Bitácora

También los hombres segregan lo inhumano. En ciertas horas de lucidez, el aspecto mecánico de sus gestos, su pantomima carente de sentido vuelven estúpido cuanto les rodea. Un hombre habla por teléfono detrás de un tabique de vidrio; no se le oye, pero se ve su mímica sin sentido: uno se pregunta por qué vive. Este malestar ante la inhumanidad del hombre mismo, esta caída incalculable ante la imagen de lo que somos, esta “náusea” como la llama un autor de nuestros días, es también lo absurdo. El extraño que, en ciertos segundos, viene a nuestro encuentro en un espejo; el hermano familiar y, no obstante, inquietante que volvemos a encontrar en nuestras fotografías son también lo absurdo.

Albert Camus. “Los muros absurdos”. En El mito de Sísifo: Ensayo sobre el absurdo. Buenos Aires: Losada, 2002. pp. 24-25
Dejar que se pierda el momento aquél y el momento éste que me gustan es una gran tontería: Hay que guardarlos bien, quizá incluso venderlos.