Dos primeros de diciembre, I

5 de diciembre de 2012

Hubo en este 2012 dos primeros de diciembre que corrieron paralelos. Uno, el acontecido en el amasiato recientemente creado de los palacios y la televisión. El otro, el acontecido en la calle que estrenó oposición y vio renacer la contraoposición activa. Hablaré ahora del primero.

El juramento de protesta

En el primer minuto del primero de diciembre, Calderón reeditó la ceremonia que hace seis años se vio obligado a inaugurar, cuando la oposición en el Congreso de la Unión amenazaba con impedirle rendir protesta como presidente luego del fraude electoral que cometió, convalidado ya por el Tribunal Electoral. Esta vez no había tal riesgo: la oposición activa que se preveía era mínima en número y simbólica, además de que se permitió que el Estado Mayor Presidencial (EMP) dispusiera de todo tipo de medidas para evitar la molestia de que Peña tuviera que ver a los opositores, adentro y afuera. La sede del poder legislativo fue sitiada por el ejecutivo siete días antes de la ceremonia que duró siete minutos; y mientras en la calle se demostraba la magnitud de lo que se esperaba, todos los actores políticos jugaban a callarse y a hablar de una toma de protesta solemne. Era el comienzo de lo que veremos en todo el sexenio: Un ejercicio presidencial en locaciones y foros de televisión, un drama que se transmitirá diariamente en el que se aclama la institucionalidad, la unidad, el reconocimiento y la magnanimidad de un Peña Nieto deificado, capaz y preocupado por el país: la tarea de Peña y de su gabinete será aprenderse guiones y recitarlos convincentemente; su propósito, generar buenas tomas que puedan transmitirse en la televisión.

Calderón este día recibió un par de favores de Peña Nieto. El primero consistió en esta ceremonia de medianoche: repitiéndola, incluyéndola en el protocolo, Calderón aspira a que aquélla de 2006 se reconozca post facto como protocolaria. Lo cierto es que ninguna de las dos lo fue. La constitución manda que, antes de asumir la presidencia, el candidato electo debe realizar un juramento ante el Congreso de la Unión o, cuando menos, ante el presidente de la Suprema Corte de Justicia. Sin que esto hubiera sucedido, Calderón y Peña decidieron que la sucesión del ejecutivo debería darse entre ellos solos, sin involucrar al resto de los Poderes de la Unión. Se trató al mismo tiempo de una alegoría de la forma en la que se decidió también la sucesión presidencial: fue una elección personal, con absoluto desprecio por la democracia y la constitución, en la creencia de que ellos mismos son la encarnación del poder y con la presencia de Calderón actuando como su pelele y siendo cómplice del priismo (se rumora que hace seis años, entregar la presidencia al PRI fue parte del pacto para reconocer su presidencia).

Entonces, Peña toma protesta a sus secretarios de la defensa, de marina, de seguridad pública y de gobernación. Sin ninguna investidura constitucional, sin la autoridad del ejecutivo, avala a unas personas que no rindieron protesta ante el presidente, ni tienen pensado hacerlo y que, por lo tanto, ocuparán sus secretarías sin los requisitos de ley. Una total falta de respeto a las formas republicanas. Pero en la realidad teatral, todo se justifica con la sola presencia del héroe Peña Nieto.

Después siguió la visita al Palacio Legislativo y el segundo favor a Calderón. Por primera vez en todo su sexenio, Calderón entra al salón se sesiones y lo hace por la puerta de enfrente. Los dos personajes recientes más repudiados por los electores, más acusados de mancillar la vida republicana, la democracia electoral, de destruir las bases mismas de la constitución, asumiéndose ganadores de la presidencia por cualquier método (por criminal que sea) con tal de no aceptar la voluntad popular; éstos dos entran sonriendo por la puerta principal. Vergüenza para la democracia y vergüenza para los legisladores de la oposición.

A su paso, nada los obstruye. Caminan erguidos, triunfantes, saludadores. “¡Asesino! ¡Asesino!”, se escucha contra uno; “¡Atenco! ¡Atenco!”, “¡Monex! ¡Monex!”, contra el otro. Los panistas callan, y los del PRI: “¡Presidente! ¡Presidente!”. Pero los micrófonos de la televisión sólo captan los gritos de los priistas: En la pantalla, la cámara está de fiesta. Aún alcanza a caer un manojo de papeles que representan billetes en la cabeza de Peña; los locutores de la cadena nacional mantienen el silencio; bien pudo haber sido confeti de gran tamaño.

Ya en la tribuna, Calderón besa la banda presidencial, no el símbolo de la patria, sino del poder presidencial. Peña recita el juramento con la voz quebrada, acuosa… Los nervios son inocultables; el rostro, serio: Parece un niño de primaria (uno disciplinado, eso sí) actuando en la primera obra escolar. Pero la memoria lo traiciona, haciendo eco de su famosa necesidad de teleprompters para tomar protesta. Jura que cumplirá la constitución y sus leyes; se le olvida acotar, como lo manda la constitución misma, que se trata de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Peña no cumple con los requisitos constitucionales y nosotros vamos a ser gobernados por alguien que no juró cumplir nuestra constitución (aunque de nada ha servido que los anteriores lo juren) y hemos sido negados de nuestro derecho a demandárselo si así no lo hiciere (aunque de nada ha servido que hayamos podido hacerlo con los anteriores). Mientras, hay heridos afuera del palacio legislativo; se rumora que hay un muerto (al final, en esta fecha, una persona perdió un ojo y otra está en coma inducido). Pero en la tele todo es alegría, solemnidad y patriotismo.

El discurso

Luego, llega el discurso. En un set colocado por la misma televisa, en el Palacio Nacional con invitados que sólo brindarán aplausos y caras sonrientes. Comienza por decir lo maravilloso, compasivo y democrático que es el país; continúa diciendo que no lo es tanto y que hay problemas. Anuncia trece grandes decisiones, la mayoría calcas malas y pobres de las propuestas de López Obrador; ilusiones migajezcas con las que los maltratados y humillados mexicanos se deben sentir más que satisfechos y agradecidos.

Ahí donde López Obrador propuso un plan integral de programas sociales para mitigar la pobreza y de inversión para generar empleo y reactivar la economía, él promete una ambigua “cruzada” de voluntariado contra el hambre. Ahí dónde López Obrador propuso ir a buscar a los jóvenes a sus casas y meterlos a la escuela o darles trabajo para disminuir la delincuencia, él promete remodelar parques. Ahí donde López Obrador propuso un tren bala de la ciudad de México a la frontera y un sistema de interconexión desde Cancún hasta Tabasco y por toda la Riviera Maya, él promete un tren (no se sabe de qué características) del DF a… Toluca, a Querétaro y otro de Yucatán a Quintana Roo. Ahí donde López Obrador propuso todo un sistema de comunicación e infraestructura para hacer en el Istmo de Tehuantepec el puerto más importante de América, él promete construir una carretera (el puerto sólo tiene sentido si se aumenta el comercio con Asia y Europa, no si —como parece que será con Peña— los EEUU siguen siendo el casi único socio comercial de México). Ahí donde López Obrador propuso un programa de apoyo a madres solteras para ayudarlas con su vida, él promete un seguro de vida, que ayudaría a los hijos de éstas sólo en el caso de su muerte. Ahí donde López Obrador propuso una pensión universal para los adultos mayores, él promete bajar cinco años el programa federal 70 y más (que se restringe a quienes no tengan pensión o afore y que habiten en comunidades de menos de 65,000 habitantes). Ahí donde López Obrador propuso que hubiera tantos canales de televisión y estaciones de radio, cuantos fuera técnicamente posibles, él promete licitar dos cadenas de televisión (y, al parecer, se trata de cadenas regionales). Ahí donde López Obrador propuso una ley de precios al consumidor, para asegurarse de que no se cobre más que lo justo por servicios como telefonía e internet y una lucha frontal contra los monopolios, él promete un ambiguo “fomento” a la competencia. Ahí donde López Obrador propuso una reforma fiscal progresiva y acabar con los privilegios fiscales, él promete una Ley de Responsabilidad Hacendaria que regulará las deudas de los gobiernos (deudas adquiridas en su mayoría por priístas y, uno debe esperar que incluya un “rescate” —un nuevo robo— de esas deudas, que muy probablemente terminaron en parte enriqueciendo a los gobernantes y en parte en la campaña del PRI). Ahí donde López Obrador propuso una política de austeridad, que empezaría por reducir su sueldo y el de los mandos medios y superiores, dejar de mantener la flota aérea, cortar las plazas adicionales y los todos los gastos superfluos, él promete un muy ambiguo “reducir” el gasto corriente… y, bueno ahí donde López Obrador propuso invertir en educación 1% del PIB, ni un rechazado de las universidades, deshacerse de Gordillo y poner un secretario de educación capaz, él promete hacer un censo de alumnos y escuelas y acabar con algunas prebendas sindicales, y al secretario de gobernación durante la matanza de Acteal lo pone en educación. Ahí donde López Obrador propuso una Secretaría de la Cultura, él promete… nada. Ahí donde López Obrador propuso una Secretaría de Ciencia y Tecnología, él promete… nada. Ahí donde López Obrador explicó el origen de los recursos para conseguir todo lo que propuso, él explicó… nada. Ahí dónde López Obrador propuso combatir la corrupción y crear una Contraloría Ciudadana y nombrar en ella a un ciudadano honesto y alejado de su grupo y de su ideología y partido, él promete… nada. Ahí donde López Obrador propuso la honestidad como eje rector de su gobierno y el renacimiento ético del país (dejar de lado las premisas de que vale más el que más tiene o de que el que no tranza no avanza), él promete… nada. Más todavía: Peña Nieto propuso la derogación de todos los códigos penales estatales y la creación de uno solo: el sueño de Lucas Alamán y de la derecha centralista mexicana, revivido en una ocurrencia insensata y aberrante.

En fin, un show que pretendió, para usar una expresión conocida, empleada por el espurio saliente, “rebasar por la izquierda” a López Obrador, y que por el mero reconocimiento de los problemas (y proponiendo soluciones por lo menos parciales) infundiría esperanza en la gente… la gente, que nunca ha visto a Peña como un gobernante o un estadista capaz, sino como un galán, un catrín, para usar una expresión más acorde, aunque en desuso. Peña nunca será popular, pero en el PRI y en televisa se conforman con que sea respetado y no sea un villano… la gente, que en ese momento estaba mostrándole su repudio (o intentando hacerlo) mientras el caos, la provocación, la furia y la represión se apoderaban del centro de la ciudad capital.

Están entrenados —y así será en adelante— para pronunciar siempre discursos que ignoren, para bien o para mal, la realidad que no quieren que sea real, y para afirmar la mentira que quieren que lo sea. Una estrategia tan burda como ésta, sólo funciona si todos los medios de comunicación se alinean (objetivo mayormente cumplido, aunque en el último de los casos tal vez hubiera bastado con la televisión) y si la gente deja de comunicarse verticalmente (cosa también ya hecha).

Así, lo que empezó como dos primeros de diciembre, pretende ser dos Méxicos. Tarea difícil, pero de necesario empeño, es tratar de llevar el México real al México alucinado, aunque en el camino haya calumnias, represión y burlas de todo tipo.

Un completo imbécil está en la presidencia y hombres y mujeres de la peor calaña ocupan los puestos de gobierno, puestos que compraron con deudas que todavía van a pagar. Comienza la presidencia de televisa y debemos estar preparados para que cada noticiero sea un resumen del reality show que está por comenzar.

¿Cómo permití que lo último que tenga de ti sea tu perfume? — feliz fantasma que se alza de vez en vez (harto de ti) y se aleja sin remedio—