Opinión

5 de octubre de 2014

Un capricho más de quienes se saben dueños de las rutinas, los cuerpos, las vidas ajenas; de los embriagados con un poder que no conoce límites.

Unos asesinados. Estudiantes, esta vez; señoritas, señores… hombres de trabajo o de malicia, de honor o de gobierno cualquier otro día del año. Lo hecho con la propia vida no importa: importa solamente el complacer a los quienes que son.

Triste es la forma en la que todos, en este país, vivimos{morimos}: Indefensos, sujetos de la voluntad siniestra de cuantos se han adueñado del poder (poder de la violencia — poder del dinero). Todo nuestro trabajo y toda nuestra sangre les pertenece a capricho; y ellos, que bien lo saben, juegan en sus palacios juegos de máscaras, orgías de exclusiones e inclusiones, altercados amables por el reparto de los despojos de guerra que son nuestra humanidad.

Y marcha su propaganda comunicativa que nos coloca en un mundo en el que la realidad está inmutablemente asentada (y es la que ellos impusieron) y en el que es nuestro deber llegar a la cima de la ambición sociópata, con ellos para jugar en el reparto del despojo de los despojos, sin jamás mirar al vecino a los ojos, o estrechar su mano honrando el valor de su presencia leal.

Pero si molestas a los señores grande será tu castigo. Todos los días lo vemos, y en todos lados es lo mismo. La masacre de Iguala es un síntoma apenas del nuevo{viejo} sistema de castas que es México:

Que el gobierno te regale dólares para evitar tu quiebra o quedarte sin sembrar porque subieron el dísel. Ser golpeado por platicar en el metro o estacionar tu Escalade en el Zócalo. Ser encarcelado por defender tu suelo o hacerte rico envenenando un ríos y pueblos enteros. Quedarte en la calle porque aún la renta y el predial tienen que satisfacer criterios mercantiles o que el GDF te regale miles de metros cuadrados para tu estacionamiento. Perder a tu hija porque a un agente del narcogobierno le iluminó el ojo o tener un servicio de prostitución personal. Trabajar diez horas diariamente y enajenar tu tiempo libre para ser más productivo o celebrar cualquier mérito inventado con festines y orgías. Ver a los que quieres morir de enfermedades tratables o mandar encarcelar a todos los médicos que no obraron milagros extraterrenos para curar a tu pariente moribundo…

Poco a poco, los rancios y sus aprendices lograron restaurar su sistema clasista. Semántica, fáctica, bélica y socialmente clasista. Pero —eso sí— con una formalidad letrista, que hasta ella ha sido subvertida por una —otra— formalidad de concilio mafioso que ni siquiera los obliga ya a disimular. Disfrutan de su impunidad y de sus privilegios cínicamente. Dichosos ellos; infelices nosotros.

Son éstos como los viejos tiempos de las guerrillas y la guerra sucia; y los anteriores, los de la represión y el terrorismo de estado; y los más anteriores, de los azotes en la alameda y la construcción de una ciudad‐palacio rodeada por un país de miseria y sufrimiento interminables. Con la diferencia sutil de que si antes debías primero ser una amenaza y luego acosado, ahora el acoso (y la golpiza, desaparición o muerte) depende del capricho de quien sabrá dios, pero que lo puede (porque ellos lo pueden todo).

Hoy, Guerrero llora a sus estudiantes, que molestaron a los dueños del poder de fuego. Hoy, miles de personas lloran a sus propios fantasmas que molestaron a los dueños de todo.

México es un mar de lágrimas sobre el que se asienta el reino de lujuria, avaricia y prepotencia de los políticos y empresarios (los de cuello blanco y los de brazo armado) que son los dueños de nuestro país, de nuestro trabajo y de nuestra sangre.

Largo luto el que nos espera.

13 de julio de 2012

Era el sábado siete de julio de 2012. Un largo contingente se había formado. No tan largo como en otras ocasiones, no tan enganado. Nuevas consignas de los primerizos bienportadistas que el #132 arrastró a una masa compleja, triste, cargada de seis años de derrotas, decepcionada antes de empezar, pero presente, marchando.

“Peña, culero, por tu culpa soy grosero”, era el colorido aporte de los preparatorianos que, por alguna razón, le dan más crédito a los panistas (será un poco el racismo, será un poco el estigma insacudible que arrastra la palabra “pri”) como si nadie les hubiera enseñado a definir “neoliberalismo”.

Conflictos internos: a los buenos no les gustan las pintas, ni los insultos a la policía. Lo que es haber aprendido de la violencia política en libros de texto, conocer la desgracia sólo por la letra impresa, encantados por las revolucioncitas de las clases medias primermundistas, como si defender el derecho al aborto y a la democracia merecieran la misma fuerza ciudadana.

Caminábamos sobre el paseo de la Reforma y se hizo el silencio. De pronto, como si todos entendieran la impropiedad de tal condición, al unísono retumbó —sin maestro de ceremonias— la misma consigna: “¡Fuera Peña! ¡Fuera Peña!” Y nunca mejor dicho: al unísono. Se escuchaba una sola, fuerte, inagrietable voz. La única disonancia provenía de los edificios, de cada uno de ellos: Era un eco que vencía al silencio mientras tomábamos aliento se repetía la consigna en una serie que se antojaba interminable: Grito tras grito, todos siendo el mismo.

Esta unisonoridad se repitió, más íntima, más terrible, cuando íbamos entrando a Cinco de mayo.

Fueron los momentos más solemnes de la marcha, casi marciales. Se sentía como si esa voz enorme, ese estruendo feroz fuera la voz propia, que la fuerza de los todos era la fuerza de uno solo: la mía y la del que estaba junto a mí. El paso entonces se alentó, se volvió más pesado, la mirada se hizo más espesa, el objetivo fue más claro y la decisión más firme.

Unas cuadras después, en el Zócalo, todo se dispersó: se acabó la masa, se rompió el encanto. Se había llegado a la meta, y nadie supo qué hacer. Sólo hubo miradas quietas que preguntaban “¿y ahora?” sin que nadie se atreviera a dar respuesta, todos temerosos de las palabras “provocador”, “traidor”.

Todo se atomizó, pues. Se volvió a pensar en el hambre de uno, en el frío de uno, en los pendientes de uno… Fue el Zócalo la piedra que rompió la hola que venía con una fuerza que parecía imbatible, pero que fue más espuma que mar.

Y las marchas que siguen, ¿volverán a terminar cuándo nadie sepa qué hacer y todos se hayan cansado de gritar?

17 de octubre de 2009

De un plumazo, como si tal cosa, un gobierno que nació de una alianza maldita entre los oligarcas y los partidos de la reacción pretende que se castigue, que se sacrifique, que se suspenda el destino de cuarenta y cuatro mil personas y de sus familias.

La cosa no es menor; éste es un gobierno asesino, no muestra piedad ni sentimientos empáticos por los miles desplazados, muertos y reclutados en guerra‐juego. Están todos ellos dominados por la sola marca de la ambición y de la codicia. No tienen una visión del País, eso no les importa, no tienen un entendimiento cabal de lo que sus cargos significan, y des‐entienden las consecuencias de sus decisiones, y la humanidad de quienes las padecen. El único futuro que pueden proyectarse es el de ellos mismos y el de sus familias disfrutando, placiéndose, entregándose a la frivolidad que les da el dinero sin trabajo, inmersos en su turismo sexual, sus viajes de shoppping, los bautizos de sus yates. Ellos, cerdos asquerosos, proxenetas y pederastas que hacen de la pobreza y de la marginación su paraíso en el que, por el dinero, se elevan mágicamente sus entidades nefastas hasta considerarse de otra especie que los que son el origen de eso que ellos despilfarran: los trabajadores. Se creen castas divinas, y así se comportan, se han puesto por encima del resto de los mexicanos por el solo decreto de que así debe ser porque así les gusta.

En México ni siquiera hay capitalismo, las fortunas no se amasan con la producción, sino que vienen del poder, del decreto —basado sólo en el deseo ciego— de los que controlan la brutalidad de la fuerza del estado y el poder que debieran usar para impartir justicia. Ellos deciden quién puede y quién no tener negocios, quién se les une y tendrá, así, derecho a chupar del trabajo de la gente humillada, y el fruto de todo su dolor.

Y mientras, los que estamos sosteniendo la realización material de la maldad que les infla las venas, que se les corre en su enredadera decrépita de carne y que les nace del mero centro de su pito; los que somos tapetes de su comodidad, apenas salimos y nos asomamos, llenamos el zócalo y nos quedamos sin caber… Pero una vez que acabó nos fuimos y nos callamos.

Pero el asunto no para ahí, no se trata de estar en desacuerdo con el uso injusto e irracional de las facultades que han tomado por asalto para regodearse en la inmundicia de ambiciones que llaman gobierno; no es solamente aborrecer el ejercicio de un poder que se usa para matar al pueblo, y no para sostenerlo. Esto que han hecho contra el Sindicato Mexicano de Electricistas trasgrede flagrantemente y sin el menor pudor el pacto legal. Han violado —como si nada significara— la seguridad jurídica, ha convertido a su voluntad en el parámetro que define lo que se acepta impune y lo punible: punible es estorbarles en su ambición, punible es lo que no les permita sus bacanales, vomitando un alcohol que cuesta más que cien días de salario mínimo. Han implantado de facto una legalidad retorcida en la que lo que les estorba debe terminar y ser aniquilado.

Y no porque las garantías fueran antes respetadas, sino porque ahora han perdido la vergüenza de desconocer contratos colectivos, leyes laborales, garantías constitucionales al más alto de los niveles. Sin el menor pestañeo declaran que su voluntad anula el estado de derecho.

En un país dominado por la zozobra de la muerte, y bañado en la sangre de los desgraciados, la defensa de la legalidad —formal, si tan solo eso fuera— es el delgado puente que nos separa de una dictadura. Con este golpe, al parecer, se han desatado las apuestas con ese propósito. Falta ver cuánto puede resistir este pueblo cansado.

“¡Aquí se ve la fuerza del SME!”
“¡Aquí se ve la fuerza del SME!”

¿cuánta furia necesita un ataque? Se defiende un poco, no lo suficiente, no lo que puede… sólo un poco, para amedrentar, para ahuyentar, para que lo dejen en paz… paz, ¿paz? […]

2 de febrero de 2009
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«La vida es demasiado corta para que la ensuciemos dejándonos dominar por lo superfluo, por lo que no tiene valor»
[…]

2 de febrero de 2009
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Decía Aristóteles que la esclavitud era necesaria porque las cosas no podían moverse por sí mismas […]. La invención de las máquinas, sin embargo, ha destrozado a la premisa aristotélica: las cosas se mueven a sí mismas, y sin embargo los hombres —y mujeres— permanecen esclavos […]

13 de junio de 2008
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Buena idea, esa de meter su cara en una bolsa y su cuerpo en un costal, pero ahora explique: ¿cómo piensa salir del fango?