7.2

De lo que se trata aquí es de la libertad como una determinación efectiva de lo humano; es decir, como el constreñimiento de la manera en la que se da el acto que ahora soy por una determinación previa de mi actuación. La reflexión posibilita que se encuentre la posibilidad del mundo sin contactarla efectivamente; ante eso, también se manifiesta la posibilidad de ser yo en la situación posible de lo objetante y de lo sujetante [de la existencia toda] y, desde aquí, desde el ahora en el que me enfrento al la apelación especulativa y respondo por ella, manifiesto la preferencia por lo que me aparece más bueno. De esta manera, lo que Soy manifiesta a lo que existo la posibilidad del mundo que más conviene al bienestar y así, esta decisión se aprende en primer término y, con su ejercicio constante, se incorpora a lo que Soy; esto es, llega a formar parte de la determinación motivacional de mi entidad. Una manera de determinar la actuación es haciendo el pro-pósito de reaccionar de tal manera ante una situación proyectada

La libertad, como posibilidad de que lo que es ahora hubiera sido de otra manera, no existe. En la realidad, todo está determinado por su propia entidad; lo que sucede, sucede porque no pude ser de otra manera. Lo pasado no puede ser cambiado, ni tampoco lo presente; lo que se puede, siempre se puede en un futuro. Cuando se dice que el pasado pudo ser de otra manera, ésta posibilidad sólo se entinte desde un más pasado [desde un momento previo al que hubiera sido distinto], nunca desde sí mismo; pero, para que ese más pasado pudiera ser distinto, hace falta todavía un momento aún más pasado que así lo determine y, en fin, que por lo menos una cosa sea de diferente de lo que es.

En lo real [en lo que es] los entes y su actualidad no pueden ser ni pueden no ser; simplemente son y su entidad no admite negación de sí, pues es su afirmación lo que determina su {acto de} ser mismo. Las posibilidades siempre se presentan ante lo que Soy en la dimensión ontológica existencial {como concepción de lo sensitivo} y, de manera muy más extendida, en la dimensión especulativa de mi entidad: por razonamientos, por pensamientos, por sub-posiciones, por consideraciones y por la apelación que éstos hacen al Yo ente, que responde con la especulación de un mundo posible distinto, por lo general mejor. Cuando esta respuesta se refiere al pasado en un hubiera inefectivo, no puede más que contribuir al mejor conocimiento de lo que el mundo fue y, si es el caso, de lo que Soy por lo que fui; cuando se refiere, en cambio, al futuro, implica la determinación de mi motivación para alcanzar eso bueno, y que, cuando se trata de lo allende, quizá se pueda conseguir con el trabajo, pero, si se refiere a lo aquende, se vuelve una convicción de cómo se debe manifestar mi entidad cuando le suceda efectivamente lo que ahora vive sólo en la especulación. En el primer caso, se determina a la motivación actual y se maniobra para hacer del mundo eso mejor; en el segundo, se determina la motivación posible y se convence a lo que Soy de hacer-se mejor.

Si la libertad es libertarse de lo que impide el bienestar, entonces esa liberación consiste en el aumento de la potencia [de la posibilidad de realizarse] de lo que Soy. Si se concibe la libertad como libertad contra el mundo, el aumento de esta potencia significa que posea más instrumentos y más fuerza para incidir en lo real en mi favor; si, en cambio, se concibe como libertad contra el Yo, el aumento de la potencia significa que se tenga un mayor entendimiento-sapiencia de las rationes y una mejor consideración de lo en el mundo, pues es de esta manera —por la concepción especulativa y sensitiva (que se fundan en las instancias de lo que Soy)— como consigo auto-determinarme más allá del impulso inmediato.

La posibilidad, aunque tenga como referencia última a lo que hay en la realidad, sólo acaece en el campo del conocimiento; no hay entidad posible, sino entidad actual, la posibilidad de lo entitativo, para darse, tiene que existir en el conocimiento [en la consciencia] y, así, no se trata ya de la dimensión entitativa. El principio de no contradicción es un principio epistémico porque es un principio ontológico. Los entes son en un eterno presente, no hay la posibilidad de que ahora salgan de su ser para contrariarse ahora. Así, carece de sentido el hablar de la posibilidad en tanto se atienda a la mera entidad; los entes son como son y se manifiestan desde lo que son, y no es posible ser {en presente} de otra manera. La libertad no se juega en la posibilidad de escapar a lo que Soy, no se juega en el no ser yo: se juega en el ser yo de diferente manera. Tener libertad [carecer de obstáculos] para determinarse no significa hacerse espontáneamente otro con las disposiciones que se imagine, sino auto-determinarse en la actuación a partir de la consideración especulativa de una mejor o menos-peor posibilidad de Mí o del mundo. Tal autodeterminación se consigue sólo a partir de la dimensión especulativa, por lo que es particular de la humanidad.

Es la consciencia [el conocimiento] de lo que se discierne la que permite que se dé la libertad. Es por la capacidad de representar imaginativamente ante lo que Soy las posibilidades del mundo y de mí mismo para que se incline por alguna en la que encuentre un bien mayor que me determino a conseguir la realización de ese mundo mejor: La dimensión especulativa me permite que sea apelado en el mismo tiempo por varios mundos posibles, de los cuales todos suelen implicar así sufrimiento como gozo (si bien en diferente grado y asociados a diferentes situaciones); esto conlleva el discernimiento de lo que hago para bien y para mal. Es así que entre más elementos tenga para formarme un panorama mayor de la posibilidad Mía, del mundo y de los otros, más posibilidades apelarán a mi discernimiento de lo bueno [de lo que se busca porque lleva al bienestar] y lo malo [de lo que se huye porque lleva al malestar]. En este sentido, de lo que hay que liberarse es de la ignorancia de lo que existe, pues es ella la que no me permite manifestar lo que Soy plenamente en mi realización, pues, entre menos posibilidades pondere, menos se puede indicar a la existencia lo que realmente quiero, lo que realmente está bien: el conocimiento del mundo, para quien tiene dignidad, tiene como propósito encontrar el Bien de lo real y de la situación en la que Soy; si es otro el caso, entonces se busca por mero pragmatismo o por gusto ingenuo.

Lo que puedo así determinar de lo que Soy es la manera en la que se manifiesta hacia lo real, que es lo que se determina por el concurso de la consciencia [del conocimiento], pero no lo aquende la existencia, Soy. Si hacerse libre es llegar a tal situación que permita hacer lo que Yo quiero (y así ser libre se convierte en sinónimo ser gozoso), entonces se necesita deshacerse de lo que le estorba para alcanzar Mi realización [para hacerse real] (en el caso de la libertad contra el mundo, de lo que impide el encuentro con lo que deseo; en el de la libertad contra el Yo, de determinar, por el entendimiento-sapiencia lo que realmente quiero). Pero el fundamento de lo que se quiera o se desprecie no es libre: la querencia es una manifestación de lo que Soy ante lo que se le presenta y, por tanto, depende de mi entidad, esa que permanece en la obscuridad inconsciente, en la dimensión entitativa, allende todo lo que puedo concebir: me puedo liberar para hacer lo que quiero, pero no para querer lo que quiero; o, con otras palabras: me puedo liberar de la situación* que me constriñe, pero no puedo liberarme de ser que Soy*.

Estamos ineludiblemente encerrados en nosotros mismos, condenados a ser sólo lo que somos, a encontrarnos siempre en y con lo de Mí, con nuestra humanidad; estamos, pues, constreñidos a estar en un mundo y a tender hacia lo allende, estamos constreñidos a actuar (estar ahora postrado en una cama es ya actual). Esto es: estamos condenados a existir temporales y a ser siempre presentes. Y lo anterior significa que estamos condenados a decidir nuestra actuación; estar condenado significa que yo solo tengo que actuar y que nadie más puede sobre lo que Yo hago. No obstante que los motivos de mi motivación y las condiciones para obtenerlos sean impuestos por lo además de mí, siempre, para que tengan incidencia efectiva sobre la actualidad del cuerpo que Soy, es necesario que estén ya en lo Mío. Esto significa que estoy condenado, de cualquier manera, a la autonomía. La autodeterminación, significa un paso más allá en la resolución del movimiento por el que realizo lo que Soy; es liberar esta autonomía [este espacio en el que lo de Mí y sólo ello me puede impulsar a resolverme o no a la actuación] de la casualidad veleidosa de lo que me toca, del azaroso encuentro sensitivo con lo que llama a mi entidad, y le permite, por la especulación, encontrarse con el mundo en sus rationes y en sus situaciones muy más allá de lo sensitivamente patente.

Yo, como un ente en lo real, soy agente [algo que hace]. Pero todas las decisiones que tome —y, en el fondo, todo lo que yo haga— tienen su origen en mí solamente. No se trata de que lo además, lo que me acontece, lo que todos los otros hacen, las circunstancias en las que me encuentro y en las que me he encontrado en toda la vida no influyan, no tengan incidencia en lo que yo Soy; efectivamente, la tienen, pero no en cada momento de mi actualidad en el que hago**. Cualquier movimiento que yo actúe, cualquier cosa de la que yo sea agente, tiene su origen completamente en mí, está determinado completamente desde Mí.

Incluso si suponemos que todas las determinaciones motivacionales conscientes han sido puestas ahí, sin más trámite, totalmente por lo allende, y que el mí mismo se haya formado únicamente a partir de imitaciones y de encuentros con lo demás, sin jamás haber considerado desde mí la situación propia, de lo otro o del otro; en el caso, digamos, de una persona que hace todo para agradar a las demás y que jamás se pregunta a sí mismo qué es lo que quiere, ni qué es lo que le disgusta, sino que todo lo que hace lo hace para acomodarse entre lo que se le presenta, incluso en ese caso, lo que determina cada acción soy yo mismo. Nunca lo que termina resolviendo mi actuación es el hecho de que algún otro lo haga y lo haya hecho, sino que lo que me impele al movimiento actual es siempre la convicción que está en mí de que eso es lo que debo hacer (y no la que está en otros).

Lo que me hace actuar en cada caso de determinada manera y no de otra es siempre una convicción íntima, pero éstas nunca son innatas (innatas son las inclinaciones, las tendencias: las disposiciones biológicas), nunca puede haber una convicción sin el concurso de las vivencias que he tenido, de mi historia. Empero, nunca puede hablarse tampoco de una absoluta imposición, sino que se conjugan los factores, para que algo anide en lo que Soy es necesario que encuentre una disposición para aceptarlo; hay desde luego, disposiciones que trascienden cualquier particularidad, y que aparecen en todo humano, como el huir de lo doloroso, el buscar lo placentero, la necesidad del alimento y de la cópula, etcétera, y, por lo tanto, puede decirse que hay condiciones ambientales-sociales que implican, para todos, la misma convicción íntima —lo cual es empíricamente falso—, pero, aunque eso se aceptara, de lo que se trata es de la determinación del acto este, del movimiento que el cuerpo que Soy está a punto de realizar por la impelación de la motivación, que parte de lo que conozco y de lo que respondo ante la apelación de lo conocido.

Nada de lo que esté en el mundo, por el sólo hecho de estar en él, tiene incidencia en mi comportamiento; ni aún si la persona que amo y por la que soy capaz del mayor sacrificio muere y su entidad es aniquilada, ni aún eso va a determinar por sólo haber sucedido, a mi motivación: sólo si tal situación enfrenta como conocimiento a lo que Soy merece de mi entidad una respuesta; aun si en este momento se alza en armas todo mi país, mientras no se incluya en lo que Soy esa noticia, mi entidad no será motivada por ello. Y más todavía: aunque se me esté apuntando con un arma exigiéndome que diga o que haga algo, ni mis labios ni mis músculos ejecutarán acto alguno siguiendo las motivaciones y las tendencias suyas, sino que es necesario que yo y que mi motivación los impelan y los determinen a que lo hagan (aunque haya sido obligado a hacerlo)1. E incluso es así cuando se trata de los movimientos reflejos o fisiológicos, pues son un movimiento que está determinado por lo que yo Soy, no es una determinación de todo lo ente en tanto totalidad, sino del Yo-ente; si yo digiero lo que como, es porque la digestión es una determinación de lo que Soy (una piedra no digiere en absoluto, ni otro animal puede digerir lo que está en Mí). Esto, pues, es la autonomía relativa, que es condición de lo humano.

Así, como se ve, la libertad no se da de hecho, pero lo que sí es posible es encontrarse con la manera de pre-determinarse. No se trata de que en el momento en el que yo me enfrente con determinadas circunstancias pueda o no dejar de manifestarme como Soy (eso es ineludible), sino que, en el momento en el que me enfrente con alguna situación sobre la que yo había proyectado mi actuación (a partir del discernimiento especulativo), en ese momento, la determinación previa, que ya se ha aprendido e, incluso, incorporado a mi Yo, se restituye a mi consciencia, en la que se determina la manera de realizarme en lo extensivo. Aunque, por supuesto, no hay una o unas determinaciones que con exclusividad se restituyan, sino que la restitución lo es de todo lo histórico asociado con lo que me pasa, con lo que apela a mi entidad. No es otra cosa en la que consiste la educación moral de los niños: principalmente, es incorporarles un temor que los determine contra lo que está moralmente mal y que no debe hacerse y, de otro lado, una inclinación que los determine hacia lo que está, moralmente, bien hecho.


  1. Es pertinente aclarar que aquí no se está haciendo un juicio de valor sobre si se debe o no ceder o si lo que sucede en tales o cuales circunstancias es siquiera juzgable, sino que sólo se busca dejar muy en claro un punto crucial para entender lo que sigue.