Opinión

21 de septiembre de 2017

Tembló la tierra —otra vez, después del siete; otra vez, después de treinta y dos años— y México (ciudad, país) respondió. Respondió porque un golpe de este tamaño sacude las indiferencias. El centralismo se manifestó y Ciudad de México ocupo todas la miradas periodísticas. Por el tamaño de la destrucción y la relativamente corta extensión de su territorio, la catástrofe se volvió paisaje y se hizo numerosa.

Respondió, primero, la gente. Peña y Mancera, cuyo principal objetivo era tomarse una foto polvorientos y sobre los escombros, tantearon las aguas y se refugiaron en sus c‐5, en sus situation rooms, coordinando sabrán ellos qué; y su presencia se desvaneció de la atmósfera. Voluntarios atiborraron los sitios de los derrumbes con más decisión que herramientas o experiencia, hasta que empezaron a llegar los instrumentos de apoyo: una trabajo cansado y tardado, pero algo debe de hacerse. Y el deber ante la vida ajena es imperativo.

En las redes sociales todo era unanimidad: Los que avientan el coche, los que dicen que el precio del metro debe subir en las horas pico para evitar el hacinamiento, los que socarronamente se burlaron de la “república amorosa” se convirtieron en paladines del amor al prójimo: compartían peticiones de herramientas, comida, voluntarios; direcciones de centros de acopios; y, desde luego, fotos de las ruinas y los muertos… No había más que hablar: el discurso se hizo monolítico, unívoco, y explotaron las ínfulas de superioridad moral. Los acuñadores del sarcástico concepto de pueblo bueno, elogiando el desinterés de su sociedad civil (entre los cuales, parece, la única diferencia es la de clase); los que odian todos los nacionalismos, forrando sus fotos de perfil con banderas mexicanas y atiborrando sus timelines con #FuerzaMéxico. Así es hoy, ya habrá tiempo de que vuelvan a lo suyo.

La solidaridad desde abajo se dio espontánea en un pueblo que sabe que no puede depender del gobierno, de los empresarios, los narcos o de ningún poder, institucional o fáctico. Tardaron las telefónicas en abrir sus redes y los hospitales sus salas de emergencias. Las constructoras, dueñas de todos los espacios de la ciudad, jamás apoyaron; los policías (cuyo número aumentó sensiblemente este sexenio) ni de coordinar el tránsito en las extensas zonas sin semáforos fueron capaces.

La angustia se respiraba en todos lados: Los que no encontraban a sus familias, amigos; los que vieron caer estructuras, bardas, edificios completos; los que no podían regresar a sus casas… y, de fondo, sirenas y alarmas sin silencio. Rescatar a los que sobrevivían bajo los escombros es el interés primario.

Y de pronto, televisa. Frida Sofía y su milagro se adueñaron de treinta horas de transmisión ininterrumpida, y tomaron prisioneras las almas de millones que vieron en ello una salida fácil para transformar su incertidumbre, su miedo, el caos… en esperanza. Tuvieron el gobierno y la televisora una probada de su antiguo poder; hasta que, por su propio peso, cayó la mentira magnificada hasta dimensiones absurdas. La Razón, Milenio, Excelsior, El Universal… consignando milagros vacuos en primera plana. Aristegui evidenció en micrófonos abiertos el tamaño de la manipulación. Vino la ruptura: los marinos se lavaron las manos y televisa los responsabilizó de todo el show. Y lo que les parecía la vuelta de la audiencia cautiva de años pasados, se convirtió en un golpe —uno más— para todos ellos.

Y Juchitán, Jujutla… México, Guerrero, Puebla, Chiapas… fuera del foco, en silencio, cargaban a sus propios muertos, se movían entre su propia destrucción y desesperanza. La ayuda que no llega y la luz que no se apaga. Los que lo perdieron todo, esperando un milagro (éste sí): el del apoyo para reconstruir sus casas, sus oficios, sus vidas y las de sus hijos.

El jueves en la tarde el rumor era uno: la marina y el ejército desalojaban a los rescatistas civiles y parecían tener como instrucciones el suspender la búsqueda y el remover los escombros. Peña salió a “despejar dudas”: “las labores de búsqueda y rescate de personas en inmuebles colapsados siguen y seguirán adelante en la CDMX.”1 Para lo que valga su palabra.

Y lo que sigue

Lo que sigue, para el gobierno, hace rato es una sola cosa: la elección presidencial.

Lo que sigue, para muchos otros, es la reconstrucción. La petición para que el dinero público presupuestado para las campañas electorales se destine a la reconstrucción de lo perdido2 se convirtió en la más suscrita en la historia de change.org. Y las garras empezaron a afilarse.

La secretaría de hacienda constituyó un fideicomiso (figura por demás opaca) en Nacional Financiera destinado a centralizar las donaciones de dinero público y privado (éste que, al ser deducible de impuestos, acabará saliendo del erario de todas formas) y lo puso en las manos de la élite empresarial del país. Los beneficiarios del sistema desde el salinato y el priismo gobernante, encargados de la reconstrucción: Vaya esperanza, especialmente con las notorias prácticas de Peña y sus empresarios constructores.

El mayor engrosamiento de los fondos destinados para la reconstrucción se convertirá en manos de los autores de la Estafa maestra en dinero para la campaña del año que viene. Le dará a Peña tiempo en pantalla y a los operadores financieros del régimen gran margen para maniobrar.

Ya el 14 de septiembre López Obrador planteó que Morena donaría el 20% de su presupuesto partidario de 2018 para la reconstrucción en el Istmo de Tehuantepec de lo destruido por el terremoto del 7. Resurgió de pronto la vieja cantaleta —guardada desde el circo del desafuero— de la legalidad y el estado de derecho: “la ley lo prohíbe”, decían, ante la postura de un hombre que siempre ha sostenido que la justicia debe estar por encima del formalismo legal.

Ayer, el PRI y el PAN fueron de otro parecer. Para ir con la presión social, los dos ofrecieron mecanismos de donaciones legales del dinero de las campañas. Todas terminarían en los fideicomisos que maneje el gobierno, por supuesto. López Obrador propuso que el dinero de Morena (50% esta vez) fuera administrado por un comité de notables. Y en eso vamos, entre la rapiña presupuestaria y la necesidad popular, a estarnos unos meses.


  1. https://twitter.com/EPN/status/910976221051269125

  2. https://www.change.org/p/inemexico-donar-los-casi-7-000-millones-de-los-partidos-a-v%C3%ADctimas-del-sismo-7-sep-y-19-sep

5 de octubre de 2014

Un capricho más de quienes se saben dueños de las rutinas, los cuerpos, las vidas ajenas; de los embriagados con un poder que no conoce límites.

Unos asesinados. Estudiantes, esta vez; señoritas, señores… hombres de trabajo o de malicia, de honor o de gobierno cualquier otro día del año. Lo hecho con la propia vida no importa: importa solamente el complacer a los quienes que son.

Triste es la forma en la que todos, en este país, vivimos{morimos}: Indefensos, sujetos de la voluntad siniestra de cuantos se han adueñado del poder (poder de la violencia — poder del dinero). Todo nuestro trabajo y toda nuestra sangre les pertenece a capricho; y ellos, que bien lo saben, juegan en sus palacios juegos de máscaras, orgías de exclusiones e inclusiones, altercados amables por el reparto de los despojos de guerra que son nuestra humanidad.

Y marcha su propaganda comunicativa que nos coloca en un mundo en el que la realidad está inmutablemente asentada (y es la que ellos impusieron) y en el que es nuestro deber llegar a la cima de la ambición sociópata, con ellos para jugar en el reparto del despojo de los despojos, sin jamás mirar al vecino a los ojos, o estrechar su mano honrando el valor de su presencia leal.

Pero si molestas a los señores grande será tu castigo. Todos los días lo vemos, y en todos lados es lo mismo. La masacre de Iguala es un síntoma apenas del nuevo{viejo} sistema de castas que es México:

Que el gobierno te regale dólares para evitar tu quiebra o quedarte sin sembrar porque subieron el dísel. Ser golpeado por platicar en el metro o estacionar tu Escalade en el Zócalo. Ser encarcelado por defender tu suelo o hacerte rico envenenando un ríos y pueblos enteros. Quedarte en la calle porque aún la renta y el predial tienen que satisfacer criterios mercantiles o que el GDF te regale miles de metros cuadrados para tu estacionamiento. Perder a tu hija porque a un agente del narcogobierno le iluminó el ojo o tener un servicio de prostitución personal. Trabajar diez horas diariamente y enajenar tu tiempo libre para ser más productivo o celebrar cualquier mérito inventado con festines y orgías. Ver a los que quieres morir de enfermedades tratables o mandar encarcelar a todos los médicos que no obraron milagros extraterrenos para curar a tu pariente moribundo…

Poco a poco, los rancios y sus aprendices lograron restaurar su sistema clasista. Semántica, fáctica, bélica y socialmente clasista. Pero —eso sí— con una formalidad letrista, que hasta ella ha sido subvertida por una —otra— formalidad de concilio mafioso que ni siquiera los obliga ya a disimular. Disfrutan de su impunidad y de sus privilegios cínicamente. Dichosos ellos; infelices nosotros.

Son éstos como los viejos tiempos de las guerrillas y la guerra sucia; y los anteriores, los de la represión y el terrorismo de estado; y los más anteriores, de los azotes en la alameda y la construcción de una ciudad‐palacio rodeada por un país de miseria y sufrimiento interminables. Con la diferencia sutil de que si antes debías primero ser una amenaza y luego acosado, ahora el acoso (y la golpiza, desaparición o muerte) depende del capricho de quien sabrá dios, pero que lo puede (porque ellos lo pueden todo).

Hoy, Guerrero llora a sus estudiantes, que molestaron a los dueños del poder de fuego. Hoy, miles de personas lloran a sus propios fantasmas que molestaron a los dueños de todo.

México es un mar de lágrimas sobre el que se asienta el reino de lujuria, avaricia y prepotencia de los políticos y empresarios (los de cuello blanco y los de brazo armado) que son los dueños de nuestro país, de nuestro trabajo y de nuestra sangre.

Largo luto el que nos espera.

8 de diciembre de 2013

Todo parece indicar que hoy se aprobará en primera instancia la privatización impúdica y sin restricción del petróleo nacional, que es la fuente del 40% del presupuesto público, y no hay visos de razón o fuerza capaz de detener su corrupta ambición, sus pactos de traición ni su visceral estupidez.

Quiero decirles a todos los que reciben una beca o un salario de cualquier institución gubernamental y que hoy sólo les preocupa la forma más cómoda de pasar su domingo, que lo hagan: Disfrútenlo, paséense, rían y vean a los miserables por la ventanilla de sus autos, sientan pena por su situación y satisfacción de tener la ventanilla arriba para no ser obligados a olerlos. Olvídense de la soberanía nacional (y odien más el concepto de nación), de la posibilidad de financiar subsidios para los más pobres o créditos de inversión productiva: piensen, como siempre lo han hecho los burócratas de la cultura y de las humanidades, en ustedes y en sus hobbys, y usen los espacios institucionales para tratar de convencer a los veinte escuchas de la sala de que su pasatiempo es importante de alguna manera, y para convencerse a sí mismos de su delirio narcisista de que la sociedad los necesita para ser plenamente —o algunamente, dirían los colonizados, que son los más— civilizada… Pero el tiempo llegará en que todo lo que está pasando alcance al único aspecto del mundo que realmente los interesa: ustedes mismos. Con certeza, sus percepciones se verán recortadas o desaparecerán, o serán limitadas o disminuirá el número de espacios a repartirse…

Y sí, el influyentismo y su retórica vacua podrán ayudar a algunos; después de todo, siempre ha existido esa casta de pretenciosos cuyo único interés es leer libros extranjeros y mirar despectivamente a los mugrosos y a los ignorantes, y lamentar en sus tertulias la desventura de que México no sea París o incluso —hay quien sólo sabe hablar español— Barcelona. Pero no habrá espacio en esa nueva casta para todos los que están, ni para sus hijos, esposos, sobrinos… incluso, muy probablemente su lugar no será ya la Universidad Nacional, a menos que la logren convertir en el reducto de elitistas reaccionarios que fue con Gómez Morín.

En fin, que el día en que algo de esto los alcance, recuerden al día de hoy: recuerden cómo pasearon y disfrutaron esta fría tarde otoñal y vivan con este recuerdo, aférrense a él como símbolo de un tiempo ya para entonces ido: quéjense entonces, organícense entonces, defiendan al medieval “gremio” entonces. Pero hoy no, hoy dejen pasar el último y máximo atraco a la nación, observen pasivamente cómo se vierte la última palada de tierra sobre lo que fue la multívoca Revolución Mexicana y su sistema social y educativo, estén en la terraza de su café o bar favorito hablando mal de los métodos físicos de lucha o acordándose de la vida de Mandela y traten de familiarizarse con el logotipo de Texaco para que en el futuro identifiquen rápidamente donde rellenar la gasolina de su templo ambulante automotriz antimugrosos.

“Pinches indios güevones, regrésense a su pueblo”, gritaron los tepiteños; y después repartieron madrazos.

19 de octubre de 2013
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Las protestas de la CNTE son el último reducto de la democracia en la república y eso vale más, mucho más, que el tráfico.

28 de agosto de 2013
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Marcelo Ebrard es un hombre de derecha al que la inercia, la presión popular y la influencia del obradorismo obligaron a matizar sus pretensiones sociales y económicas cuando fue gobernande de la capital de la Repúbilca durante sus primeros años […]

25 de enero de 2013
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Se concretó la aprobación por el congreso de la reforma educativa. Una reforma humillante en la que se pavonean la estupidez y la ignorancia de la derecha que la redactó y de los tiempos que se viven en la política.

23 de diciembre de 2012
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Hubo en este 2012 dos primeros de diciembre que corrieron paralelos. Uno, el acontecido en el amasiato recientemente creado de los palacios y la televisión. El otro, el acontecido en la calle que estrenó oposición y vio renacer la contraoposición activa. Hablaré ahora del segundo.

22 de diciembre de 2012
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Hubo en este 2012 dos primeros de diciembre que corrieron paralelos. Uno, el acontecido en el amasiato recientemente creado de los palacios y la televisión. El otro, el acontecido en la calle que estrenó oposición y vio renacer la contraoposición activa. Hablaré ahora del primero.

5 de diciembre de 2012
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Carlos Salinas de Gortari está, pública y orgullosamente, de regreso […] Hoy, después de que el Tribunal Electoral ha declarado a Enrique Peña presidente electo, nos confiesa: “Voy a tener que hacerme cirugía plástica para quitarme la sonrisa.”

13 de septiembre de 2012
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No quiero que la locura se adueñe de mi mente, pero que la razón gobierne mi cuerpo no resultó muy bien. Aunque lo extraño: mucho más vivo.