Opinión

2 de febrero de 2009

«La vida es demasiado corta para que la ensuciemos dejándonos dominar por lo superfluo, por lo que no tiene valor»

Esta sentencia, concisa y firme, fue pronunciada por Andrés Manuel López Obrador, en su discurso del domingo 25 de enero de 2009 (hace una semana), en la Plaza de la Constitución, en el Zócalo; enfrente del Palacio Nacional, sede hoy de una presidencia detentada por uno de las más cínicas, bajas, mezquinas y resentidas personas que hayan vestido la banda tricolor: una persona para la que no existe lo superfluo como una división de sus quereres, pues el menor de sus caprichos se convierte, por ese instante, en su existencia toda

En costado izquierdo del palacio nacional —en la calle de Corregidora— se hallaba, casi soberbio, un montón de mierda; y, coronándolo, un trozo de papel de baño, pues así no se puede decir que quien fue responsable por aquéllo no tiene sus prioridades bien ordenadas: primero mis nalgas, y luego el mundo. Hasta es posible que el susodicho llevara por apellido el de “Calderón”.

Pero hay suciedades que no se limpian; más fácil es para ellos convertir la suciedad en pulcritud en su retorcido sistema de valores. Hay mucha gente así; quizás la mayoría. Gente que se rodea por entero con mierditas de esto y mierditas de aquéllo, que las engullen con desesperación y se deshacen la vida en su consecución; gente que se regodea en el más recalcitrante de los egoísmos que, de veras, no les permite verse como personas, porque no pueden entender el significado de la dignidad, ni cuando a la suya propia se refiere.

Pero entre todos los que ahí estábamos podía palparse la mucha rabia, la mucha dignidad subyugada… Demasiada para nuestro propio bien.

A continuación, el contexto del mensaje.

Nada se logrará —que se escuche bien— si continúa avanzando la falsa creencia de que sólo vale el que tiene y de que se puede triunfar (entre comillas) sin escrúpulos morales de ninguna índole.

Por eso, es indispensable crear una nueva corriente de pensamiento que se sustente en la cultura, en la nobleza y en la generosidad de nuestro pueblo, y que introduzca y refuerce en la sociedad elementos como la tolerancia y el respeto a la diversidad.

En pocas palabras, tenemos que enaltecer la honestidad y la congruencia en el quehacer público.

De modo que es no es poca cosa lo que nos hemos propuesto. A muchos les podrá parecer una utopía, pero nada que verdaderamente valga la pena, se puede realizar en la vida sin ideales, sin sueños.

Cuando pensemos que no se puede, recordemos que Hidalgo enseñó que “el pueblo que quiere ser libre, lo será; que el poder de los reyes es demasiado débil cuando gobiernan contra la voluntad de los pueblos”.

Y cuando no tengamos lo suficientemente claro del por qué estamos en esta lucha, porque hay algunos que a veces se preguntan: Y qué nos proponemos y qué buscamos. Nada más no olvidemos las palabras de Morelos, cuando les dijo a sus allegados: “Quiero que hagamos la declaración de que no hay otra nobleza que la de la virtud, el saber, el patriotismo y la caridad; que todos somos iguales, pues del mismo origen procedemos; que no haya privilegios ni abolengos. Que todo el que se queje con justicia, tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario.

”Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben de ser tales a que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto. Que se eduque a los hijos del labrador y del barretero, como a los del más rico hacendado y dueño de minas”.

Y cuando —compañeras y compañeros, amigas y amigos— necesitemos fortalecer nuestras convicciones, emulemos a Juárez cuando decía “que el enemigo nos venza o nos robe, si tal es nuestro destino; pero nosotros no debemos legalizar un atentado, entregándole voluntariamente lo que nos exige por la fuerza”.

Y cuando nos falte idealismo, pensemos en ese extraordinario luchador social, Ricardo Flores Magón, que decía: “Cuando muera, mis amigos quizá escriban en mi tumba: ‘aquí yace un soñador’, y mis enemigos: ‘aquí yace un loco’. Pero no habrá nadie que se atreva a estampar esta inscripción: ‘aquí yace un cobarde y un traidor a sus ideas’”.


Amigas y amigos:

No perdamos la oportunidad histórica de que las nuevas generaciones nos recuerden con todos nuestros errores y defectos, pero que recuerden también que nuestras vidas siempre estuvieron inscritas en ideales nobles, inspiradas en el bien de nuestros semejantes.

La vida es demasiado corta para que la ensuciemos dejándonos dominar por lo superfluo, por lo que no tiene valor.

Sigamos adelante. El camino está lleno de obstáculos, pero no hay nada más humano que ejercer la libertad en pos de causas justas.

¡Triunfaremos!

¡Viva el Movimiento en defensa de la economía popular, del petróleo y de la soberanía!

¡Viva la transformación nacional!

¡Viva el pueblo!

¡Viva México!

¡Viva México!

¡Viva México!

17 de octubre de 2009

De un plumazo, como si tal cosa, un gobierno que nació de una alianza maldita entre los oligarcas y los partidos de la reacción pretende que se castigue, que se sacrifique, que se suspenda el destino de cuarenta y cuatro mil personas y de sus familias.

La cosa no es menor; éste es un gobierno asesino, no muestra piedad ni sentimientos empáticos por los miles desplazados, muertos y reclutados en guerra‐juego. Están todos ellos dominados por la sola marca de la ambición y de la codicia. No tienen una visión del País, eso no les importa, no tienen un entendimiento cabal de lo que sus cargos significan, y des‐entienden las consecuencias de sus decisiones, y la humanidad de quienes las padecen. El único futuro que pueden proyectarse es el de ellos mismos y el de sus familias disfrutando, placiéndose, entregándose a la frivolidad que les da el dinero sin trabajo, inmersos en su turismo sexual, sus viajes de shoppping, los bautizos de sus yates. Ellos, cerdos asquerosos, proxenetas y pederastas que hacen de la pobreza y de la marginación su paraíso en el que, por el dinero, se elevan mágicamente sus entidades nefastas hasta considerarse de otra especie que los que son el origen de eso que ellos despilfarran: los trabajadores. Se creen castas divinas, y así se comportan, se han puesto por encima del resto de los mexicanos por el solo decreto de que así debe ser porque así les gusta.

En México ni siquiera hay capitalismo, las fortunas no se amasan con la producción, sino que vienen del poder, del decreto —basado sólo en el deseo ciego— de los que controlan la brutalidad de la fuerza del estado y el poder que debieran usar para impartir justicia. Ellos deciden quién puede y quién no tener negocios, quién se les une y tendrá, así, derecho a chupar del trabajo de la gente humillada, y el fruto de todo su dolor.

Y mientras, los que estamos sosteniendo la realización material de la maldad que les infla las venas, que se les corre en su enredadera decrépita de carne y que les nace del mero centro de su pito; los que somos tapetes de su comodidad, apenas salimos y nos asomamos, llenamos el zócalo y nos quedamos sin caber… Pero una vez que acabó nos fuimos y nos callamos.

Pero el asunto no para ahí, no se trata de estar en desacuerdo con el uso injusto e irracional de las facultades que han tomado por asalto para regodearse en la inmundicia de ambiciones que llaman gobierno; no es solamente aborrecer el ejercicio de un poder que se usa para matar al pueblo, y no para sostenerlo. Esto que han hecho contra el Sindicato Mexicano de Electricistas trasgrede flagrantemente y sin el menor pudor el pacto legal. Han violado —como si nada significara— la seguridad jurídica, ha convertido a su voluntad en el parámetro que define lo que se acepta impune y lo punible: punible es estorbarles en su ambición, punible es lo que no les permita sus bacanales, vomitando un alcohol que cuesta más que cien días de salario mínimo. Han implantado de facto una legalidad retorcida en la que lo que les estorba debe terminar y ser aniquilado.

Y no porque las garantías fueran antes respetadas, sino porque ahora han perdido la vergüenza de desconocer contratos colectivos, leyes laborales, garantías constitucionales al más alto de los niveles. Sin el menor pestañeo declaran que su voluntad anula el estado de derecho.

En un país dominado por la zozobra de la muerte, y bañado en la sangre de los desgraciados, la defensa de la legalidad —formal, si tan solo eso fuera— es el delgado puente que nos separa de una dictadura. Con este golpe, al parecer, se han desatado las apuestas con ese propósito. Falta ver cuánto puede resistir este pueblo cansado.

“¡Aquí se ve la fuerza del SME!”
“¡Aquí se ve la fuerza del SME!”
Que los sentimientos sublimes —por su rareza— no encuentren palabras que los hagan inteligibles no implica que todo lo ininteligible sea sublime.