2.5

El gozo es un estado del ánimo en el que la existencia se inunda de sentimientos placenteros; el sufrimiento es un estado del ánimo en el que la existencia se inunda de sentimientos dolorosos. Éstos, como estados del ánimo que son, implican que la existencia está, en general, bien (gozo) o que está, en general, mal (sufrimiento). Esto es: puede decirse que son la culminación máxima del bienestar y del malestar en tanto a una existencia le es posible.

Lo que sigue es la caracterización de las manifestaciones sensitivas que se han tratado ya antes (principalmente en “La concepción de la existencia” (véanse, pág. 54ss.)); esto para dar un contexto de referencia para la descripción de lo que son el gozo y el sufrimiento.

El placer y el dolor son determinaciones sensitivas del Yo; acaecen en la sensitividad misma, son parte de ella. El contacto que se da de lo ente con la capacidad sensitiva del Yo es una afección a lo que Soy, que se reciente en el contacto mismo, en el sentir lo que me toca, y esta afección puede ser placentera o dolorosa, dependiendo del alivio que causen o no, de la gravedad de la afección con la que me encuentran. El ente que Soy se place o se duele con el contacto como tal; esta determinación pertenece a la sensitividad misma. Pero las determinaciones de placer y de dolor no tienen una relación antitética, sencillamente son la apelación más bruta a la motivación de mi entidad; de la densidad ontológica de lo que se contactó depende la fuerza de la sensación y la de su determinación. No hay, en este primer estadio de la conformación de la existencia por la sensitividad, una radical diferencia entre lo que place y lo que duele, sino que ambas, como determinaciones sensitivas, manifiestan la motivación de lo que Soy; la una (la placentera) es la que se busca y la otra (la dolorosa) se rechaza. El peso ontológico de lo que me toca es lo que determina la fuerza de la sensación y, así también, de la determinación dolorosa o placentera.

El agrado y la molestia son los juicios capitales, son las determinaciones conceptivas de lo sensitivo a lo sensacional. Al momento en el que lo sensitivo se da, apela en su mismo acto al Yo que soy, a su historia (a su entendimiento y a su sapiencia) y a partir de aquí se concibe a la consciencia. Los juicios capitales no cambian, ni se incorporan-aprenden por la experiencia, ni se diluyen en el olvido (como sí ocurre con las categorías), sino que sólo varía el grado en el que se aplican a la concepción sensitiva (algo puede ser un poco agradable o muy molesto, etcétera). Lo que sí se modifica históricamente es cómo es juzgada cada sensitividad: esto es determinado por la historia que hayan tenido otras sensitividades semejantes (tal como quedó asentado supra). Pero el juicio —es decir, la concepción— no sólo se aplica la sensitividad bruta, sino a todo lo que apela a lo que Soy, es decir, todo lo que le ocurra a la consciencia: el sentido del objeto ya concebido, una experiencia especulativa, un razonamiento, un enunciado, una consideración, etcétera.

El deseo y la repulsión son actitudes [tendencias al acto]. El deseo es producto de la frustración de la motivación en su actividad; es lo que resulta de no poder resolver inmediatamente una carencia, de encontrar la motivación un obstáculo, una distancia —que habrá que remontar— para llegar a su motivo. La tendencia a que impele esta actitud es hacia lo otro de Mí (o, cuando menos, de mi situación), hacia lo ajeno para traerlo con lo que Soy, para consumirlo en la sofocación del sentimiento que me molesta en la manifestación de lo que ya no me alcanza en lo de mí o de lo que pudiera llevarme hacia la consumación de un placer, o de un gozo. La repulsión es la exigencia de salvación, es lo que resulta de estar en presencia de algo que Me peligra, de lo que significa para mí un desmedro; es un movimiento de huída ante la amenaza, que rechaza lo que me niega ontológicamente [que rechaza la posibilidad de no ser]. El acaecimiento de estas actitudes puede invocarse por la ocurrencia de un sentimiento en el que se manifieste una necesidad, un reclamo entitativo de satisfacción, o bien puede invocarse por la ocurrencia de la representación —ya sensitiva, ya especulativa— de un objeto que se convierte en motivo para mi motivación, que impele a su alcance, a su tenencia.

El estado de ánimo es el estado general de la motivación en su manifestación a la existencia; es decir, que es el conjunto de los sentimientos, de las concepciones sentimentales y de las concepciones perceptivas, en lo que hace a su determinación motivacional (placer, dolor, agrado, molestia, deseo, repulsión). La diferencia entre una actitud y un estado del ánimo es que la actitud tiende a la realización concreta de un movimiento, a la satisfacción de una demanda motivacional: tiene su fin en el acto, es una búsqueda o una huída determinada por la ocurrencia de una sensación que demande el movimiento tal. Un estado de ánimo no es una tendencia, sino la manera general en la que se está; es la estancia ahora de la motivación en la existencia, la expresión del postulado entitativo en el momento en el que ahora me encuentro en el mundo: el cúmulo de todas estas sensaciones y de todo lo que me mueve en el momento en el que estoy es el ánimo.

El estado del ánimo es, así, imposible de categorizar porque se refiere a la manifestación sensitiva de la motivación a la existencia, y por lo tanto, deviene siempre. Sin embargo, puede ser caracterizado cada vez por el sentimiento o la determinación conceptiva más dominante, más fuerte. Hay así estados del ánimo placenteros o dolorosos en los que el ánimo en general se ve supeditado por una determinación sensitiva particularmente fuerte, en la que un placer o un dolor particular inunda la existencia y ocupa casi toda la atención, pero no es lo mismo un ánimo doloroso que el dolor mismo. Otro tanto ocurre con las actitudes motivacionales: puede haber ánimos deseantes o repulsantes, cuando un deseo o una repulsión inundan mi existencia y no permiten considerar el resto de las ocurrencias, y el acto a que impelen es casi lo único que se atiende; cuando esto llega al extremo se denominan obsesión y horror, respectivamente.

Pero también puede caracterizarse el ánimo por la afinidad que tengan las manifestaciones motivacionales de que se compone. Este caso resulta de una abigarrada sucesión de sentimientos y concepciones sensitivas que manifiestan una más o menos constante estancia de la motivación entitativa en la existencia. De esta manera es que se puede hablar de melancolía, resignación, nostalgia, abatimiento, ilusión, esperanza, impaciencia, desesperación, cansancio, determinación; aquí es en donde se establecen los ánimos de tristeza y alegría, que, cuando el peso entitativo de lo que las sensaciones que los configura es mayor, son el gozo y el sufrimiento.

El gozo (y, en menor medida, la alegría) se compone de la ocurrencia a la consciencia de sensaciones que manifiestan un éxito motivacional. El ente que Soy se encuentra en su existencia con lo que le agrada, o con lo que le place (principalmente sentimientos placenteros), o con ambos. Se ve henchido y aumentado en su entidad, ya en su potencia, ya en su actualidad; se tiene a la realización de lo que Soy como algo satisfecho o inminente. Es el alcance de lo que de lo ajeno me llama. La satisfacción —aunque sólo en la estancia actual— del movimiento al que me impele mi insuficiencia [mi finitud] es lo que en el momento gozoso inunda al yo que existo, a mi consciencia y a todo mi cuerpo lo hinche de la satisfacción por la consumación —actual o potencial— de lo que lo determina al movimiento, a la actuación del Yo y a su existencia. Se suspende, por un momento, la exigencia de lo que Soy a lo que existo de cumplir su permanencia o su extensión; se acalla la incansable exigencia de búsqueda y de huída, se encuentra la entidad en su seguridad.

El sufrimiento (y, en menor medida, la tristeza) se compone de la ocurrencia a la consciencia de sensaciones que manifiestan un fracaso motivacional. El ente que Soy se encuentra en su existencia con lo que le molesta, o con lo que le duele (principalmente sentimientos dolorosos), o con ambos. Se ve desmedrado y disminuido en su entidad, ya en su potencia, ya en su actualidad; se ve la realización de lo que Soy como un hecho frustrado o imposible. Es la negación de lo que de lo ajeno me llama. La existencia y el cuerpo todo se inundan del fracaso entitativo, del fallo en la satisfacción de la consumación —actual o potencial— de la exigencia de la realización de mi motivación, del encuentro con lo ajeno de mí que me hace falta, con lo que del mundo me llama a su encuentro; se trata del fracaso de la superación del estado de merma permanente en el que se encuentran mis capacidades y mis fuerzas corporales [entitativas]. Se enfrenta con la negación del cumplimiento de la permanencia o la extensión de lo que Soy; lo que se me niega es Mi propia posibilidad, e incluso mi acto; se anula todo momento posterior de consumación (de una relación particular o de toda relación en general), se encuentra la entidad en su inseguridad.