4.3

La humanidad es la condición de el humano. El humano es, genéricamente, un otro, pero con una característica especial: tiene reflexión [tiene especulación | puede concebir imaginativamente al mundo en su posibilidad]. Es decir que no solamente tiene una motivación ante lo que le pasa, sino que además se encuentra con la posibilidad del mundo más allá de la sensitividad, eyecta especulativamente al mundo y a sí mismo para descubrirlos más allá del ahora en el que están y de la concepción de la actualidad sensitiva.

Análogamente con la alteridad, en la misma concepción del humano como sensación (con sentido) ya se da el conocimiento de su humanidad, de su capacidad para concebir imaginativamente y para considerar lo que vive o ha vivido, lo que sabe y lo que entiende. Desde que se ve a una figura humana se concibe ella como pensante y se supone en su aparición el encuentro con una consciencia que me ve y que me conoce por y para más allá del ahora en el que estamos. Sólo ante el encuentro con una consciencia tal —incluso la mía propia— se puede sentir vergüenza u orgullo por lo que se ha hecho; porque se sabe que su juicio va más allá de la manifestación sensible, que alcanza mi pasado y mi futuro y que implica toda una dimensión en la que relaciona el mundo de lo que conoce, en la que el concepto impera no sólo sobre lo actual, sino igualmente sobre lo que se especula y lo que se entiende de lo que es1.

Lo otro tiene de sí propiedad de lo que es, el otro tiene además determinación de lo que es, pero el humano tiene, además de esto, consciencia de la posibilidad de lo que es él, de lo que es lo otro y de lo soy yo.

Cuando me enfrento con el humano no sólo sé que desde sí hay una motivación que actúa y que su existencia es sujetada por su entidad; además conozco que él tiene de Mí un concepto, que me piensa más allá de sentirme, que nace desde Sí una re-representación especulativa que lo apela, en la que lo que él concibe imaginativamente de Mí le provoca un juicio de agrado o de molestia [en la que me juzga agradable o molesto]. La tendencia a ser bueno para los demás [a ser buscado por los demás] es instintiva; conseguir el afecto de los otros es una de las maneras en las que se manifiesta el postulado entitativo de extender la entidad. El encontrarse ante el humano que indefectiblemente me juzga, que me desea o me repulsa —en mayor o menor grado— apela a mi entidad y es un motivo: las relaciones cognitivo-motivacionales [existenciales-afectivas] que el otro humano pueda (pues siempre es incierto cuáles sean) establecer conmigo se convierten en una motivación para la cual no hay comprobación posible, como no sean las suposiciones que surgen a partir de su comportamiento para conmigo (aunque bien pueden ser fingidas o circunstanciales). Por esta tendencia instintiva de ser buscado y querido por los otros, el encuentro con el humano me mueve por sí misma tomar en cuenta lo él piense, a no ser igual cuando solo que cuando soy visto por alguien más: el juicio del humano que me enfrenta siempre me aparece como constitutivo de mi situación. La adulación, la complacencia o el disimulo son maneras en las que me muevo entre los humanos. La aspiración a ser bueno es instintiva —y, así, puede ser modificada por la historia de lo que Soy—; pero hay que aclarar que se dice “bueno” en el sentido que se ha indicado más arriba: el de algo que se busca para la consecución del bienestar, mas no en su sentido moral de benevolente (que, dicho de paso, es una aspiración que se deriva de ésta, pero no la misma). La aspiración a ser buscado, a que los demás deseen mi presencia y estar Yo consigo, a agradar a los demás, es instintiva porque eso representa una mayor potencia de lo que Soy2.

Pero en el enfrentamiento con el humano no sólo se juega el juicio de él sobre mí, sino que también es un motivo para mi entidad, de mi realización. Es decir, que también hay un juicio Mío sobre el humano cuya presencia me enfrenta, también puede él ser agradable o repulsivo para mí, también puedo desear estar con él o repulsarlo. Y este juicio es igual que el de todo lo que me enfrenta; se determina por lo que Yo sé, y por lo que entiendo de lo que me ha apelado antes de la misma manera en la que lo hace ahora al humano que me apela. Las posibilidades de la satisfacción del deseo o de la repulsión que el humano me cause son —por un lado— la violencia o —por otro— el convertirme Yo en un motivo de deseo o de repulsión para él. Pero con la violencia no se consigue cabalmente satisfacer ni mi deseo ni mi repulsión del otro humano, pues aun con ella la convicción desde sí hacia Mí puede continuar repulsando‍ o deseando mi presencia. Puede que, si lo deseo, trate de violentar su entidad, de hacer que tenga una repulsión a las consecuencias de no complacerme mayor que la repulsión a mi complacencia, o que las condiciones físicas le imposibiliten estar de otra manera, pero esto no indica que su juicio haya cambiado; su convicción permanece siendo con él y alejada de cualquier posibilidad de manipulación desde Mí. Para convertirme en un motivo de su deseo o de su repulsión, de manera recíproca a lo que él es para mí, tengo que agradarle o que molestarlo, pero esto tiene que contemplar su interés y su manera de ser, la forma en la que el humano que deseo o que repulso se realiza, qué es lo que considera, cuál es su motivación y, entonces, apelarla con lo que la satisface o con lo que la niega, todo lo cual es tan complejo, cuan complejas son las personas en el mundo, pero lo que se quiere destacar aquí es que ante el humano la relación es distinta, que tiene que serlo por su capacidad reflexiva, y que el trato tiene que implicar esa reflexividad, por muy pobre que nos parezca, por muy despreciable que sea el tener que acudir a su consideración, es necesario cada vez, pues ahí está: no la suposición de que otro es estúpido nos exime de saber que en su consciencia estoy siendo juzgado, que está eyectándome en mi temporalidad y en mi subjetividad. A menos que se tenga el poder para violentar la entidad del otro para que satisfaga nuestra motivación, para que realice lo Mío, lo que pretendo de lo ajeno a mí, lo que necesito como una demanda entitativa, la consideración de mi actuación ante los demás debe tomarlos —aunque poco— en cuenta; y es imposible que el Yo-ente —humano como es— posea la fuerza suficiente para violentar a otro humano, puesto que la violencia nunca alcanza lo que persigue: la entidad ajena; aunque puede manipularla de manera indirecta por la modificación de la existencia, por el convencimiento, por la coacción, pero siempre con el concurso de lo que el otro siente y de lo que juzgua.

El enfrentamiento con la humanidad no es, pues, una apelación solamente; es una relación, pero no una que se caracterice primordialmente por la inter-acción bruta [por la incidencia franca de mi acto en su entidad y viceversa], sino que es, más bien, inter-existencial. Pero esta relación no implica una comunicación —compartir lo mío para que sea lo suyo— directa entre mi existencia y la suya; no es posible que el otro humano exista lo que existo ni al revés; cualquier comunicación debe darse por una mediación a la que ambos tengamos acceso, de manera que lo que Soy llegue a lo que el otro-humano es, pero no por una comunidad (o comunización) de mi entidad con la suya, sino manifestando lo de Mí en la realidad —«la misma para todos»— desde donde él la pueda tomar y hacerla suya. De esto se tratará en el siguiente capítulo; pero antes caben algunos apuntes sobre la concepción levinasiana de la alteridad (siempre y sólo en relación con lo aquí dicho).


  1. Sartre pone esto de una manera más bien visual, aunque el principio parece el miso que aquí se anuncia: el reconocimiento de lo que yo le hago al otro en lo que el otro hace de mí en un enfrentamiento mutuo; porque la concepción que haga de mí un otro humano no es la misma que pueda tener un animal sin tanta complejidad conceptiva. Dice Sartre: «Si partimos de la revelación primera del prójimo como mirada, hemos de reconocer que experimentamos nuestro incaptable ser-para-otro en la forma de una posesión. Soy poseído por el prójimo; la mirada ajena modela mi cuerpo en su desnudez, lo hace nacer, lo esculpe, lo produce como es, lo ve como nunca jamás lo veré yo. El prójimo guarda un secreto: el secreto de lo que soy. Me hace ser y, por eso mismo, me posee, y esta posesión no es nada más que la consciencia de poseerme. Y yo, en el reconocimiento de mi objectividad, experimento que él tiene esa consciencia.»— 3.III.I “La primera actitud hacia al prójimo: el amor el lenguaje el masoquismo”. En El ser y la nada. p. 455.

  2. Esta aspiración instintiva bien puede ser modificada en la historia de lo que Soy, por lo que sé-entiendo del mundo. De hecho, la tendencia filosófica implica el encontrarse mejor en el mundo, el ser más bueno, pero sin tomar como parámetro lo que los demás juzguen, sino la verdad misma de lo que es y de lo que Soy. Vivir correctamente conforme a la realidad de lo que es, es la aspiración filosófica-ética por excelencia (un estudio ético que no busque esto no puede llamarse filosófico; no, por lo menos, existencialmente filosófico, aunque metódicamente lo parezca).