Dos primeros de diciembre, II

22 de diciembre de 2012

Hubo en este 2012 dos primeros de diciembre que corrieron paralelos. Uno, el acontecido en el amasiato recientemente creado de los palacios y la televisión. El otro, el acontecido en la calle que estrenó oposición y vio renacer la contraoposición activa. Hablaré ahora del segundo.

San Lázaro

Empieza la mañana y empieza la protesta. Bardas de tres metros que separan la realidad de la calle del set de filmación que se ha montado en la Cámara de los diputados. Surgen las consignas y los gritos de siempre; surgen, también, los gases lacrimógenos, las bombas molotovs, las patadas contra las rejas, algunos chorros de agua se terminan estrellando contra los manifestantes. Fuego, piedras, gas pimienta… balas de goma. La Policía Federal resguarda a personas vestidas de paisanos del otro lado de su muralla, caminando y platicando pasiblemente con ellos. Mientras, los manifestantes —que no dejan de atacar a los muy bien pertrechados policías— son asediados con balas de goma que no son disparadas hacia el piso y a una distancia mínima de cien metros, como manda el reglamento, sino que son disparadas con trayectoria corta y recta. Decenas de heridos: brazos, piernas y abdómenes quedan marcados. Dos de ésas balas alcanzan el cráneo de dos manifestantes, dejándolos inconscientes y gravemente heridos. Suenan las sirenas de la Cruz Roja, se improvisan camillas; otros heridos son ayudados a llegar por sus pies a la ambulancias. Hay un compañero muerto, se anuncia por el altavoz; los ánimos se encienden, la indignación aflora, la desesperación… Y mientras, Peña Nieto entra, acompañado de Calderón al Palacio Legislativo, toma protesta equivocadamente, con una voz temblorosa y frágil; mil adulaciones y besos de mano después, se va a dar su mensaje feliz en el Palacio Nacional.

El cráneo abierto y los ríos de sangre que nacen de dos opositores heridos por las balas de la policía aparece en algunos medios de internet; comienza la represión, se anuncia; comienza, también, la indignación. El PRI está de regreso y es como si nunca se hubiera ido. Sus protocolos y su imagen, sus símbolos arrebatados a quienes realmente tenemos que reivindicarlos con verdadero patriotismo y solidaridad están en el aire. La cargada, la alineación mediática, la calumnia contra los que se oponen; el garrote y la zanahoria para mejor dividir y vencer. Aquí estamos y allá están

Llega un camión de basura que nadie sabe de dónde salió en una zona con las vialidades clausuradas; hay varios sujetos en su contenedor sin basura. Termina estrellándose contra las rejas de la policía, que finalmente seden. Hay caos… todo termina. Vamos al Zócalo. En el camino, un grupo de personas con atuendos uniformes toman la decisión de destruir mobiliario urbano, aunque éste carezca de cualquier simbolismo; destruir por destruir. Están bien preparados: Todos llevan camisas negras; llevan también tubos de los usados para fijar malla ciclónica, todos de la misma longitud, que dejan relucir el cromado impoluto que indica que nunca han sido usados: estaban destinados sólo a usarse hoy. Tienen también lazos con ganchos para poder, entre todos, derribar parabuses. Gran coordinación, gran efectividad. Sólo en Tepito son forzados a contenerse por los vecinos y comerciantes; los de playeras negras obedecen y reanudan su ciega destrucción un poco adelante.

El Centro Histórico

No hay, como siempre hay, como cada dos de octubre, cercos de policías y de granaderos resguardando los aparadores de los grandes negocios, formando vallas de contención. Los de playera negra comienzan la tarea: con sus tubos todavía lustrosos arremeten contra aparadores; son un grupo heterogéneo, sin duda. Al lado de quien pinta un símbolo anarquista, hay otro que junto a la frase “No+PRI”, pinta la esvástica para que se los asocie con el nazismo, el demonio preferido del medios cursis occidentales. Y para dejar en claro que se trata de fanáticos sin ningún respeto por la religión nacional, uno más indica su credo: “¡Viva San Marx!”, proclama. Lo que los distingue del resto de los manifestantes es una manopla negra en la mano derecha. Un policía dirá después —en testimonio anónimo— que identificó entre ellos a muchos vendedores de los que gritan en las afueras de la Plaza de la Computación.

Llegan los granaderos; “contención”, es lo que se les exige. Unos manifestantes corren o apresuran el paso para irse, pero otros se quedan y enfrentan a la policía: les lanzan rocas que repelen con sus escudos y sus duras corazas de plástico; ellos las regresan contra los manifestantes que sólo pueden oponerles sus brazos y sus cráneos. Más gases lacrimógenos. De pronto, cambian las órdenes: “agárrenlos”, “súbanlos”; usan la clave del todavía un día antes secretario de seguridad pública del DF, a los que no están seguros se les responde: “Son órdenes de Ebrard”. Efectivamente, a Marcelo se lo ve en el centro de comando de la policía del DF, al tanto de los hechos y dirigiendo las operaciones junto con el que se queda en lugar de Mondragón.

Los granaderos avanzan cuando los que eficientemente hacían pintas y rompían vidrios se han ido y recogen a los que pueden: Camarógrafos, boleros, estudiantes que realizaban representaciones teatrales… todos los que parezcan jóvenes, todos los que no se vistan de acuerdo con el código que las buenas costumbres dictan… y, en la peor de las prácticas, para que vean lo que cuesta la solidaridad y la exigencia de justicia: todo el que se atreva a reclamarles por sus detenciones ilegales también es arrestado… señores, señoras, ancianos; personas que fueron al centro a comer un helado, o a buscar mercancías de todo tipo. Los que caen en manos de los granaderos son golpeados brutalmente; algunos pierden el conocimiento. En el camino, las mujeres son amenazadas con violaciones, algunas son abusadas; les recuerdan Atenco, en vivo y en el discurso. Ya en el MP hay más torturas: choques eléctricos, desnudos forzosos… prácticas que son difíciles de olvidar para quien ya las ha practicado.

Pero parece que entre tantas detenciones, pocas o ninguna corresponden a los responsables de los hechos. Una semana después, la juez encargada de ver el caso ordenó la liberación de 56 de los 70 detenidos por falta de pruebas; y los catorce restantes son mantenidos con evidencia endeble (básicamente, videos que prueban que estaban en la zona del conflicto, pero no que participaran en él o en los destrozos) y que nunca debió ser aceptada; hay por lo menos cinco con pruebas contundentes de que fueron arrestados arbitrariamente… pero, hasta el día de hoy, ahí siguen.

Y como pretendido epílogo, el canto de la victoria: “Ya limpié mi Alameda”, tuitea Ebrard. Síntesis insuperable de lo que acaba de pasar. Personas gravemente heridas y en peligro de muerte, detenciones arbitrarias, represión, suspensión del derecho ciudadano a la protesta, huida de los verdaderos responsables de los destrozos… Sangre, mutilaciones, golpizas, torturas… pero lo importante es que la alameda que recién Marcelo mandó adecuarse a sus gustos quede limpia, que en la cámara se vean los encapuchados destrozando inertes vidrios y que salga su rostro cínico en pantalla, asegurando que se actuará con firmeza y que todas las detenciones fueron legales y que no se usaron balas de goma y que lo que no se debe olvidar es que algunos vidrios valen más que las garantías constitucionales, la justicia o la vida. Que no se olvide, repite Mondragón, quiénes son los buenos y quiénes los malos.

Mancera toma posesión cuatro días después y calla. Llega a decir luego que ante la posibilidad de que pudiera haberse dado detenciones arbitrarias, se revisará los casos uno por uno: Miente: los que han salido lo han hecho por orden judicial y muchos los que siguen adentro tienen pruebas fehacientes de su inocencia. El gabinete se queda lleno de fieles a Ebrard. Sólo una cosa es segura: Mancera es un pelele de Ebrard y todo, absolutamente todo seguirá como cuando él estaba, pero con menos interés en proteger su figura. El salinismo, el mismo día, regresa a la presidencia de la república y al gobierno del DF.

No es interesante ver cómo una persona va dejando su aliento esparcido por esta tierra hasta el último. Interesante es contar sus lágrimas.