4.2

La alteridad es la condición de el otro. El otro es, genéricamente, parte de lo otro, pero con una característica especial: tiene motivación [tiene sensitividad | tiene consciencia (que es sujeta por su entidad)]. Es decir, el otro no es sólo la manifestación de lo que me encuentra en relación con lo Mío, sino que se determina como algo más (algo que escapa a la mera objeción sensitiva). No es sólo el que sea desde sí: todo lo otro conserva su dimensión entitativa como suya, todo ente se manifiesta desde lo que es y no sucede que esa entidad se alcance por lo que Soy. Lo otro y el otro son, entitativamente, inalcanzables de la misma manera. La diferencia consiste en el que la otredad de lo otro se considera sólo por su separación entitativa, mientras que la alteridad del otro tiene una dimensión más a ser considerada: la existencial. Es decir, todo lo otro es desde sí, aparte de Mí; pero sólo el que tiene una existencia desde sí puede ser un otro.

De lo otro me separa la piel mía; del otro, la mía y la suya.

El encuentro con el otro no es, así, genérico; no se da de una manera amplia ni se extiende a todo lo que me enfrenta, sino que es individual, tiene que darse con el existente con el que me enfrento de manera que ése que es sea el que se considere es su situación, en su sujeción, y en su historia particulares: se ha de considerar, entonces su existencia1. Con el que me encuentro es con el otro, con una existencia específica, particular, con la que está situada de tal manera: que padece esto, que busca aquello y que huye de eso. El otro, pues, se destaca de lo otro por su existencia, por su propia sujetividad a su entidad, porque tiene una motivación y, así, una sensitividad y, así, un sufrimiento o un gozo.

Empero, por principio, el encuentro con el otro (que es sensitivo, como ningún encuentro puede dejar de serlo) no está determinado cualitativamente de una manera distinta que la de lo otro. Esto significa que el otro me objeta —como todo lo otro y como lo de Mí— por el mismo contacto por el que todo lo en la existencia me objeta. No hay una tipo de percepción especial del otro (como si no se pudiera confundir un dedo con un cilindro o una fotografía con una persona real) que lo ponga originariamente aparte del otro y lo lleve a una consideración distinta.

Lo otro, para llegar a ser el otro, tiene que concebirse como subjetivo, tiene que buscarse más allá de lo sensible que me apela y del sentido objetivo que de él se concibe; ha menester que Yo sepa de su alteridad, que haya incorporado la consideración de su estancia existencial. Esta sapiencia, sin embargo, ocurre desde el momento mismo en el que sé que ello es animado, que tiene un movimiento al que no está impelido por la mera necesidad física, sino porque busca o huye. Así, el contacto con la manifestación sensitiva del otro —si bien no distinto cualitativamente del contacto con lo otro— se concibe a la existencia como subjetivo, se le brinda un sentido que implica su motivación, su cualidad de sentirme2. Lo que Soy sabe y, así, concibe que la objeción sensitiva de una silueta, de un cuerpo humano, o de una voz que me habla, o de una mano que me toca o de muchas otras innumerables manifestaciones sensitivas que sólo se pueden desde una motivación implican una subjetividad, es decir, implican que lo que las mueve se manifieste desde sí, que tiene la capacidad para percibirme y para concebirme, para juzgarme y, en fin, para concebir lo que Soy y lo que estoy haciendo.

Es importante aclarar que la alteridad no se refiere sólo a los humanos, sino a todo lo sensible, a todo lo que tiene motivación y, por lo tanto, placer y dolor, bienestar y malestar. Los animales [todo lo animado] también se manifiestan como un otro que existe desde sí (y no como algo otro), porque sienten lo que les pasa, porque desean y repulsan, porque sufren, fracasan y tienen éxito, porque anhelan, porque me miran y me conciben desde su propio cuerpo, desde la sujeción a su entidad que les exige sentimentalmente alivio y satisfacción.

Ante la apelación de lo que se concibe como un otro ya se conoce su determinación sensitiva; no hace falta que cada vez que vea a un perro tenga que experimentar que se mueve para conocer que tiene motivación y que siente, sino que eso ya lo , y así —desde esta incorporación— lo concibo. También habrá un respuesta a la apelación de su presencia; por ejemplo, si se sabe [si se ha incorporado] que los perros son peligrosos, se cuidará de no encontrarse con ellos y, de hacerlo, entonces se cuidará de no provocar en ellos el deseo del ataque o de disuadirlos de cualquier manera. Se conoce, así, que el otro tiene una determinación aparte de la mía, y que se atiende a lo que el acto mío provoque en ella.

Lo otro tiene de sí propiedad* de lo que es, pero el otro tiene además determinación de lo que es.*

Así, en la concepción del mundo, la sapiencia de la motivación que acompaña al otro lo encuentra como individual, como en función de lo que percibe y siente. Pero que esto se conozca en la existencia no quiere decir que importe para lo que Soy eso que el otro percibe y siente (eso que el otro existe); aunque bien puede importar para la determinación mejor de la manera de realizarme. Es decir que la sola aceptación y convicción de la alteridad del otro no basta para que ésta se considere en la determinación de la actuación. El encuentro con el otro —en la sapiencia de que es animado— sólo me hace consciente de su motivación y de su determinación individual al acto, y manifiesta al Yo que lo enfrenta su concepción; esto es, la pre- y la pro-yección de su actuar, así como el sentido para Mí de se encuentro (agradable o molesto). La concepción de lo que me enfrenta como un otro no implica la consideración de su alteridad; bien puede ser que se conciba como un otro pero que se considere como algo otro. El conocimiento de que el otro se duele y se place no implica que ese dolor o ese placer sean un motivo para mi entidad, ni, por lo tanto, que determinen a mi motivación, porque no aparecen a mi sensitividad, sino sólo su manifestación objetiva. Sólo cuando {en la consideración} se empata la subjetividad suya con la subjetividad Mía es posible que lo que al otro hace de lo que yo hago se torne parte de Mi realización

Pero la alteridad como tal —que se determina por la existencia desde sí de lo que me objeta— no incluye una dimensión entitativa que radica en esta existencia: la dimensión reflexiva [especulativa], que es la característica del humano. Hay, pues, una manera particular de la existencia del otro que se basa en la concepción imaginativa que, aunque de mucho menor peso entitativo, permite la puesta ante lo que es propio de mundos posibles (especulados del mundo que sé-entiendo); es esa característica la que define otra modalidad del enfrentamiento con lo ajeno: la humanidad. De esto se habla enseguida.


  1. «Afirmar la prioridad del ser con respecto al ente es ya pronunciarse con respecto a la esencia de la filosofía, subordinar la relación con alguno (que es un ente) a una relación con el ser del ente que, impersonal, permite la aprehensión, la dominación del ente (en una relación de saber) subordina la justicia a la libertad». — Levinas, Emmanuel. 1.I.4. “La metafísica precede a la ontología”. En Titalidad e infinito. p. 69. Esto significa que es este “alguno” el Otro en el que se patentiza la eticidad («A este cuestionamiento de mi espontaneidad por la presencia del Otro, se llama ética» — ibídem, p. 67) es el único que puede ser considerado éticamente, cosa que una generalidad impide pues en ella se deja de lado lo situacional y se considera sólo lo principal. A despecho de los apuntes que se hagan más adelante, hay que señalar aquí que lo que es para Levinas una consideración ética aquí se nombra como “consideración de la subjetividad”, pues la ética barca un plano muy mayor, que no se reserva a lo que es del otro, sino a lo del mundo (que incluye al otro).

  2. «La percepción del objeto-prójimo remite a un sistema coherente de representaciones, y este sistema no es el mío. Ello significa que el prójimo no es, en mi experiencia, un fenómeno que remite a mi experiencia, sino que se refiere por principio a fenómenos situados fuera de toda experiencia posible para mí» — Sartre, Jean-Paul. 3.I.II “El escollo del solipsismo”. En El ser y la nada. pp. 298-299. La “remisión” del objeto-prójimo [de la objeción de lo otro que se sabe como un otro] es lo que aquí se entiende como concepción; y todo aquello que es referido es la significación de el hecho de que ese objeto que me enfrenta tiene una sujeción desde sí, tiene “un sistema coherente se representaciones”: una sensitividad y su concepción.