2.3

Todo acto que realice mi cuerpo [todo lo que actúe el Yo que soy] obedece a alguna motivación que haya nacido en mi entidad, y que pudo haberse realizado consciente o inconscientemente; es decir, que pudo hacerse por la mera sapiencia o que, ante la manifestación de la motivación a la consciencia [ante la notación en la existencia del movimiento por realizarse], pudo aparecer una respuesta —que a su vez se da por la apelación a las instancias de lo que Soy [a lo instinto (motivacional) – instituido (sapiente inteligente)]— que le contraponga un motivo de cautela o de evasión [que le presente reflexiva-conceptivamente una situación repulsiva que se asocia con lo por hacerse]. Lo que se hace por la mera sapiencia tiene que ser un movimiento que jamás se haya equivocado, que siempre —o casi— haya tenido éxito en su realización, sin frustración ni —menos aún— fracaso. Los otros movimientos (cuyo fracaso está ahora ya incorporado) ocurren a la consciencia para que se determine su realización a partir de lo que se sabe y se entiende de lo ajeno del mundo, de cómo es y cómo responde, de sus rationes y del sentido de lo actual que me enfrenta. No sólo se trata de obedecer al impulso ciego que me impele a arrojarme hasta donde está lo que quiero, sino que eso que quiero se deba entender-razonar-concebir para encontrar lo que efectivamente obtendré con ese movimiento.

La motivación manifiesta lo que instintivamente significa el cumplimiento del bienestar por medio del placer, dolor, deseo, repulsión, gozo, sufrimiento, etcétera; manifestaciones motivacionales que se tratarán más detalladamente en el capítulo que sigue, y que por el momento simplemente ejemplifican la manera en la que se demanda existencialmente el cumplimiento del postulado entitativo. Pero no se trata de que estas ocurrencias existenciales de lo que entitativamente busco se obedezcan como dictados categóricos; el movimiento ciego sólo se da por la sapiencia más profunda, de otro modo justo la dimensión existencial es la que, por lo que se le da como concepción de lo sensitivo pone ante lo de Mí las opciones de las que —finalmente sí por un ciego capricho— se realizará alguna. Ese sentimiento o ese juicio que Me hacen notar la carencia entitativa son su propia aparición, y es por esa aparición en que irrumpe lo de mí en el mundo [consciencia] (por la apelación al yo que Soy, a sus instancias) que se determina el movimiento al que impelen como conveniente o no, como realizable o imposible, como deseable o evitable. No hay, una disposición mecánica, sino que es la historia [lo instituido] y la motivación primordial [lo instinto] lo que determina en su conjunto la resolución o no del movimiento que se quiere.

Así, si bien lo que se busca siempre es el cumplimiento del postulado de bienestar, lo que se entienda por tal en cada caso depende de lo que históricamente se haya incorporado-aprendido. Esto es lo que significa el aserto platónico-socrático de que nadie hace mal por su propia voluntad, que son la ignorancia (y, digo yo, la impredecibilidad) las que llevan a tal. Como se dijo antes, Yo [por que he in-corporado el acto por su ejercicio] que un acto es bueno a pesar de lo que entienda, pues me ha resultado bueno, ha satisfecho a mi motivación y me ha evitado los fracasos. Se dice en el Menón:

Sócrates — ¿[se desean las cosas malas] Considerando que las cosas malas son útiles a quien las hace suyas o sabiendo que los males dañan a quien se le presentan? > Menón — Hay quienes consideran que las cosas malas son útiles y hay también quienes saben que ellas dañan. > Sóc. — ¿Y te parece también que saben que las cosas malas son malas quienes consideran que ellas son útiles? > Men. — Me parece que no, de ningún modo. > Sóc. — Entonces es evidente que no desean las cosas malas quienes no las reconocen como tales, sino que desean las que creían que son buenas, siendo en realidad malas. De manera que quienes no las conocen como malas y creen que son buenas, evidentemente las desean como buenas, ¿o no?1

Claramente, la convicción de hacer lo que es bueno es la que enmarca la pretensión de cada cual, el impulso por hacer. Todo lo que se hace busca, al final, conseguir lo mejor para mi estancia. Platón consideraba que había la Forma del Bien, que —como ya se había citado— es «lo que toda alma persigue y por lo cual hace todo, adivinando que existe, pero sumida en dificultades frente a eso […]»2; aquí, esa persecución se ha colocado en la base de la existencia misma, como el impulso que funda el estar, determinando lo bueno por lo que de ello me manifiesta lo que Soy (“juzgamos que algo es bueno porque nos esforzamos por ello, lo queremos, apetecemos y deseamos”).

Bueno es aquello que se busca, aquello hacia lo que el Yo que soy tiende en su realización. Pero no se trata de una simplista identificación entre placentero y bueno ni entre deseable y bueno; las determinaciones de placer, de deseo, son manifestaciones inmediatistas, reaccionales, de la motivación in situ. En cambio, el Bien como postulado entitativo trasciende la temporalidad existencial y es decisivo en el momento en el que se consideran —por ejemplo— varias situaciones o cosas deseables: lo que más me mueve a realizarme se me manifestará con un mayor deseo, pero éste deseo siempre es particular, me llega desde la entidad que postula la búsqueda de lo bueno. El placer (que es una determinación sensitiva) puede buscarse inmediatamente en el mismo acto de sentir, y en su misma consecución terminará; el deseo se da ante la apelación de un objeto o de una situación que se proyecta como satisfactoria. Es verdad que ambos son manifestaciones de la motivación, y que, por lo tanto, muestran existencialmente el postulado de la búsqueda del bienestar, pero la limitación propia de la sensitividad (que es el acto mismo: el presente) y de la re-presentación (que es la existencia [la sensitividad ya-concebida]: el devenir) no les permite abarcar, en el sólo acto de dárseme ahora el mundo, todo lo que Soy, todo lo que —no en el acto ahora, pero sí en algún tiempo— alcanzo de mi entidad: lo que he incorporado, conocido, y mi propia determinación corporal escapan a estas manifestaciones inmediatistas del bienestar que se puede ver obnubilado por el apremio del momento. El humano, gracias a la especulación, al lenguaje, y a su mayor capacidad intelectiva [de entendimiento] (que redunda en una más precisa incorporación {al saber}) puede ponderar mucho más allá de los ámbitos del placer y del deseo; puede considerar situaciones mucho más complejas y mucho más alejadas del presente entitativo, puede, en fin, tomar en cuenta razones y sentidos, puede considerar —para sí— su actuación y su estancia más allá del presente sensitivo y del ahora existencial; no sólo situaciones objetivo-perceptivas, sino también subjetivo-sentimentales, y también puede —lo que es muy importante— considerar la situación existencial de otro. Es, pues, muy bruto asegurar que el Bien se determina por el placer o la satisfacción del deseo, por lo menos cuando se trata de un ente con una capacidad de consciencia tan amplia.

Queda así manifiesto que, si todos los hombres tuvieran la misma historia y la misma disposición corporal [si todos los hombres fueran igual], entonces todos realizarían su tendencia al Bien de la misma manera con la sola diferencia de la situación a la que se enfrentan, pero no es así. La manera de realizar esta tendencia e incluso la de determinar {conceptivamente} lo que del mundo los enfrenta [la manera en la que se manifiesta la motivación] depende en gran medida de lo que ha sido su vida, de lo que saben, más que de lo que entienden (aunque también de lo que entienden). La concepción de lo que los objeta como percepción, pero también como sentimientos depende ya de las instancias [lo instinto-instituido] que tengo por mi disposición y por mi historia. Es éste el saber que determina el realizar el Bien, de tal o cual manera. Que nadie hace mal a sabiendas significa que la tendencia al bienestar se manifiesta en todos, que es la base de su hacer, y que, por lo tanto —pues la tendencia es la misma— lo que diferencia la determinación de la manera en la que se realiza esta tendencia es el saber. Si todos realmente supieran lo que es el verdadero Bien (el único que hubiera), entonces todos obrarían teniéndolo en vista. Pero el Bien, como el postulado entitativo que antes se ha dicho, es así, y es irrealizable; es ahogado por la sucesión interminable del tiempo que todo lo pone y todo lo borra. Lo que verdaderamente puede estar en discusión al respecto es el estado vital más cercano a la consumación del postulado entitativo.

El postulado impele a alcanzar un estado en el que las carencias entitativas sean subsanadas inmediatamente, en el que la permanencia y la extensión de mi entidad —manifestadas a la consciencia como sensitividad y determinaciones sensitivas— se realicen sin mediación. O, como se dijo antes, la absoluta autonomía, el ejercicio absoluto de la libertad para satisfacer a lo que Soy. Como postulado, es inalcanzable, aunque la tendencia es a conseguir esto, si no inmediatamente y sin obstáculo, sí con la menor mediación y las menores trabas.


  1. Platón. Menón, 77d-e.

  2. República. 505d-e. Así, para Platón, la determinación de lo Bueno es trascendente, independiente de la particularidad en la que se desarrolle la existencia. Quienes ignoran el verdadero bien están condenados a hacer lo que va en contra de su deseo más profundo; se trata, al final, de ser felices. (Aunque en República misma admite que hay quienes, incapacitados para ver la verdad, no pueden apreciar la vida contemplativa, que se reserva para los capaces y voluntariosos de ella [los filósofos]). Aquí, sin embargo, la trascendencia de lo bueno será tomado con reserva pues, aunque la configuración entitativa semejante nos hace básicamente semejantes en lo que nos place, nos alivia, nos duele y nos lastima, la riqueza del mundo —que es fundado también históricamente— y las capacidades impiden que se pretenda en todos los casos lo mismo aunque hay, diametralmente considerados, dos polos de busca de la felicidad, que se verán más abajo.