hace 6 meses

Del regreso de Santa Anna

El sexenio de Peña (anexo del espuriato) fue una oleada incesante de insultos; desde el principio él fue considerado como un incompetente y un corrupto, marcado por siempre por su casa blanca y su frivolidad, incapaz de conectarse con la gente o de producir el mínimo entusiasmo en cualquiera de sus dimensiones. Su languidez, formalismo vacío y hasta complicidad ante el villano en el que el vox populi convirtió a Trump, es el más reciente agravio1.

Esta nulidad de Peña como agente {propiamente} político contrasta con el concenso que consiguió en la política: con el —así llamado— pacto por méxico, se organizaron el PRI, el PAN, el PRD chucho y sus correspondientes anexos para cumplir lo que fuera necesario par el bien de (los dueño de) el país. En 2013 se respiraba la extinción la oposición: ninguna representación importante estaba, ya no se diga dispuesta, sino con la voluntad mínima de contrariar las disposiciones de los que por más de dos generaciones se han servido de México en exclusiva. Así pasaron, una tras otra, las reformas que quisieron. La educativa y la energética, las más importantes.

A diferencia del 2008, cuando la fuerza política de López Obrador consiguió parar la privatización de los yacimientos petrolíferos con la movilización pacífica y decidida del llamado Movimiento Nacional en Defensa del Petróleo, en 2013 bastaron dos convocatorias con escasa y apática respuesta para que AMLO se diera cuenta de que no había con qué ganar esa batalla. La moral de la oposición estaba por los suelos después de la demostración abrumadora del aparato gobierno‐empresarios‐crimen en la elección y posterior calificación de la elección del 2012; en la impunidad y bonanza para cualquiera que estuviera en complicidad con el régimen; en una derrota tras otra, siempre derrotas. En los rostros adustos de los asistentes se había desvanecido la esperanza y sólo quedaba el coraje resignado de quien ni siquiera puede ya levantar la voz.

El control del GDF por las mismas fuerzas sin ideologías (pero con muchos intereses) venía a enlozar la tumba de la resistencia de cualquier tipo… hasta que los maestros oaxaqueños intentaron romper el cerco hasta que por la fuerza los echaron, y en la madrugada fueron obligados, pistola en mano y amenazas de muerte en los labios, a abordar los autobuses que la policía les ordenó, con rumbo incierto ante una ciudad marcada por su silencio cómplice.

Una de las frases recurrentes de López Obrador en la campaña de 2012 era que el regreso del PRI a la presidencia de la república sería como cuando en 1853 los conservadores trajeron a Santa Anna de vuelta del exilio y lo hicieron Alteza Serenísima. Y el símil se ha ido probando cada vez más adecuado.

La frivolidad palaciega —en boga desde los días de foxilandia— se volvió la norma, y el saqueo de los erarios estatales y federal noticia corriente. Empezóse a correr la voz de las deudas millonarias de los estados que dejó como resaca la compra de la presidencia en 2012, pero éstas, en vez de parar, continuaron mayores y menos disimuladas.

Se estableció en todo el país una comodidad latricinia, un sexenio de hidalgo cuando los doce años del panismo se habían conformado con un mero saqueo. El robo de los gobernantes pasó de una impunidad silenciosa a un cinismo sonriente: “Sí merezco la abundancia” es el mantra que permea hasta el menor resquicio de la vida pública.

Por su lado, sin la activa ambición imbécil del macabro genaro garcía luna, las fuerzas policíacas y militares estuvieron en libertad para asociarse con los empresarios de la violencia quedando ellos como un cuarto, arbitrario poder cuya interdependencia quedó ejemplificada con la ejecución de los cuarenta y cuatro normalistas de Ayotzinapa, la masacre de Nochixtlán, las ejecuciones extrajudiciales en Tanhuato y decenas de casos más sin la cobertura periodística de los anteriores.

Y mientras, la vacua cara de Peña se paseaba diariamente, hablando sin decir, en escenarios artificiosos. Sólo las pifias atribuibles a su estulticia provocaban una reacción de la gente. Él, bien vestido, bien peinado; sentado en un trono sostenido por la pudrición, la sangre, el dolor, las violaciones, los millones de gritos ahogados del país.

Y no, no volvió el viejo PRI (lo que fue la esperanza idiota de varios que esperaban que se centralizara nuevamente el control político y, más importantemente, el de violencia). Lo que vivimos es la extensión del régimen engendrado en el salinato: cinco sexenios prolongados el uno tras el otro (haiga sido como haiga sido).

Pero esta antedicha comodidad latricinia, esta holgadísima permisividad [: si el pueblo no existe, todo está permitido] es la que ha cavado el hoyo en el que se encuentra el régimen al inicio de esta campaña.

Lentamente, como una gotera que va penetrando el piso hasta vencerlo, uno por uno los comentarios esporádicos, los posts compartidos, los memes, incluso fueron homogeneizando un ánimo particular: El régimen es una mierda, y todas las fuerzas políticas han sido no sólo cómplices, sino beneficiarias de su mierdez: todas menos una, que siempre ha tenido una voz disidente; que necia, terca, incansable ha puesto su propuesta de país sobre la mesa.

Se ha establecido la percepción generalizada —y esto es resultado de la figura política y moral de López Obrador— de que Morena realmente viaja por un carril distinto a todos los demás. Las campañas mediáticas y posturas personales de que “todos son iguales”, que antes habían logrado incluir a AMLO entre esos “todos”, lo han dejado definitivamente fuera.

De los candidatos a la presidencia: frívolos y palaciegos, menos uno; todos beneficiaros de los gasolinazos y las estafas maestras, menos uno; todos hablan como recitando una lección, menos uno; todos nos quieren ver la cara de pendejos… todos, menos uno.

Efectivamente, como al regreso de Santa Anna, el régimen se puso de juerga y el pueblo de luto. Pero también, siendo totales la condiciones para su triunfo, demostraron que no hay en sus proyectos un México, sino una vulgar ambición personal.

Hoy está López Obrador muy por encima de sus rivales. Pero estos andan a la caza de su 0.56%, del mazazo del año pasado. De lo que se les pueda ocurrir para seguir, si de ellos depende, por la eternidad siendo dueños del país y de los nosotros que aquí somos.

¿Será el primero de julio nuestro Plan de Ayutla?


  1. Sí, agravios: no se ven ni se escuchan como tales, porque es absurdo exigir algo a de quien nada se esperaba. Pero ahí están, amontonándose — más que en la memoria— en el ideario colectivo.