2.4

Partiendo de esto, se puede encontrar dos polos que sugieren —en una diametral oposición— una manera mejor para conseguir esta instancia sin sufrimiento: El uno —y, creo yo, el más frecuente— que diría que hay que buscar la manera para tener siempre al alcance los medios de satisfacción de cualquier impulso motivacional, de cualquier molestia corporal [entitativa] con el menor trabajo posible y, si es ninguno, mejor; y esto implica que haya quien le sirva, quien le dé, quien le prepare y que todo quede listo sólo para el servicio de cuando le ocurra sentirse llamado; es la desmedida ambición de dominio o —con Nietzsche— la voluntad de poder. El otro polo —uno muy raro— es aquel que dice que, ante la imposibilidad y la traición1 que implica el anterior, lo que debe hacerse es aplacar las motivaciones, anular el dolor —y, por lo tanto, el placer—, esto es, eliminar la carencia que se quiere satisfacer para eliminar con ella la necesidad de satisfacerla; es el completo control de lo que Soy o —con Schopenhauer— la santidad. Y, entre ambos polos, innúmeros matices.

Estos dos extremos de la tendencia a la realización del postulado entitativo implican también dos extremos de lo que se concibe por libertad (tema de otro capítulo infra, pág. 297) y dos polos de la comprensión del desenvolvimiento de lo que Soy en el mundo.

El primero de lo dos polos significa una menor capacidad intelectual [de entendimiento] y un arrojo inmediato que no considera a los demás, ni a la dignidad, ni a valores más altos que los de la material modificación del mundo para que a él le sirva. Significa un dominio de a lo que le impele el ahora en el que existe, una menor capacidad para considerar el por venir propio o el estado de otro, el reconocerse como una entidad en la que se impone la necesidad presente y cuyos planes hacia el futuro persiguen el aumentar su poder, pero no guiados por una meta ideológica, sino el poder suyo para consumir lo que quieran cuando quieran, sin consideración de lo que otro puede o no conseguir ni de su sufrimiento. Esto, por supuesto, tampoco es posible de alcanzar como no sea que se nazca ya en el seno de la oligarquía, y aun en ese caso hay que responder a lo que el contexto obliga y restringirse a sus normas. Además, la intemperancia que es condición de esta tendencia es, en sí misma, fuente de sufrimientos y fracasos.

El segundo de los dos polos requiere que se pueda considerar la consecución del bienestar más allá del inmediato ahora, viene de la sapiencia de que hay un principio del comportamiento que es trascendente, de ver la satisfacción de las carencias entitativas no como el fin de la actividad actual o cotidiana, sino como el principio de todo lo que mueve al intento y, por tanto, al fracaso; ve en el apego a la consecución de lo que no es él, sino un ente ajeno (y, por lo tanto, ausente muchas veces e inalcanzable siempre) el principio de todo sufrimiento. Es, así, una comprensión en la que domina la trascendencia y la consideración de lo que Soy como algo digno. Y la dignidad viene de la estimación de lo correcto y de lo errado, no sólo entendidamente, sino sapientemente; esto es, ante la apelación de mí mismo a lo que soy Yo y, así, ante la evidencia del dolor, del anhelo, del horror, etcétera decide que no vale la pena el empeñar la vida en la consecución de lo insignificante. Este polo es, en fin, una superación de todo lo que motivacionalmente me fuerza a actuar por su aniquilación [por la inacción].

La estrechez de la inteligencia [del entendimiento] conlleva la necedad y el narcisismo infundado. Aquél a quien siempre se le ha escapado el entendimiento de lo que es, de lo que las cosas son y del funcionamiento del mundo, que no ha podido incluso darse cuenta de cuando ha fracasado lo que sub-puso a la consideración que propició su actuación, ya porque el fracaso sea subsanado por alguien más, ya porque no ha sido tan grave, podrá parecerle que no ha habido tal, o que ha sido un obstáculo menor en el camino del éxito y, por tanto, le parecerá también que el movimiento es correcto, que la suposición se ha verificado y que no ha habido error. Esto deriva en una seguridad infundada (que sólo implica que ha tenido facilidad para encontrar lo que buscaba) sin que se percate de que lo que sufrió es evitable y que incluso crea que es éxito lo que ha sido un fracaso, que conciba la pequeñez de sus logros como grandeza, pues, careciendo de verdaderos éxitos en la realización de lo que es, le enloquecería la desesperación que resultaría si no magnificara [hiciera magnífica] su miseria. La mayor capacidad de aprendizaje y de incorporación abonan a una mejor estancia, pues el entendimiento y la sapiencia de las rationes de lo ente conllevan el que se pueda habitar [habituar] el mundo. Sólo la mayor notación del error puede propiciar el encuentro con la corrección del conocimiento que comienza por el fracaso de lo ya sub-puesto y por la capacidad del ingenio para suponer otra ratio más adecuada, más verificable. Pero esto comienza por tener la capacidad encontrarse con el fracaso, en el sentido de arrojarse a la investigación y también en el de aceptar la evidencia con la que se manifiesta el error, más allá de la evidencia sensitiva del dolor; aunque hay incluso quienes ni ante eso lo notan.

Es aquí cuando se puede ver que el factor del saber cobra relevancia. Es por la capacidad de detestar la mentira por la que se van incorporando sapiencias y aprendiendo entendimientos; es la vivencia de lo que existo (en la actualidad de lo que Soy) la que va determinando las instancias que interpretan al mundo y a mi propia entidad (en tanto que me tocan). Y, sin embargo, aunque la sapiencia y el entendimiento de lo que es se den de manera tan particular, los principios ontológicos del mundo y del Yo son los mismos que enfrentan a todos los entes humanos. Una mayor capacidad de aprendizaje-incorporación redunda en un mayor alcance de comprensión de lo que el mundo es. Una contemplación paciente del mundo [que padezca lo del mundo], el pensamiento sobre lo que es, la experimentación especulativa de sus circunstancias, la reflexión de lo que es allende lo Mío y de cómo es más allá de mí, etcétera nos permiten enriquecer el conocimiento del mudo, encontrarnos con lo existente más allá de su vivencia fáctica, pero no en un análisis meramente lógico (lo que sólo redundaría en el mejor entendimiento de lo que es) sino en una consideración comprometida con la vida propia que tenga como fin el alcanzar la corrección de lo que se concibe, interrogando a lo que somos y a lo que es para poder acercarnos más a las rationes que determinan al mundo y acaso a la realidad. Esto, que es un compromiso filosófico, sólo se puede si se trata de una persona con una gran responsabilidad ante sí por su propio destino y por su dignidad; sin esto, nada puede decirse que sea filosofía. Una persona cuyos actos le importan más de lo que a la mayoría le importan los propios no los dispendia ante una provocación y motivación menores, sino que hace lo que verdadera y entendidamente pretende que es lo mejor, pues atiende lo más que puede sus causas y sus consecuencias, y los principios y los fines que supone involucrados en la actuación.

Es así meridianamente claro que hay una relación entre el compromiso con el saber correcto de lo que es y de lo que Soy —que conlleva, sin dudas, una capacidad suficiente para ello— y la decisión de determinar los actos a partir del sentido y las razones que impliquen. Al mismo tiempo, también la hay entre quien menos se ocupa del conocimiento de las rationes y de las causas de lo que es y más del calculo utilitario y del conocimiento por lo que le remunerará en el futuro: una investigación y un conocimiento interesado, que no busca aclararse a sí mismo lo que es, sino que pretende discernir lo que le es útil para una consecución particular y no para determinar por principios su actuación. Esto sólo denotaría, sí, la capacidad del uso de las habilidades especulativas y racionales, pero con un total desprecio hacia su propia situación entitativa, hacia la dignidad que pueda encontrar en sí, hacia lo que signifique el estar vivo para su vida.

No se dice, ni mucho menos, que una persona no puede ser bondadosa si no es sabia (hay una bondad intuitiva, por empatía), sino que la ignorancia es un requisito para la maldad2 y que el compromiso con la propia persona es necesario para poder tener una concepción del mundo en la que se considere la dignidad de los otros. La ignorancia de lo que el mundo es en sus principios y sus fines impide que se pueda considerar la existencia como algo más allá de lo que en este momento sucede, que se pueda ver que no sólo la satisfacción material de lo que las necesidades demandan aplaca el sufrir y que el sacrificio no mancilla, sino que permite que lo que Yo realizo no me inunde de dolor por sus consecuencias, cuando se pueden ver éstas. La ignorancia de las razones existenciales, en fin, promueve el acto sin consideración del dolor o del placer, del gozo o del sufrimiento más allá de este momento.

Todo acto de todo ente humano se hace en el supuesto de que es ése el que mejor conduce a la consecución de un bien-estar. La ignorancia de lo que significa lo que hago, de su sentido y sus rationes no permite una verdadera consideración de si esto es así, ni permite después que se dimensionen sus consecuencias proyectadas. La capacidad de comprensión de lo que se me manifiesta en el mudo me puede permitir alcanzar aquí y ahora el dolor y el sufrimiento en la subjetividad del otro o en mi subjetividad en otro tiempo y considerarlo como consecuencia de lo que actúo, y no quedarme con la inmediata recompensa que significaría el arrojo que me demanda el impulso de alcanzar lo placiente.

La pro-curación no es otra cosa que la motivación: es la manifestación en la sensitividad [en la consciencia] del postulado entitativo. Pero merece este nombre cuando se acompaña del compromiso filosófico, de la consideración de la dignidad de la persona que actúa, y que en sus actos está pendiente de lo que será de él a partir de lo que hace, de lo que conlleva la actuación o la omisión y que asume como suya la responsabilidad por lo que ha provocado su actuación. Pro-curarse es atender ahora el estado futuro de lo que Soy, es la consideración del cumplimiento posterior del postulado entitativo: evitar lo doloroso, lo molesto, lo repulsivo que de mí dependa evitar. Es una responsabilidad de lo que Soy por lo que seré —y, consecuentemente, por lo que he sido—. Una mejor pro-curación implica una mejor comprensión del mundo.


  1. Traición porque, para conseguir algo que amerita trabajo sin trabajo, hay entonces que emplear el trabajo de otro para obtenerlo y esto puede ser —así deliberadamente— o por la violencia o por el hurto.

  2. Obviamente, no se refiere a la ignorancia como la falta del conocimiento científico o técnico (lo que no es otra cosa más que un entendimiento que ni siquiera —en la inmensa mayoría de los casos— se concibe desde sí), sino que se refiere a una ignorancia de lo ontológico, de las condiciones bajo las cuales se es y se existe y de la verdadera motivación y determinación de lo que es bueno, a partir no sólo del llamado inmediato, del impulso ciego ante lo deseado, sino de la que busca no arrepentirse después por el ahora, no condicionarse —en la medida en la que esto le sea posible— por la situación.