3.1

El egoísmo es la condición vital a que impele ineluctablemente la soledad. Se trata de que, como consecuencia de ser Yo lo que soy, y de ser solo Yo, mi realización necesariamente estará determinada por lo aquende mi entidad, lo en la existencia que se funda desde debajo de mi piel. Es el modo en el que se determina Mi acto: por la motivación de mi entidad, por el conocimiento que yo tengo, por lo que del mundo me toca, por mi consideración de lo que vivo… Es la condición entitativa de autonomía relativa: todo movimiento ha de ser determinado localmente.

El egoísmo es una condición vital que implica que a mi motivación sólo le afecta lo que tengo incorporado [lo que se halla en lo que Soy] y que, por lo tanto, todo lo que actúe depende de eso, de lo que yo considere más conveniente para el cumplimento del postulado entitativo para cuya sola causa tengo mi sensitividad, mi consciencia, mi motivación [mi tendencia al movimiento]: mi vida. Tal condición es vital, y no entitativa —como el postulado de ser y ser más sí lo es— porque es imposible hablar de un yo [ego] sin sensitividad; no se puede decir de algo que no tiene motivación (es decir, que no tiende a lo ente allende su entidad) que su condición se determina por la constante búsqueda de lo que, desde sí, se le demanda y el egoísmo consiste en tener a lo propio antes que a lo otro, pero tal tenencia necesita la ponderación, el poder llegar a tener algo de lo otro con lo que contrastarlo y ponerlo por encima. El egoísmo, así, es una condición que radica en la entidad, pero no en la generalidad de lo ente, sino tan sólo de lo ente animado [de lo que tiene sensitividad y, por lo tanto, motivación]; es la implicación existencial de la condición entitativa solitaria. Por eso es que aquí se le caracteriza como vital.

Este egoísmo vital es, así, necesario a partir de la soledad del Yo, y de cada ente. Lo que Soy, lo soy en la realidad [en la actualidad] y, así {siendo}, es el acto la manera entitativa; entitativamente siempre se es presente: la actualidad es la condición misma de ser. Pero lo que Soy es lo de Mí, no puedo actuar lo que no Soy, lo otro de Mí queda completamente aparte, alejado, inalcanzable. El contacto sensitivo (que funda la consciencia) trae, empero, a lo otro de Mí, lo localiza en lo que me es propio, aunque ya adecuado a lo que Soy: como el toque de Midas, todo lo ajeno de Mí lo vuelve en lo que Soy. Esta manifestación de lo otro que me objeta —y que ahora conozco— es lo que permite que mi motivación pueda alcanzar a manipular la realdad de lo ajeno, pues indica hacia dónde y cómo se puede conseguir lo que me hace falta. Así, la tendencia motivacional, en tanto entitativa-animada [viviente], es egoísta ineluctablemente: se determina siempre partiendo sólo de lo local; aunque lo ajeno —por la sensitividad— se haya localizado, influye en la determinación de mi actuación —y, así, de mi actualidad— sólo en tanto que ya-local y no antes. La condición actual [de ser en acto] del cuerpo que Soy significa que no puede dejar de actuar, y por eso se determina la motivación que, en tanto Mía, impele a la realización del postulado entitativo Mío, del Yo-ente y no de otro ninguno. Y esto quiere decir que, para que algo se signifique en la determinación de mi actuación [para que sea un motivo] debe constituirme la necesidad de sí, debe ser Mía la disposición de alcanzarlo.

La autonomía relativa consiste en esto: que nada allende lo Mío determina mi actuación. Con lo que no se quiere decir que lo que me pasa y lo que vivo no influyan en la consideración del movimiento que tiende hacia lo otro (precisamente lo contrario es lo que persigue la sensitividad). Tampoco se dice que Yo pueda actuar cuanto me plazca sin que entre esa manifestación motivacional y su realización haya nada que lo impida, eso no: en eso es en lo que consiste la autonomía absoluta. La relatividad de ésta de que aquí se habla consiste en que lo que hay en Mí es también lo que del mundo sé, el conocimiento de lo que podría impedirme la concreción del encuentro con lo que me llama de lo que es, o la modificación de mi relación con la realidad en la que consiste la tendencia. Es cierto que lo que he vivido, lo que sé del mundo y lo que me importa de lo que me pasa influyen en la determinación de lo que hago, pero el auto consiste en que para que algo se signifique en la determinación de lo que Soy [del acto que Soy] debe estar presente en mi entidad, aunque sea como entendimiento [aunque sea por el aprendizaje] y no inherentemente.

La búsqueda del bienestar es lo que, por principio, Me motiva. Lo que haya incorporado-aprendido en mi entidad —y que se da a la consciencia en su concepción— está jugando siempre, por lo mismo, en la definición de lo que, es en cada caso, ese bien significa. El aparecer concreto de lo que me lleva a ese bienestar es lo que me tiende hacia su realidad, sea lo que sea en lo que consista. Pero al principio de la motivación sigue estando el impulso al bienestar mío, y esa es una tendencia a la que no se puede renunciar, porque es constitutiva. El vivir en pos de mi mejor estancia es imperativo, no intencional: es fundamental. El camino que hacia allá me lleva y, más profundamente, lo que eso signifique en términos de la estancia misma (y que está determinado por el concepto que tenga de lo que me enfrenta —ya como extensivo ya como intensivo— que también se ha formado históricamente [por la historia de mi éxito y mi fracaso entitativo]) son diferentes en cada persona, pues han vivido siempre diferente y poseen diferentes disposiciones; empero, la consideración de mi estancia buena como la determinación absoluta de lo que hago es lo que significa el egoísmo vital y eso trasciende las circunstancias particulares de cada cual.

Estar lleno de Mí, sin que lo de ninguna entidad ajena me convenga (excepto por lo que de ella me toque) es lo que hace imperativo que la resolución del movimiento sea con la vista sólo puesta en lo que me lleve a la consecución de lo que me dictan las circunstancias que conozco, pues se me manifiestan. Todo lo que en el mundo haya es motivo de mi actuación sólo si satisface una inclinación de la motivación que me tiende hacia lo que no Soy. Lo que actúo se resuelve en lo que Soy solamente, aunque se cumpla en la interacción con lo ente otro.

La soledad como el impedimento otológico de alcanzar una entidad distinta de la Mía no permite que lo que otro sea influya en lo que Yo actúo. A lo más, puede influir lo que conozca [sepa o entienda] de la existencia del otro, pero su entidad misma jamás podrá ser determinante como lo es la mía, que es la que sujeta todo lo en mi existencia y le brinda sentido: siempre un sentido para mí, nunca capaz de trascender esta situación. Se puede tratar de encontrarse como si se fuera el otro, como si se estuviera en sus circunstancias, como si tuviera la historia que tiene, como si se tuviera la subjetividad [la sujeción existencial] del otro, pero eso no significa que la entidad ajena misma determine el movimiento que mana de lo que Soy, sino que a lo que Soy le importa lo que le pase al otro, que mi bienestar comporta que el otro tenga igualmente una estancia buena (lo cual, en último término, quiere decir que yo tenga noticia de que así sea y no que en la realidad se dé así).

Las consideraciones, lo que se conoce, lo que se ha vivido y de lo que se es capaz son lo que determina la manera en la que se busca el bienestar, y lo que se sienta como bueno. Pero nunca podrá cambiar el que la finalidad de cada acto sea esa estancia buena del Yo-ente y que todo lo que me impele a actuar se resuelve en la propia entidad, aunque llegue a ella por la realidad ajena que me contacta.

El re-conocimiento de mí en el otro desde su entidad, pero, sobre todo, de mi misma sujeción existencial en la existencia ajena, puede implicar que el estado de lo que no Soy [el estado del otro] sea un motivo —jamás una motivación— para mi entidad. Este reconocimiento sería posible por la dimensión especulativa, en la que se daría la consideración de la subjetividad o la objetividad del ente otro y, si los conceptos de lo que Soy así lo permiten, también, al reconocer mi propia sujeción a lo que Soy como la suya a lo que es, reconocer en su movimiento a la motivación y, por lo tanto, el sufrimiento y el gozo que lo pueden acompañar (según sea exitoso o fracasado su cumplimiento). Empero, el tener en la existencia la capacidad conceptiva y, sin embargo, no considerar al otro o significar en nada —o en muy poco— esa consideración es llevar la condición egoísta que vitalmente me determina a un terreno en el que los otros entes sí tiene una manifestación —aunque no propia—, es tener un egoísmo más allá de la determinación vital necesaria y permitirlo en un ámbito en el que sí es posible encontrar a lo ajeno: en la existencia.