“¡Fuera Peña!”

13 de julio de 2012

Era el sábado siete de julio de 2012. Un largo contingente se había formado. No tan largo como en otras ocasiones, no tan enganado. Nuevas consignas de los primerizos bienportadistas que el #132 arrastró a una masa compleja, triste, cargada de seis años de derrotas, decepcionada antes de empezar, pero presente, marchando.

“Peña, culero, por tu culpa soy grosero”, era el colorido aporte de los preparatorianos que, por alguna razón, le dan más crédito a los panistas (será un poco el racismo, será un poco el estigma insacudible que arrastra la palabra “pri”) como si nadie les hubiera enseñado a definir “neoliberalismo”.

Conflictos internos: a los buenos no les gustan las pintas, ni los insultos a la policía. Lo que es haber aprendido de la violencia política en libros de texto, conocer la desgracia sólo por la letra impresa, encantados por las revolucioncitas de las clases medias primermundistas, como si defender el derecho al aborto y a la democracia merecieran la misma fuerza ciudadana.

Caminábamos sobre el paseo de la Reforma y se hizo el silencio. De pronto, como si todos entendieran la impropiedad de tal condición, al unísono retumbó —sin maestro de ceremonias— la misma consigna: “¡Fuera Peña! ¡Fuera Peña!” Y nunca mejor dicho: al unísono. Se escuchaba una sola, fuerte, inagrietable voz. La única disonancia provenía de los edificios, de cada uno de ellos: Era un eco que vencía al silencio mientras tomábamos aliento se repetía la consigna en una serie que se antojaba interminable: Grito tras grito, todos siendo el mismo.

Esta unisonoridad se repitió, más íntima, más terrible, cuando íbamos entrando a Cinco de mayo.

Fueron los momentos más solemnes de la marcha, casi marciales. Se sentía como si esa voz enorme, ese estruendo feroz fuera la voz propia, que la fuerza de los todos era la fuerza de uno solo: la mía y la del que estaba junto a mí. El paso entonces se alentó, se volvió más pesado, la mirada se hizo más espesa, el objetivo fue más claro y la decisión más firme.

Unas cuadras después, en el Zócalo, todo se dispersó: se acabó la masa, se rompió el encanto. Se había llegado a la meta, y nadie supo qué hacer. Sólo hubo miradas quietas que preguntaban “¿y ahora?” sin que nadie se atreviera a dar respuesta, todos temerosos de las palabras “provocador”, “traidor”.

Todo se atomizó, pues. Se volvió a pensar en el hambre de uno, en el frío de uno, en los pendientes de uno… Fue el Zócalo la piedra que rompió la hola que venía con una fuerza que parecía imbatible, pero que fue más espuma que mar.

Y las marchas que siguen, ¿volverán a terminar cuándo nadie sepa qué hacer y todos se hayan cansado de gritar?

«desde que te fuiste no es visto flores, ni los pájaros cantan, ni el agua corre»