3

Las facultades de la universidad revelan en su nombre su función: son ellas las que facultan, las que están autorizadas por ley para otorgar grados académicos, son las que decretan quién está licenciado, quien es maestro o doctor en alguna materia, ciencia o profesión y son, desde luego, las encargadas de impartir el conocimiento que formará las capacidades de quienes se gradúen en su seno.

Para tales fines, y ya en el área que nos ocupa, ha de ser posible determinar quiénes poseen o no, así los conocimientos como las aptitudes propias, no de un filósofo, sino de un licenciado en filosofía. Los requisitos que se piden para el ingreso no incluyen qué tanta filía se tenga por la sofía (cosa que, por otro lado, es incuantificable), sino el conocimiento general demostrado —ya en un examen, ya en el promedio general del bachillerato— y la mera intención del alumno de hacerlo sin, desde luego, indagar los motivos de ésta. El papel de la universidad a nivel educativo no es el de seleccionar quiénes sean aptos para la filosofía (cosa que, en República, Platón estima en labor de unos cincuenta años)1, sino proporcionarle los conocimientos a quienes así lo deseen y estén capacitados para ello (y, en nuestro caso, a quienes los recursos lo permitan).

¿Qué conocimientos? No ciertamente aquellos que, como en la mayéutica socrática, nacen del pupilo por su propia inspiración con la pronta asistencia del mentor, sino los que, estando primero en posesión de los profesores, puedan luego pasar a los alumnos: la historia del pensamiento filosófico. ¿Qué capacidades? No ciertamente aquella de poder encontrar respuestas en donde antes hubo sólo dudas e inquietudes, sino la que pueda demostrar cualquiera con tal de que ponga empeño y disciplina en el asunto: la exégesis de textos.


  1. Cfr. Platón. República; libro vii.