7.1

Ser libre quiere siempre decir ser libre para ser feliz o más bien, para buscar el Bien.

Libertad es siempre liberación [libertarse]. No se trata de una estancia particular de mi entidad, ni de una propiedad inherente al Yo que se tiene o no se tiene, sino que es una transición de una menor a una mayor potencia para Mi realización: es liberarse de lo que Me disminuye o Me contiene para conseguir la concreción de a lo que me tiende mi entidad, del impulso motivacional del Yo; es decir para concretar en el mundo el bien-estar. Se trata, al final de cuentas, de la condición ontológica —irrenunciable imperativo existencial— de la actualidad, que se manifiesta en la determinación por mí de lo que hago. Esa perenne exigencia entitativa del acto [esa imperiosa exigencia de hacer de lo real lo que me conviene], junto con la condición solitaria en la que se es, es la que me obliga a la realización autónoma de lo que Soy, sin poder escapar de la actualidad de ser y sin poder renunciar a que todo lo que hago Me obedezca.

Todo actuar mío, todo lo que puedo encontrar como consecuencia de mi voluntad, lleva impreso ineludiblemente la marca de lo que Soy, y no sólo eso, cada pensamiento del que soy consciente es ex-presión que mana de la propia entidad hasta alcanzar e irrumpir en la condición existencial, aunque es manifiesto únicamente para mí. Cualquier ética, cualquier moral, no puede sino sustentarse sobre de esto: que soy responsable por lo que Soy. Si bien la realidad de lo ente es algo más allá de mí, algo inasible, algo inalcanzable esto no obsta para encontrarme, sin embargo, situado en la realidad. Pues bien, esta realidad que sólo por sus manifestaciones me es conocida, tiene una repercusión efectiva sobre mí, pero Yo también la tengo sobre ella. Que no pueda cambiar sus leyes naturales, que no pueda contrariar lo que sucede en el mundo, que no pueda, en fin, penetrar en lo que es en ella, no quiere decir que no haya una incidencia desde mí hasta donde está lo demás.

Mis actos [mi incidencia en la realidad] están constreñidos en su determinación consciente por una manera [por mi manera] de saber-entender el mundo, pero no es posible que se actúe con conocimiento total de la forma en la que opera el mundo y de lo que repercute mi actuación: esta es la condición esencial del ser libre: la finitud. Sólo de los entes finitos es dable decir que son libres, pues sólo ellos encuentran para sí obstáculos de los que liberarse; no hay algo así como una absoluta condición de libertad, sino que es siempre relativa a algo: soy libre de tal o cual cosa, pero no es que se obtenga para siempre una liberación en términos entitativos esenciales, sino que tal es siempre relativa a lo que impedía mi realización: liberarse es, así, destruir la impotencia de hacer algo. Empero, es precisamente por la impelación irrenunciable y continua a realizarme —que se manifiesta espontáneamente a lo que existo— que se consuma desde mí la determinación libre de lo que Soy.

La libertad absoluta no debe entenderse como poder realizar cualquier cosa que se me ocurra, sino sólo las que quiero [las que se me presentan como un motivo]. Ser absueltamente libre quiere decir que no haya ningún obstáculo para la consecución de aquello allende Mí que me llama por el deseo manifiesto a mi existencia. Entonces, la liberación se refiere a ser libre de lo que me estorba para conseguir mi realización plena; esto es, se refiere a concretar en el mundo siempre lo bueno y esto significa que no hubiera necesidad de trabajo ni de frustración o fracaso en su alcance. Al fin, ser completamente libre significaría ser completamente soberano del mundo todo; pero la soberanía de mi entidad se agota en lo aquende, y es esta condición autónoma la que puede entenderse, en cierto sentido, como una condición de libertad, pero en este trabajo se hará una distinción precisa entre ambas: la libertad es de lo que estorba a la tendencia a la realización, y la autonomía entitativamente relativa es de la motivación y de la responsabilidad ante lo en la consciencia1.

Como ya se había planteado, hay dos tendencias libertarias contrapuestas, cuya elección se deriva de las instancias del Yo, y que persiguen {ambas} la identificación entre lo que hay en el mundo y mi voluntad para liberar mi impulso realizativo: la una, que pretende cambiar la realidad hasta hacerla a mi voluntad; la otra, que pretende cambiar mi voluntad hasta hacerla a la realidad.

La liberación contra el Yo consiste en encontrar la conformidad de lo propio con lo real-mundano, esto es, pretende estar acorde con la realidad: busca la evasión del sufrimiento por la aniquilación del sufrimiento mismo, y no por el encuentro satisfactorio con su motivo. Se trata de no contrariar lo real con lo deseado para superar el sufrimiento [para conseguir el bien-estar]. En este sentido, somos libres porque nos liberamos del Yo y de sus manifestaciones: de nuestros deseos y de nuestras repulsiones, y nos alejándonos de toda determinación de nuestra actitud que se resuelva en el encuentro con algo allende lo que somos y que, por eso mismo, no está asegurado. Se parte de la sapiencia de que el sufrimiento viene de la frustración y del fracaso del encuentro con el motivo que nos llama y se pretende evitarlo por medio del acallamiento de la estridencia de los motivos y por el dominio sobre el juicio {de agrado o de molestia} de lo que nos pasa, disminuyéndolo, intentando que sea insignificante la ventura o la desventura de lo que no depende de la entidad propia; se pretende renunciar a pretender ser soberano de lo que escapa fácticamente de toda soberanía [del ente ajeno]. Hay la pretensión de ser motivado lo menos por lo que es fuera de la posibilidad de la determinación absoluta desde mí y lo más por lo que es propio y que, por tanto, estoy siempre en poder de conseguirlo.

En el fondo, de lo que se trata es de admitir que la vida con sus acontecimientos y que la realidad de lo ente en general nos es desconocida en su por-venir, por lo menos en lo que se refiere a sus designios más profundos y de que el sufrimiento viene de la tendencia a alcanzar algo a lo que no podemos llegar, a consumir lo que está alejado de nosotros o a estar en una situación en la que no podemos ya o no todavía o nunca podremos estar. Es decir, se busca que lo que nosotros deseemos y lo que hay en el mundo sean lo mismo; y, por lo tanto el reconocimiento de la verdad y de la falsedades son la manera en la que mejor se encuentra la forma en la que se debe procurar tal situación. Esta pretensión se manifiesta muy notablemente en las filosofías socráticas y en los ideales religiosos ascéticos, y viene de reconocer la inexorabilidad de lo que pasa en el mundo respecto de la humana potencia, pues eso pertenece a un orden más grande, en el que no podemos tener mayor incidencia: el mundo es como es y el rechazarlo así sólo conlleva sufrimiento: «El destino conduce al que se somete y arrastra al que se resiste»2, dice Séneca. La solución es con-formarnos con el mundo [adoptar la forma del mundo]. Ya que no podemos modificar la manera en la que el mundo necesariamente se desarrolla; ya que no podemos contrariar a nuestro destino, lo que procede es, para evitar el sufrimiento, controlar nuestros deseos para que no se refieran a algo que no esté en nuestras manos, a algo que se encuentre en la inseguridad de lo que está allende Mí y mi soberanía. El fin, pues de esta manera de entender el mundo es llegar a la autarquía, al gobierno de uno mismo y a la autosuficiencia por medio de la autodeterminación. Y es este punto el que, en este sentido, se concibe la libertad: libre es el hombre capaz de auto-determinarse, el que puede controlar sus deseos y sus apetencias: libertad es liberarse de la esclavitud de los instintos y de los deseos que arrastran al alma humana hacia el sufrimiento, pues, «¿qué puede faltar a quien se coloca fuera de todo deseo? ¿Qué obra externa necesita quien ha recogido todo en sí mismo?»3

No se trata de liberarse de los deseos en el sentido de no tenerlos ya, sino en el de que —y esto se ve muy bien en la concepción estoica— la interpretación de ellos (y de las cosas del mundo) los considere como son en la realidad, esto es, ni buenos ni malos, puesto que la bondad y la maldad ocurren por la apelación a la entidad que los vive y en donde sí cabe esta distinción (por el dolor y por el placer). Esto también puede darse por la renuncia al deleite de lo que se ofrece como tal (para no sufrir con su muy posible pérdida) y con la aceptación de la estancia entre lo precario pero seguro y constante (para no sufrir por la condición que, al final de cuentas, sólo puede ser tal si Yo lo concibo y lo juzgo así).

Al final, en el extremo de esta liberación de los obstáculos para evadir el sufrimiento, se encuentra el ascetismo. Liberarse absolutamente sería —en este polo— el ideal ascético de suprimir completamente las necesidades y, con ellas, los deseos y, con ellos, el sufrimiento por la frustración y por el fracaso: la santidad schopenhaueriana, que termina con los sufrimientos de lo que Soy.

Pero está también la tendencia contraria, la que afirma que lo bueno, la evasión mejor de todo sufrimiento, no está en la supresión de la motivación por temor del inminente fracaso ante la inseguridad de lo allende, sino en entregarse por completo a su consecución siempre con éxito.

La liberación contra el mundo consiste en transformar lo ajeno, en cambiar lo en-torno para que coincida con lo que mis deseos reclaman. Se sigue bajo el mismo postulado, bajo el mismo principio de con-formar las cosas y Mi voluntad, pero en un sentido diametralmente contrario: son las cosas, es el mundo allende el que tiene que modificarse para coincidir con lo que nos apetece; no son nuestros apetitos los que tienen que ceder y verse destruidos, no soy Yo ni mi motivación lo violentado, sino lo real y lo mundano; y no se trata de un mundo que sólo incluye cosas, sino de un mundo en el que también hay personas. Ésta es una segunda concepción de lo que es la libertad: hacer lo que Yo quiero, no de mí mismo, sino del mundo, tal como lo manifiesta Calicles a Sócrates en el Gorgias:

¿Cómo podría ser feliz un hombre si es esclavo de algo? Al contrario, lo bello y lo justo por naturaleza es lo que yo te voy a decir con sinceridad, a saber: el que quiera vivir rectamente debe dejar que sus deseos se hagan tan grandes como sea posible, y no reprimirlos, sino, que, siendo los mayores que sea posible, debe ser capaz de satisfacerlos con decisión e inteligencia y saciarlos con lo que en cada ocasión sea objeto de su deseo.4

La esclavitud (condición contraria a la libertad, en la que se está constreñido al cumplimiento de la realización de otro en vez de la mía) se opone a la felicidad [al bienestar] porque impide que me dedique a la realización propia, que me encuentre con lo que llama a mi motivación y que concrete mis deseos en lo real. La condición materialmente esclava —así tomada en atención a esta concepción del bienestar (y, por lo tanto, de la liberación [de ser libre para alcanzar el bienestar])—, impele a que el sufrimiento se palie por la consecución de todo capricho que ocurra a la existencia, que se satisfaga todo impulso, entre más grande mejor. Se trata de dejarlo que sea más fuerte, tanto cuanto se pueda, para que la satisfacción también lo sea; la virtud consiste en que se pueda hacer a un lado todo cuanto estorbe y en prevalecer mi motivación sin atender al otro, sino sólo en tanto lo otro. Esto es, se dice, conformarse con lo que manda la naturaleza, pero no la del mundo, sino la del Yo.

El mundo tiene que hacerse a los dictados de mi voluntad para paliar el sufrimiento y la búsqueda de que efectivamente así ocurra es la que guía a mi motivación. Pero tal búsqueda es, en sí misma, sufrida, pues el fracaso es inherente al capricho: lo que es en la realidad está fuera de nuestra determinación y, por tanto, escapa del control de mi voluntad. Todo lo que me dicte mi motivación me compete a mí, pero lo del mundo allende permanece inalterado aunque yo sufra por él o aunque lo necesite, lo mismo que si me es indiferente o si disfruto de contemplarlo. Pero mi existencia —que es sensitividad—, en cambio, se hace toda al dictado de la búsqueda y de la tendencia. El deseo mismo es un sentimiento molesto que encuentra alivio con lo allende, de tal manera que la búsqueda del bienestar como la satisfacción de los deseos implica ya la entrega previa al mal de la carencia; entrega, digo, porque el dolor que manifiesta el deseo bien puede no ser juzgado molesto, esto es, que se desatienda la manifestación motivacional de mi entidad. De otro modo, el ímpetu con el que llegue lo de Mí como inclinación al acto sería tal que cada instante en el que se suspenda su consecución sería uno de sufrimiento o de desesperación, si no se vislumbra la posibilidad de conseguirlo. Los concupiscentes, entonces, respecto de la satisfacción del deseo, «se atormentan cuando les falta y se asfixian con su abundancia»5.

De otro lado, este concepto de bienestar (y, por tanto, de libertad), implica que se atienda, si no con exclusividad, sí al menos con primacía a lo aquende por sobre lo allende; es decir, que se tenga una desconsideración por la alteridad, y que sólo se tome en cuenta la situación del otro en tanto otredad y en función de lo que conviene a mi realización. Es decir, que se busca que lo de mí se satisfaga sin considerar lo que sea de los otros (humanos, animales, plantas) sin saber que en ellos existe un mal posible —sólo entendiéndolo—. Esto implicarían que se conociera [que se sintiera en la existencia] que no es el bien-estar general de lo del mundo lo que se consigue, sino una particular satisfacción; por supuesto que, si no se considera la estancia del otro, sino sólo la propia, sí se da el bienestar egoísta pero para que una tal estancia buena perdure hace falta que se consiga otra satisfacción y una más y otra en cada momento.

Este concepto de libertad, pues, tiende a lo real para hacerlo habitable, para hacer sus determinaciones conformes con mi conveniencia y para disponer de lo ajeno que me objeta para mi consumo. Es decir, que esta tendencia busca eminentemente al trabajo y a la posesión, pero con el egoísmo característico de quien así mismo concibe el bienestar: como el trabajo implica desgaste y el desgaste dolor, se busca poseer la capacidad de trabajo de alguien más y disponerla para el cumplimiento de mi motivación: se busca apoderarse [poder disponer incondicionalmente] de lo en el mundo.

Éste es el concepto de la libertad que domina en la civilización occidental contemporánea, la de hacer en el mundo lo que quiera, más, ¿de qué puede servir la libertad de hacer cuando la autonomía del querer está mancillada por los dictados de la moral, de lo social, del mercado, sin consultar a mi entidad y al mundo si es así? Es decir, si no Me interrogo por mi motivación y por la necesidad del mundo de ser como ahora es, ¿cómo es que voy a realizar-me? Se permite {ser libre de} buscar en el mundo mi bienestar, previo dictado de lo que estar bien significa, y significa desconsiderar la alteridad de todo lo ente, significa limitar la atención a la buena estancia a la del Yo desde su motivación egoísta.

De las maneras de ejercicio de esta libertad contra el mundo —la posesión y el trabajo— ya se ha tratado más arriba; de la libertad contra el Yo —la autodeterminación— se trata enseguida.


  1. Es decir que, en cuanto que condición entitativa, lo que suele mentarse por “libertad” (el poder sólo desde sí determinar el acto propio) se denominará “autonomía relativa”; en tanto que por “libertad” se referirá al ejercicio libertario.

  2. «Fata volentem ducunt, nolentem trahunt» — Séneca, Lucio Anneo. Epístolas Morales a Lucilio, “Epístola XVIII”, 4.

  3. Séneca, Lucio Anneo. De la vida bienaventurada. XVI, 3.

  4. Platón. Gorgias, 492a.

  5. Séneca. De la vida bienaventurada. XIV, 1.