8.1

Desde la nada y hacia la nada: ese es el sentido de mi existencia.

Está, en primer lugar, la búsqueda de lo que me ha traído a la existencia y la respuesta: nada, fuera de la entidad misma [del hecho de ser]. ¿Por qué soy, por qué existo? ¿De dónde mi ser? El nacimiento no es una respuesta, porque no alcanza para encontrarse con el fundamento mismo de ser Yo, y no porque se pretenda seguir la secuencia de los nacimientos de mis ascendientes hasta su principio, sino porque la pregunta no es por la causalidad temporal de lo que Soy, por el momento primero de mi existencia, sino por la ratio que me explica. La pregunta de que se trata es, sí, por el fundamento, pero no por el fundamento [la fundación] de mi existencia ahora, sino por lo que funda absolutamente mi ser en cambio de no-ser. Y la respuesta escapa de cualquier posibilidad de concepción, está no sólo allende el conocimiento [la consciencia], sino allende la entidad misma. Nos queda sólo entregarnos a la posibilidad de no ser en la especulación, para ver si razonamos la entidad, pero esto sólo conduce a la náusea repugnante de imaginarnos el vacío y a, en esa estupefacción, suponernos como esa náusea.

Cuando me pregunto por lo que existía antes de existir yo, la respuesta puede dirigirse hacia la historia y llamar a las civilizaciones desaparecidas, a las vidas precedentes a la mía, a mis padres y mis abuelos, a la gran evidencia del mundo y descubrir en ellos la secuencia que me trae hasta el ahora. Empero, esa historia se desnuda de la facticidad de ser en cuanto se le pretende interrogar directamente y acendrarla: en cuanto se le busca el fundamento entitativo, éste se encuentra todo en lo que Soy. La historia se encuentra fundada en mi entidad, existe porque yo la vivo, y en la medida en que lo hago, todo lo pasado que conozco vale por ese conocerlo y no porque persista en lo real y aún si lo hiciera, existiría en la medida en la que se percibe. El rojizo atardecer, el paisaje más sublime, todos los sentidos de todo, la miseria del hambre y del dolor, el rostro de la que amo, el mundo todo existe en mi existencia: debe ser concebido por Mí para llegar a la existencia, pero no a la suya propia, sino a la mía, la única que tengo, la única a la que puedo acceder, la que es todo cuanto existe; porque el encuentro con lo ajeno debe primero hacerse mío para nacerlo, porque, al final, la vida es esta vida de adentro, la Mía, ella sola.

No se trata de que Yo funde su ser, ni aún de que yo cree desde mí su existir en mi existencia (tan sólo lo concibo); todos los ellos son aparte y, los que son sensitivos, arraigan su propia sensitividad en su entidad, fundan su propia existencia [tienen su propio conocimiento] aparte de mí, tan aparte y tan independiente que es inalcanzable para lo que Soy: es esa misma cualidad de inalcanzable la que me obliga a fundar todo lo existente en mi existencia. La entidad y la existencia propias de lo otro de mí me son ajenas, se encuentran por completo más allá de lo que puedo tener conmigo; la única manera en la que me llegan es por la noticia sensitiva, por la afectación que provocan en lo que Soy, por lo que a mi cuerpo le pasa cuando lo tocan —en el toque de Midas—, pero eso sigue quedándose sólo en lo de mí, aunque no sea poco. El conocimiento [la existencia] que Yo fundo es la única manera en la que los puedo alcanzar, siempre relativos a mi entidad.

La existencia, que es una dimensión ontológica arraigada en la entidad, no es de por sí una entidad, es el acto cognitivo del ente que soy —y cuya entidad no consiste en ese su conocimiento—. Existir es ser, para alguien, conocido; existencia es la cualidad de un ente para existirse y para existir al mundo que le toca. La existencia, pues, no tiene per se una motivación, un postulado, una manifestación ni una entidad, es la mera notación de la entidad que la funda, es el receptáculo de su sensitividad y sus disposiciones cognitivas; empero, es en ella en la que se ilumina la completa obscuridad de lo actual [de lo entitativo], es en ella en la que todo puede notarse y en la que abandona la nada: la nada no es la negación de ser —lo que es imposible— sino la negación de existir1. La entidad y la existencia de lo otro desde sí, permanece en la nada de la inconsciencia, sólo lo desde mí me existe.

Todo esto mundano, fundado en mi entidad para darse a mi consciencia [todo lo que veo, lo que oigo, lo que huelo, lo que toco, lo que recuerdo, lo que deduzco, lo que razono, lo que entiendo, lo que me duele, lo que me entristece, etcétera], antes de llegar a mi existencia permanecía en la nada y, cuando cese, cesará la suya.

Nada antes de mi existencia, nada después.


  1. En adelante, cuando se llegue a referir a dejar de ser, se especificará con la frase “aniquilación entitativa”.