ago. 31, 2012

Los jueces de ventanilla

Y entonces el juez dijo “El robado no acreditó la existencia del ladrón: no presentó un comprobante de domicilio con máximo tres meses, ni el testimonio notariado de que se haya dado tal robo, tampoco aportó un video ni trajo a la presunto culpable a que confesara. Es inadmisible pretender denunciar un delito sin prueba contundente de ello, por lo tanto, este tribunal declara que no hubo robo”.

Y siguió el segundo: “Es cierto que está el cuerpo en putrefacción de la presunta víctima, pero la parte acusadora no acreditó que haya en éste una diferencia sustancial con los cuerpos putrefactos por muerte natural. Además, tampoco aportó el arma homicida ni los estudios de balística o de huellas digitales que comprueben la existencia siquiera de la antedicha arma. Es inadmisible pretender denunciar un delito sin prueba contundente de ello, por lo tanto, este tribunal declara que no hubo homicidio”.

Y un tercero, alegre, continuó: “¿Cómo espera el acusado que este tribunal le conceda la razón en lo referente a su presunto secuestro si no presentó el número de placas o los recibos de gasolinerías u otros elementos que demuestren que usaron unidades automotoras en el translado que alega? Es inadmisible que se piense que si no aporta por lo menos la dirección y el croquis de localización de la casa en la que lo retuvieron pretenda que aceptemos su queja. Las lesiones en su cuerpo o su completa ausencia en todos los aspectos cotidianos de su vida durante un mes no consisten prueba contundente de tal privación de la libertad, ya que todos los elementos de esas pruebas están en el cuerpo mismo de la supuesta víctima, es decir, en el dominio de su propia voluntad, lo que no implica por sí mismo la participación de una persona distinta en tales hechos. Es inadmisible pretender denunciar un delito sin prueba contundente de ello, por lo tanto, este tribunal declara que no hubo secuestro.”

Hubo, todavía, un cuarto: “Es inadmisible pretender denunciar un delito sin prueba contundente de ello, por lo tanto, este tribunal declara que no hubo crimen alguno, ni víctima, ni nada. No hay pruebas. Es también inadmisible que pretendan que la justicia investigue, que se usen los recursos a nuestra disposición para recabar testimonios, recibos, movimientos en cuentas bancarias, elementos periciales; vamos, ni aún que se le pida explicación a los involucrados en las acusaciones que antes se han descrito, aunque sea para hacerlas consistentes con los hechos. Como los presuntos implicados en tales delitos imaginarios han negado públicamente su existencia, este tribunal exige al denunciante que aporte pruebas que por ley están fuera de su alcance, que se allegue elementos que sólo pueden conseguirse con una orden judicial, que entreguen testimonios que los implicados sólo están obligados a dar ante un juzgado… en fin, este trubunal le confiere a la parte acusadora todas las obligaciones de un ministerio público (y más aún, la de un juez que entregue los permisos de cateo o las requisiciones), por supuesto, sin ninguna de sus facultades. Y si ante estas circunstancias no logra presentar los elementos suficientes para un sentencia (olvídense del hecho de que somos un Tribunal Constitucional Supremo, ni de que la sentencia no es del orden penal, sino constitucional), entonces nosotros diremos que no hay delitos y que los acusadores deben estar avergonzados de levantar la voz para denunciar falsedades.”

El quinto, por fin, remató: “Y al que no le guste que chingue a su madre”.