“El SME se queda, Calderón se va”

17 de octubre de 2009

De un plumazo, como si tal cosa, un gobierno que nació de una alianza maldita entre los oligarcas y los partidos de la reacción pretende que se castigue, que se sacrifique, que se suspenda el destino de cuarenta y cuatro mil personas y de sus familias.

La cosa no es menor; éste es un gobierno asesino, no muestra piedad ni sentimientos empáticos por los miles desplazados, muertos y reclutados en guerra‐juego. Están todos ellos dominados por la sola marca de la ambición y de la codicia. No tienen una visión del País, eso no les importa, no tienen un entendimiento cabal de lo que sus cargos significan, y des‐entienden las consecuencias de sus decisiones, y la humanidad de quienes las padecen. El único futuro que pueden proyectarse es el de ellos mismos y el de sus familias disfrutando, placiéndose, entregándose a la frivolidad que les da el dinero sin trabajo, inmersos en su turismo sexual, sus viajes de shoppping, los bautizos de sus yates. Ellos, cerdos asquerosos, proxenetas y pederastas que hacen de la pobreza y de la marginación su paraíso en el que, por el dinero, se elevan mágicamente sus entidades nefastas hasta considerarse de otra especie que los que son el origen de eso que ellos despilfarran: los trabajadores. Se creen castas divinas, y así se comportan, se han puesto por encima del resto de los mexicanos por el solo decreto de que así debe ser porque así les gusta.

En México ni siquiera hay capitalismo, las fortunas no se amasan con la producción, sino que vienen del poder, del decreto —basado sólo en el deseo ciego— de los que controlan la brutalidad de la fuerza del estado y el poder que debieran usar para impartir justicia. Ellos deciden quién puede y quién no tener negocios, quién se les une y tendrá, así, derecho a chupar del trabajo de la gente humillada, y el fruto de todo su dolor.

Y mientras, los que estamos sosteniendo la realización material de la maldad que les infla las venas, que se les corre en su enredadera decrépita de carne y que les nace del mero centro de su pito; los que somos tapetes de su comodidad, apenas salimos y nos asomamos, llenamos el zócalo y nos quedamos sin caber… Pero una vez que acabó nos fuimos y nos callamos.

Pero el asunto no para ahí, no se trata de estar en desacuerdo con el uso injusto e irracional de las facultades que han tomado por asalto para regodearse en la inmundicia de ambiciones que llaman gobierno; no es solamente aborrecer el ejercicio de un poder que se usa para matar al pueblo, y no para sostenerlo. Esto que han hecho contra el Sindicato Mexicano de Electricistas trasgrede flagrantemente y sin el menor pudor el pacto legal. Han violado —como si nada significara— la seguridad jurídica, ha convertido a su voluntad en el parámetro que define lo que se acepta impune y lo punible: punible es estorbarles en su ambición, punible es lo que no les permita sus bacanales, vomitando un alcohol que cuesta más que cien días de salario mínimo. Han implantado de facto una legalidad retorcida en la que lo que les estorba debe terminar y ser aniquilado.

Y no porque las garantías fueran antes respetadas, sino porque ahora han perdido la vergüenza de desconocer contratos colectivos, leyes laborales, garantías constitucionales al más alto de los niveles. Sin el menor pestañeo declaran que su voluntad anula el estado de derecho.

En un país dominado por la zozobra de la muerte, y bañado en la sangre de los desgraciados, la defensa de la legalidad —formal, si tan solo eso fuera— es el delgado puente que nos separa de una dictadura. Con este golpe, al parecer, se han desatado las apuestas con ese propósito. Falta ver cuánto puede resistir este pueblo cansado.

“¡Aquí se ve la fuerza del SME!”
“¡Aquí se ve la fuerza del SME!”
En aquel lugar, con esa pared vestida con su enredadera, mientras dentro se le acabó el alma a la que custodiaba su razón para despertar.