2.7

Poseer algo no es tenerlo como Mío sino como de mí. Dicho de otra forma: no es alcanzarlo en lo que Soy [en lo Mío], sino sólo para lo que Soy; no en su entidad, sino en su objetividad [en tanto que objeta a lo que Soy, pero nunca transpasándolo].

Los entes otros de Mí me son ajenos. De ellos sólo puedo tener noticia de su manifestación ante mis sentidos, pero no más; a continuación de eso, sólo queda consumirlos, pero el consumo es muy distinto de la posesión. No es posible incluir un ente ajeno en lo que Soy sin destruirlo o sin destruirme. Lo que estrictamente es Mío se reduce a mi entidad, al cuerpo que Soy, a la existencia que soy, a lo que he instituido y a lo instinto en Mí. La institución de algo ajeno en lo que Soy no es posible: lo que se instituye son movimientos, concepciones, recuerdos (se incorporan sapiencias y se aprenden entendimientos), pero lo que me queda de lo que he vivido no es más que lo que Soy como resultado de haber sido: se instituye, pues, el ejercicio que Yo hago, mas no lo que extensivamente lo permitió.

Lo Mío es lo que me pertenece, lo que es conmigo y lo que Soy con él, lo que es pertinente a mi entidad. No puede decirse Mío algo que no me inhiere, que no se queda con lo que Soy, que no permanece mientras yo permanezco. Mis pertenencias son las que me hacen, las que determinan lo que soy y las que constituyen lo que Soy, la condición actual, el momento, el presente en el que Soy y el ahora en el que existo: lo mío es Mi sensitividad que me funda, Mi especulación que me apela, Mi contacto que conozco, Mis sentimientos que me manifiesto, Mi esperanza, Mi temor, Mis manos, Mis ojos, Mi pecho enaltecido o Mi cara poblada de vergüenza. E incluso esto, que es lo que soy como existencia, se desvanece en el momento en el que se me da y en el que ya existo de otro modo, y ya no hay lo que había, ni encuentro lo que encontraba.

La posesión es una soberanía; poseer algo es ser Yo como soberano de ese ente que poseo. Pero es imposible ejercer el mando absoluto [absuelto] sobre lo que escapa al Yo que soy, al afecto inmediato de mi motivación (esto sólo es así en la intensividad absoluta de mi cuerpo). Poseer algo significa que el solo acaecer de mi deseo y —más anterior todavía— que el solo impulso motivacional basta para modificarlo, para incidir no sólo sobre su desdoblamiento en la realidad, sino sobre su entidad misma, sin mediar palabra o acción alguna, e incluso sin ser Yo consciente de ello.

El tener algo en las manos [el manipularlo], el contenerlo físicamente para disponer de lo que le pase, para cumplir con él lo que me dicte mi voluntad no significa que mi deseo se enseñoree de eso que tengo yaciente entre mis manos, significa tan sólo que está a mi merced, que no puede escapar de mi dominio, que su manifestación padecerá lo que Yo le haga padecer, y que puede incluso por un acto mío ser destruida. Pero esto no significa un dominio positivo, en el que Mi motivación sea el principio de actividad de lo otro que manipulo: esta manipulación siempre se da pasivamente: el ente ajeno padece la actividad del Mío, pero siempre por la mediación del movimiento, por el ejercicio, por una actuación Mía sobre lo que escapa de Mí —y que precisamente por eso exige el acto—. No es —como debería ser para que se dijera soberano— que la actividad Mía y que lo que el otro sufre se identifiquen; que entre el hacer del uno el padecer del otro no hubiera mediación.

No se puede remontar la distancia de un ente a otro. La soberanía de la actuación siempre estará del lado del que es sí mismo y que, por tanto, en su actualidad manifiesta lo que —para él— le impele el postulado ontológico. Hacer que, mediatamente, otro ente cumpla con el dictado de mi motivación [con la realización de lo que mi entidad demanda] es lo que la consciencia [el conocimiento] posibilita. De poder enseñorearse mi entidad de otra alguna, no habría necesidad de la manipulación, pero la hay.

Para poseer algo realmente [el la realidad entitativa] habría que incluirlo en lo que Yo soy; para considerarlo Mío tendría que encontrarlo conmigo, que traerlo hasta lo Mío para dármelo, para hacerlo conmigo lo que es. Y eso es imposible: necesariamente se haría lo que Soy. No podría traerlo hasta mi entidad y que siguiera siendo; incluirlo en lo Mío es incorporarlo a lo que Soy, pero eso es consumirlo, destruir su entidad para hacerla la Mía, para hacerla lo mismo que Yo. Una posesión no es una destrucción: poseer algo no es hacerlo Mío.