4.1

La otredad es la condición de lo otro. Es la manera en la que me enfrento a la no-Yo en general. Es la condición de la cosa que me encuentra o que encuentro yo. Lo otro es aquello cuya entidad no sujeta a mi existencia [aquello cuya motivación y sensaciones me son ajenas] y que, empero, me enfrenta existencialmente.

No es que la condición de lo otro y la condición de lo que me objeta sea la misma. La objeción es la sensitividad que me enfrenta, y que provoca la respuesta de lo que Soy, pero esta sensitividad puede ser intensiva. Los sentimientos, las representaciones especulativas, los objetos con sentido que se conciben a la existencia, etcétera también objetan a mi entidad. La condición de otredad no es la de objetividad porque la separación cualitativa no la es del Yo-ente con el otro-ente, sino de la entidad con la existencia [de la actualidad con el conocimiento]. La subjetividad no es un tipo de sensación distinto de la objetividad, sino que es una distinta modalidad de darse la objeción sensitiva (una modalidad con la que no se puede lidiar físicamente). La condición de lo otro de mí es la de ajenidad, la de lo que radica allende lo Mío; esto es, de que Yo no sea sujeto de su entidad, de que se me presente como lejana espacialmente, como alcanzable, como algo a lo que me puedo tender.

Lo otro es aquello entre lo que me muevo: La distinción entre lo de Mí y lo ajeno la da la motivación [la razón por la que me muevo] pues es ella la que impone en la existencia la pretensión de llagar a un lugar que —por la misma distancia que se ha de remontar— se halla alejado, que es allende lo conmigo. Pero ésta {la motivación} no se da como sí misma en mi existencia, sino como tendencia hacia lo otro de Mí —la cual se realiza sólo en el movimiento— y que llega manifestarse sensitivamente como pretensión o que puede darse sin la concurrencia de la dimensión existencial (a la que sólo le aparecería el resultado del movimiento como la objeción de la representación de mi cuerpo). La motivación [la búsqueda de lo que carezco por el movimiento] es lo que distingue a lo otro de lo que me indica qué hace a Mí de eso otro. La misma realización del movimiento es necesaria porque me es ajeno aquello a lo que tiendo.

No hay, así, esencialismos. Fuera de las condiciones inmutables del darse la existencia, lo demás es devenir permanente —aunque lo inconsciente-corporal es mucho más constante—: lo ajeno es en lo que me muevo, mientras que lo de Mí es lo que se mueve conmigo. Pero no para siempre; lo que mana de la propia entidad para hacerse notorio en el mundo, colocarse en lo que en él se representa es constantemente deviniente, está marcado por la evanescencia de todo lo sensitivo; es, igualmente, objeción efímera que se disipa apenas aparece. La diferencia radica en que la entidad de la cual los sentimientos y demás manifestaciones de lo Mío me apelan es la que sujeta en su fundación a lo que existo (es por eso que es imposible escapar de la constancia que significa lo inconsciente-ya-incorporado que se espera por la manifestación de lo en el mundo siempre ante la objeción de lo ajeno y aun de lo propio).

De esta manera, lo ajeno de mí es lo que se me niega en mi propia entidad [lo que se me niega desde mi sujetividad] y que requiere que se le alcance. Dicho alcance puede darse de sólo dos maneras: por el conocimiento [por la existencia] y por el consumo {como acto}. Pero la entidad de lo otro —como la propia— permanece fuera del alcance de mi existencia y sólo se me da por el contacto, ya adecuada a mi sensitividad. La diferencia consiste en que lo mío se manifiesta al mundo-existencia como la concepción de lo que existo y, de la manera más pura posible, como sentimientos y como pensamientos. La existencia mía radica en mi entidad, mientras que la entidad de lo otro es —para mí— puramente objeción, pura apelación sin responsividad motivacional. Lo otro de mí permanece allende la piel, separado por los muros de mi cuerpo.

La otredad significa que lo ajeno a Mí se me escapa siempre o, mejor dicho, en que nunca está conmigo. El encuentro con lo que no Soy no puede concretarse porque el único {encuentro} posible —el contacto— se conforma con lo que Soy, tiene de Mí la adecuación a mi sensitividad y mi determinación sensitiva y mi concepción a la consciencia: el contacto es el toque de Midas. Pero este toque también se tiene más acá, pues otro tanto hace a lo que de mi entidad se me manifiesta. Todo lo entitativo, en efecto, escapa a lo que existo; empero, mi entidad permanece conmigo —‍porque me constituye—, mientras que lo ajeno se me escapa indefectiblemente, se deshace cuando yo permanezco o permanece cuando yo me deshago, goza mientras yo sufro o sufre mientras yo gozo… Lo otro no me pertenece; a lo más, se presta a mi manipulación, pero se me escapa lo que tiene consigo, se va; tiene determinaciones entitativas que le indican lo de sí y que no responden ni respetan a las mías. Ello, que está sin que Yo esté, que permanece siendo sin permanecer en mi existencia, se me manifiesta —por cuanto me es imposible determinar su situación— su autónomo: mis determinaciones no pueden afectarlo, sólo mis actos (pero el movimiento que se actúa implica ya la pretensión de ex-tenderme [de ir más allá de Mí]). Lo otro se me escapa porque mi motivación no puede ir más allá de sus manifestaciones sensitivas a lo que existo. Pero ni aún puedo quedarme con lo suyo, no ya entitativamente, sino incuso objetivamente: la blancura de la azucena, la fuerza de la cascada, el sabor del chocolate son consigo, si los consumo, los destruyo y si no, permanecen allende, alejados de mi deseo de tenerlos.

Lo otro que alcanzo con los sentidos extensivos tiene su propiedad: es de sí; y no es posible que comparta su propiedad conmigo, llenarme con ella, ser contenido en su continente. La satisfacción, el deseo de lo otro que no se agota en su consumo está destinado al fracaso, a quedarse en anhelo1.

El acto por el que modifico la realidad para la consecución de mi motivo se queda siendo en los otros entes, se escapa de mí en la actuación misma; sólo el movimiento que hice para su consecución se me incorpora como sapiencia o como ejercicio. Pero lo que incidí con el movimiento se aparta de mi existencia en el mismo realizarse [en el mismo acto en el que se pone en lo real]. El uso y el disfrute de lo que resulte de ese trabajo es lo que me queda.

La tendencia hacia lo otro es permanente porque Mi insuficiencia lo es. La finitud de lo que Soy es la base sobre la que se funda la necesidad del recurso a lo ajeno. La satisfacción perpetua implicaría que pudiera apropiarme de lo que necesito, que pudiera integrar en lo mío aquello a lo que ahora tiendo y, si hiciera falta, a lo que tiende eso y así en seguida hasta resultar —quizá— que debería ser el universo entero para encontrarme en la situación de autosuficiencia. El deseo de lo ajeno es, así, permanente, pero su distancia de lo Mío también lo es. La obligación del trabajo y de la busca de lo que me complete —aunque apenas— la insuficiencia es una condición ineludible; no hay momento en el que la mengua de lo que Soy no empiece a demandarme algo que me falta: el alimento, el descanso, el ejercicio, el afecto…

Hay, comprendida en esta otredad, una condición que, a más de estar determinada por el alejamiento de lo que es, está determinada por su propia capacidad sensitiva —y, así, por su propia subjetividad— y que tiene una riqueza de posibilidades de encuentro muy mayor: ésta es la condición de los entes animados. Sólo para especificar esta distinción se ha usado con diferente acepción palabras que de otro modo significarían lo mismo: otredad y alteridad. A continuación se explica la segunda.


  1. A este respecto —y al respecto de muchos temas que siguen— habla Levinas de una manera que hay que tomar en cuenta; sin embargo, creo que para poder hacerlo con mayor inteligencia de lo que se diga es preferible antes terminar la exposición de estos temas de acuerdo con lo presentado en este trabajo, y, así, no será sino hasta el parágrafo final de este sub-capítulo que aparezca la crítica de las posturas levinasianas.