hace 3 meses

Los pasos de la transición

¿López Obrador sigue en campaña o está asumiendo ya sus posturas gubernamentales?

Desde hace unos cuatro años, por lo menos, el estado de campaña permanente de AMLO se ha enfocado en las clases altas, en los círculos de poder fácticos; el mensaje: “déjenme llegar: no soy una amenaza para ustedes”. Trágicamente, es ése el estado de nuestro país: hacer campaña no para los electores, sino para disuadir a los factores de poder de que usen todos los recursos a su alcance para evitar un triunfo.

Después del primero de julio —en un periodo de transición al que más convendría llamar una “post‐campaña”— el mensaje se ha mantenido; pero en vez de dejarlo llegar, la postura es “déjenme gobernar”. En esencia, la misma situación; es entendible porque, en esencia, la situación fáctica es la misma, aunque el panorama —que no el estado— político se vislumbre distinto.

La duda, pues es ésta: una vez en el poder, ¿López Obrador tendrá una actitud distinta?, y si así fuere, ¿hasta qué grado?

Desde luego no se puede esperar que traicione en esencia los compromisos que hizo arriba y que permitieron la relativamente tranquila campaña presidencial de este año. Pero compromisos (y más grandes, más antiguos, más apremiantes) los hay también con los de abajo. «No va a haber divorcio [con el puebo]», dijo el mismo día de la elección ante un Zócalo que tantas veces ha cobijado a tumultos gente oyendo todos hacia un templete en el que Andrés pedía, siempre, que no se perdiera la esperanza; y esta palabra ha sido su estandarte desde hace dieciocho años.

La transición ha sido intensa y, por lo tanto, un desmadre. Han pasado apenas dos semanas y el camino hacia la toma de posesión se ha llenado de polvo y confusión. Los medios han hecho incesantemente entrevistas con integrantes del equipo de AMLO, y éstos han llegado a hacer declaraciones muy a la ligera.

Es entendible que AMLO quiera respetar la autonomía de sus asesores/colaboradores, y que también quiera que las acciones y decisiones que se vayan tomando sean públicas (a propósito, un muy positivo cambio de actitud). Pero esto ha llevado a una —por lo menos aparente— falta de coordinación.

«¡Cuidado! No hay que ir tan de prisa porque puede haber equivocaciones o desmentidos que no le hacen bien a nadie.», dice la rayuela de ayer en La Jornada. La situación con el papa católico Francisco (y no es que le esté concediendo yo más crédito al Vaticano en esta situación) fue derivada de una cadena de teléfono descompuesto que, al parecer, no pasó por ningún filtro: se dio y declaró como un hecho lo que se dijo que pasó en una reunión informal (y serán informales por lo menos hasta que se le entregue la constancia de mayoría) en la que seguramente se dio un planteamiento de lo plausible que cualquiera mínimamente versado en diplomacia sabe que es off the record.

Similarmente, están las declaraciones sobre el precio de las gasolinas, del NAICM, las propuestas de nombramientos en el aire… nadie puede estar seguro de qué o hasta dónde son verdades esos dichos.

Hasta que no se tome posesión o se ponga orden en la comunicación del equipo de transición, estaremos en la incertidumbre sobre las decisiones que vienen: ¿es esto hecho a propósito? De cualquier manera, hay un momento en el que la ambigüedad no puede ser benéfica.

Los nombramientos propuestos para el gabinete, sin embargo, sí trascenderán a la post‐campaña. La inclusión del los héroes del 1DMx (Mondragón y Kalb y Marcelo Ebrard, éste con una secretaría de estado), o la del nefasto Germán Martínez en el IMSS (una institución que debe ser fundamental en la reformación del estado de bienestar), o varias otras (que caen como cascada) son preocupantes y desoladoras.

Se ha llegado a hablar hasta de incluir a Meade y al “canallín” Anaya a formar parte del gobierno. Lo del segundo es particularmente inaceptable por sus comprobados actos de enriquecimiento ilícito, y ridículo porque en el mismo PAN están buscando una manera de deshacerse de su legado. ¿En qué momento el afán de reconciliación contradice frontalmente al cambio que se exigió hegemónicamente el día de las elecciones?

Acabar con la corrupción es lo primero y, a largo plazo, lo más importante1; pero no es suficiente para levantar al país del hoyo en el que está, y cuya profundidad ha aumentado exponencialmente en cada sexenio del maxi‐salinato.

Una vez asentado el polvo de la post‐campaña2, ante un escena distinta tanto legislativa como económica, las posturas tienen que cambiar. Es posible —y ahí está la esperanza— que las exigencias y la unidad del pueblo sobrepasen los chantajes y amenazas de sabotaje de los de arriba. Es posible también que AMLO se conforme con un reformismo conciliador. Muchas cosas con posibles.

Lo que no puede olvidarse es que no se trata sólo de una persona. La lucha es de los que queremos justicias contra los que quieren privilegios, no la de quién pueda ganar la voluntad del Ejecutivo. El pueblo tiene que tomar la vanguardia o ninguna voluntad de cambio —sin importar de que tan arriba venga— va a ser suficiente.

Surge también una cuestión de la que poco se ha hablado: ¿Podrá el partido ser una articulación de las exigencias, las luchas (y los luchadores) sociales, o seguirá siendo obediente a un hombre cuya función será muy diferente de la de representar una partida política?

Ahora es el peor momento para desentenderse de lo que ahí pase.


  1. Pero también lo más difícil. Bien se puede controlar y castigar la corrupción durante un sexenio, pero lograr su destierro sería un proceso de décadas.

  2. Que durará por lo menos hasta mediados del otro año