo entierra las necesidades más básicas de la carne humana en un alud de reproches contra la personalidad, las costumbres y hasta la cordura del que tiene intereses divergentes de los de la ambición.

Una garantía nutricional universal, bajo las condiciones actuales, no significaría para las agroindustrias ni para los gobiernos un gran sacrificio, y aún si lo fuera, es poco contra la consecusión de un planeta sin hambre, sin enfermedades de pobreza, sin hermanos matándose entre la escasez mientras graneros repletos esperan un mejor precio de venta.

Siempre serás mi Mosi, la única Mosi de mi vida…