5.4

La habitación [habituación] es la vivencia en lo que se sabe; es encontrarse en la seguridad de lo ya vivido. Habitar en un lugar es moverse en él sin que mis movimientos deban recurrir al entendimiento a cabalidad, sin que haya que pro-curarse del hacer porque la sapiencia de lo que me enfrenta ya me pre-cura. Es, en fin, moverme en lo allende como en lo aquende; esto es: poder determinar la resolución del movimiento extensivo como si del intensivo se tratara; poder interactuar amigablemente con lo que me enfrenta y poder mantenerme en la seguridad aún ante aquello que no se manifieste patentemente pues se sabe que —aunque desconocido— no representará peligro.

La habitualidad se consigue por el ejercicio del trato con lo que me rodea, que me permite, en su repetición constante, ejercer constantemente mis movimientos y las respuestas de ello ante lo Mío; este ejercicio in-corpora en Mí al acto del encuentro y la interacción con lo que me es próximo. Es así como la sapiencia permite habitar el mundo, por medio de la incorporación de las rationes de lo que en él me enfrenta; este tema ha sido ya tratado en el capítulo sobre “El conocimiento de lo que es” y en particular en el apartado de “El problema de la verdad” (véase, pp. 82ss.); en lo que sigue, la habitación será tratada no desde la manera en la que me habitúo al mundo que me rodea, sino de la manera en la que la construyo desde mí.

El trabajo es la realización de lo que Soy a partir de lo reflexivo. Es la incidencia en lo real para la consecución de mi motivo, pero no del que se me presente efectivamente ante la percepción y que objeta a mi entidad sensitivamente: no es tender hacia el mundo para encontrarme con lo que de él me llama, sino actualizar la posibilidad del mundo que especulo.

No se trata, entonces, de hallar en el mundo efectivo un motivo que me impela a realizar su consecución; se trata, en cambio, de hallarlo en el mundo reflexado en mi existencia [en la concepción imaginativa] y, entonces, la motivación no será una impelación a su encuentro, sino a su busca; es decir que, como el hambre, es un deseo que se manifiesta sin la presencia de lo deseado, sino ante su querencia. El tener ante lo que Soy —reflexivamente— el motivo de mi deseo, pero no encontrarse con él en el mundo, y la exigencia entitativa —que es la querencia— de realizarme [de concretar fácticamente el encuentro con mi motivo] llevan a la búsqueda del motivo como apelación efectiva para lo que Soy. Esta búsqueda, teniendo como fundamento una concepción especulativa y no una necesidad vital, es la característica del humano: la búsqueda de lo que su imaginación le presenta como motivo, el anhelo de alcanzar lo que se le proyecta en la existencia, la pretensión de encontrarse con el futuro que satisfaga su motivación. La persecución de lo bueno más allá de lo presente: eso es el trabajo: eso es lo humano.

El trabajo es la manera propiamente humana de realizarse.

El Yo-ente, que tienen en su existencia la capacidad de especular [de imaginar | de reflexionar | de crear [concebir] al mundo en su posibilidad], pro-cura su realización fáctica futura a través de la habitación del mundo. La sapiencia de lo que es (tanto en la concepción de su sentido cuanto en la pericia del movimiento que realiza la pretensión de lo ente) es la primitiva manera de hacerlo, la sapiencia de sus rationes viene después, y al final es el trabajo. El trabajo manifiesta la más excelsa realización de lo que Soy en lo real, que pasa por edificar la habitación de lo que Soy.

Si por medio de la sapiencia se habita el mundo poniendo sus determinaciones en lo de Mí, por medio del trabajo se lo habita poniendo lo de Mí en sus determinaciones. El movimiento de mi entidad alcanza a lo real para realizar la posibilidad que Yo proyecto de un mundo —para mí— bueno; es la incidencia de lo que Soy en el mundo para convertirlo en algo que me pro-cure. Con la sapiencia de las rationes de lo en el mundo se llega a la seguridad en la actuación porque ya se puede proyectar lo que sigue de lo que hago sin que se tengan que expectar las consecuencias para estar en la posibilidad de determinar la actuación en seguida; cuando se habita por el trabajo son las rationes primero: se especulan los principios y los fines de lo que el mundo debe ser —para que sea, a mi juicio, bueno— y a continuación se impone a lo real esta determinación racional. Es una edificación —por medio del trabajo— del lugar en el que se vive, el humano habita porque no necesita ya interrogar a lo que es para descubrir sus razones, sino que éstas le son impuestas a priori por el trabajador.

Gracias al trabajo se consigue crear la situación en la que se quiere estar. El movimiento de mi entidad incide en lo ente ajeno para hacerlo a mi voluntad, para disponerlo a la construcción de un mundo mejor para —siempre al fin— la consecución de mi bien-estar. Este acto lleva mi motivación al mundo, impone la situación que yo concibo como deseosa en la efectividad de lo mundano. Construir una habitación —lo que sólo se consigue con el trabajo propio— es encontrarme entre lo ajeno del mundo como en lo Mío, es hacer de un lugar el que me permite encontrarme con la estancia buena, el que me permite moverme sin la angustia de la frustración, casi sin el encuentro con el fracaso.

Impedirle a un hombre la posibilidad de su realización por medio de su trabajo es llevarlo a una situación de traición a su motivación y, por lo tanto, a sí mismo; es condenarlo a vivir en el sinsentido de sus actos, es impelerlo a que fracase su motivación, a que sus tendencias de realización se frustren o se ajusten a un patrón que lo obliga a hacer en contra o a pesar de su motivación (y en el que traiciona lo que él es), que no permite que se interrogue y que se manifieste desde sí lo que significa el bienestar para su entidad. Inhibe, pues, la creatividad, es decir, la capacidad de concepción imaginativa del mundo bueno.

El trabajo no es cualquier acto que modifique lo real (eso es la realización): el trabajo implica una expresión de lo que Soy a la concepción imaginativa en la cual se manifiesta lo que se busca; implica, pues, un ejercicio del ingenio, una interrogación sobre el mundo, y también —lo más importante— implica la satisfacción por la realización de cada motivo, un gusto por consecución de lo que se proyectaba y —como la consecuencia que desde el principio se buscaba— el de moverse entre lo habitable. El trabajo es lo que, al fin, se hace en la vida.

La opulencia conlleva una degradación de lo humano, tal vez tan grande como la de la miseria material, pues quien no dispone de la necesidad de trabajar tampoco se pregunta a sí mismo por el realizarse y, en consecuencia, no se descubre en lo que es, no le preocupa lo que de sí sea porque tiene, al menos, la permanencia asegurada sin más y esto significa que no se pro-cura, que no tiende a ver por lo de sí y que puede entonces ser de sí cualquier cosa. Lo cual no quiere decir que el trabajo sea todo bondad, ni que el ocio todo lo contrario; ya más arriba se habló de la condición ociosa y de la posibilidad de un ocio creativo y descubridor, de donde nacen la ciencia y la filosofía. Pero para que el ocio pueda tornarse así {creativo}, hace falta saber que sólo la realización o el intento de ella pueden incorporar; esto es, que sólo mediante el movimiento en el que se enfrenta a lo allende y a lo aquede la consciencia es posible que se llegue a saber algo.

Pero el trabajo también es cansancio; es agotar la energía del cuerpo que Soy y hacerlo menguar en su afirmación, es debilidad que reclama el cansancio y el reposo. El hecho de finalizar la jornada y encontrarse con el cuerpo debilitado, pero con la satisfacción ante la realización de la mejora [del hacer más bueno] del mundo implica la confrontación del placer que provoca el encuentro con mi motivo (el que había especulado y que me impelió a trabajar) y del dolor del agotamiento. La convivencia del dolor físico con el placer existencial manifiesta que no hay una dicotomía de ambos y eso incorpora la aceptación de uno en aras de un bien mayor. Un trabajo sin recompensa es amargo, es un trabajo que lleva sólo al sufrimiento y nunca al gozo; el trabajo fracasado es el que no redunda por sí en la mejor del mundo mío, en la construcción de mi habitación; es el que no me realiza.

Hasta ahora se ha hablado del trabajo que construye el motivo que busca satisfacer, el encuentro con mi motivo, del trabajo que nace de Mí y que pone en el mundo lo que Soy; es decir, que es exitoso. Hay, empero, otra clase de trabajo que es —por mucho— el más frecuente; se trata de aquél que fracasa en la realización de mi motivación, del impulso entitativo por el que cumplo el postulado de bienestar.

El trabajo fracasado es aquel que no busca en su realización el motivo del ente que lo actúa, sino que pretende obtener algo a cambio de y no por el movimiento en el que se transforma lo real-mundano. El trabajo que se hace por obligación siempre será fracasado, en tanto que el que se hace por necesidad puede ser exitoso; la diferencia consiste en que a lo primero se es impelido por la situación que así condiciona la consecución de algo más, mientras que el segundo es una impelación que viene desde lo que Soy y que —por lo tanto— satisface a la motivación con el encuentro de la obra realizada. Por otro lado, el trabajo —que nace de la búsqueda del encuentro con algo {que es represenciado especulativamente}— es un deseo y, como tal, puede frustrarse o fracasar. El trabajo frustrado es el que, pretendiendo alcanzar su motivo, no lo consigue, el que no llega a realizarse. El trabajo fracasado, en cambio, sí se realiza [se consigue que en la realidad se plasme, por el movimiento de mi cuerpo, lo que proyecto] pero que, por su consecución, obtiene a cambio dolor; es el caso del trabajo asalariado, del esclavizado, del dividido, del que no halla en el propio cuerpo trabajador la esperanza de encontrarse con el fruto de ese trabajo, de ese movimiento que es forzado a suceder, no para construir el bien en el mundo para mí, sino para hacer bueno el mundo de alguien más a cambio, generalmente, de la conservación de la posibilidad de la vida.

Cuando sólo el cansancio es lo que me queda por el esfuerzo y por el vencimiento de la resistencia de la fuerza y de la inconveniencia de lo que en el mundo se resiste a la concreción de lo que proyecto, entonces la miseria del quehacer doloroso lo envuelve siempre sin que haya una razón para estar satisfecho con lo que se hace. El trabajo que sólo es doloroso en su realización {el fracasado} lleva consigo el sufrimiento ineludible. Pero no se trata sólo de un despojo del gozo que se produce porque en el tiempo del trabajo que pudo ser exitoso se hace uno fracasado, sufrido; es más: se despoja de la capacidad de conseguir cualquier gozo por el trabajo. Si se satisface la necesidad de la conservación de la vida por medio del servicio enajenante y la relegación de la realización del Yo con el mundo para hacerse a un dictado, no se le permite al trabajador siquiera que se manifieste a la existencia la motivación de la entidad, e incluso se impide que se interrogue sobre lo que es él, y sobre lo que es el mundo. Así, el Yo-ente no concibe la posibilidad del mundo mejor para él porque el motivo del cumplimiento de su postulado entitativo está ya dictado y establecido por el insalvable peso de la tradición social y de la practicidad y conveniencia a la que los muchos se acomodan y, mientras eso sea, no hay la necesidad —o parece no haberla— de imaginar nada del mundo que lo haga más gozoso, como no sea aquello único que le inunde la existencia de placer: la comida, el comercio sexual, la posesión, la esperanza de lo transterrano, el alcohol, la vanidad, y la relación social en la que reina la hipocresía y los modales falsos.

El sometimiento de la humanidad al trabajo fracasado le impide, en fin, la posibilidad de construir su propia habitación; la esperanza de hacer del mundo algo bueno, algo vitalmente mejor. El humano, así (enajenado en su actuación), no encuentra su realización como ente reflexivo. Las estructuras sociales son la efectividad mundana con la que se enfrenta el Yo y a partir de la cual tiene que descubrir las razones del mundo que lo enfrenta, con el que tiene que interactuar para poder sobrevivir y, así, incorpora la sapiencia de que es en el mercado en el que se adquiere el alimento y en el trabajo servil (fracasado en sí mismo) en el que se gana la posibilidad de tal adquisición, a pesar de que entienda que son los campesinos, la tierra, la lluvia los que en realidad los producen. Se le entrega, pues, la supervivencia a cambio de la abdicación de la esperanza y de la posibilidad de hacer del mundo su mundo, se les reduce a habituarse a lo que se ha establecido en función de intereses difusos —incuso para quienes parecen los más beneficiados— sin el derecho a construir su propia habitación.