2.2

La condición ontológica de la existencia es la temporalidad y su fundamento es la sensitividad. El ahora de la consciencia es lo que caracteriza a cada momento en el que existo, y se tiene un estado anímico en el que se me manifiesta el ente que Soy, sus necesidades y sus satisfacciones. Estar bien es un postulado de plena satisfacción de mi motivación; en éste se colmaría toda carencia entitativa en el movimiento mismo que lo solicita, es decir, sería un estado en el que las condiciones para permanecer siendo se resolvieren en el mismo seno de lo que Soy, lo que tornaría a la consciencia [al acto de conocer] inútil y sin sentido. Este postulado es, desde luego —y como todo postulado—, imposible de alcanzar, comenzando porque, al ser ya la consciencia parte constitutiva del ente que Soy, no podría borrarse sin que se borrare todo lo que existo. Dicho de otra manera: el postulado del bien-estar es el de la autonomía absoluta, mientras que la condición nuestra es una autonomía relativa.

Estar mal, por su lado, significa todo lo contrario: una estancia en la que haya absoluta menesterosidad, en el que se carezca de toda posibilidad de encontrar cualquier satisfacción a que me impele mi entidad en su necesidad de permanencia. Es la desesperación de encontrarse en una situación de la que hay que huir completamente, sin un solo estímulo que pudiera hacer siquiera considerar el quedarse. Esto no es un postulado, sino la contraparte de la motivación: evitar lo que amenaza al Yo que Soy con menguarlo [con la disminución de sus potencias] o incluso con negarlo completamente [con su aniquilación]. Esto es, como contrario de lo postulado, lo que ha de evitarse sobre todo.

Por supuesto que el bienestar no es un postulado conceptual, pues esto implicaría, entre otras muchas cosas, que se adquiere a posteriori, históricamente; lo que es absurdo según la argumentación: El bienestar es un postulado entitativo que determina a la existencia en su concepción misma. No se trata, entonces, de un postulado existencial, sino que es anterior; la existencia misma se da como mediación para su cumplimiento. Que en la existencia-consciencia pueda establecerse algo así implicaría, en primer lugar, que pudiera distinguirse conscientemente el estar del no estar, es decir que hubiera conocimiento de la posibilidad de la muerte, y de todo lo que la puede provocar; esto es absurdo, puesto que la consideración misma de la posibilidad depende de la dimensión ontológica reflexiva que, hasta donde puedo darme cuenta, sólo se da en los humanos. En segundo lugar, se requeriría que pudiera formularse un concepto tal que tuviera siempre Mi atención, y que me moviera, en su sola consideración, a buscarlo por sobre todo; lo cual es evidente que no sucede, sino tal vez en algunas pocas personas que realmente tienen una auto-determinación peculiar, pero éstas son muy excepcionales. En tercer lugar —y según yo éste es el más fuerte contraargumento— éste postulado entitativo es el postulado fundacional de la existencia, es el motor que ha provocado, a lo largo de los miles de milenios, que se desarrolle la sensitividad y el conocimiento; y es lo que determina cada momento de la consciencia: cada sentimiento y cada percepción significan algo por él y la capacidad sensitiva misma se da para abonar al complimiento de lo que en la dimensión entitativa se exige. Así, la motivación y sus manifestaciones a la consciencia se dan como con miras a la consumación del bien-estar.

Ahora bien, dado que este postulado es tal entitativamente, su búsqueda es también entitativa y, por lo tanto, no se da a la consciencia de manera conceptual o inteligible de tal manera que se conozca y se pueda considerar, sino que se manifiesta de la manera más pura en que la consciencia se relaciona con lo ente: en lo sensitivo. Tales manifestaciones, se ha dicho, son el ánimo, el juicio, las determinaciones sensitivas, etcétera. La motivación y la sensitividad primarias [que aparecen apenas se existe] son lo instinto. Cuando recién se nace, sin otra historia que la que se vivió durante la gestación, las determinaciones sensitivas, los sentimientos de carencia (el hambre, el sueño, el frío…) son los que impelen al movimiento; la sensitividad que implica en su apariencia el aplacamiento de este llamado entitativo por remediar las amenazas es la que se busca, y el movimiento que aquí lo busca es inocente [ignorante], es un simple arrojarse hasta él: es la motivación lanzándose casi sin mediación consciente, arrojando el cuerpo mezquinamente al encuentro con el alimento, con el destello atractivo, con el calor amoroso, pues poco de lo allende se ha instituido e incluso las fuerzas instintas son pocas. Aquí es la madre la que media entre el deseo del infante y su realización exitosa, porque se es incapaz de encontrar en el propio cuerpo la habilidad de discernir el método exitoso del fallido y también las habilidades para ejecutarlo.

Históricamente, en el cuerpo se va instituyendo el saber y el conocimiento del mundo y de mí mismo. En las vivencias que pasan incesantes se encuentra con el fracaso, con la falsación y con su corrección (con la verdad), se va desarrollando un complejo entramado, se incorpora lo que le sucede y se lleva consigo la historia de lo que ha sido, se enfrenta al mundo y se le reconoce, se sabe del significado —para sí— de lo que se le enfrenta y se sabe lo que hay que hacer para conseguirlo si es bueno y rechazarlo si es malo. El entendimiento es un desarrollo posterior; con él se extiende aún mas el abarcamiento temporal de mi consciencia, se tienen en cuenta muchos más factores, se va construyendo el Yo que en este momento Soy. Es algo imposible de describir de ninguna manera. Se han tratado ya sus generalidades en el sub-capítulo sobre “El conocimiento de lo que es” (pág. 22ss.), por lo que aquí no se repetirán; lo que sí, es que se dará una visión más principal [relativa a los principios], más ontológica y menos epistémica respecto de la relación Mía con el mundo, con lo que me enfrenta y con lo que me determina entitativamente.

La consciencia es una dimensión ontológica arraigada en la realidad [en la entidad], pero diferenciada cualitativamente de ella, con una sutileza muy mayor y, por lo tanto, con algún desprendimiento de la actualidad: trans-presenciada y trans-localizada. Ser consciente es traer a lo que Soy lo que lo otro de Mí es y, al mismo tiempo, manifestar lo que Yo soy en lo otro que ya existe en mí. Es una conjunción: lo otro me aparece en la consciencia pero ya determinado por lo que Soy; y al mismo tiempo a la consciencia se manifiesta lo que Soy; todo por el contacto, por el acto sensitivo del Yo que soy. En la consciencia, pues, están la sensitividad extensiva [percepciones] y la intensiva [sentimientos], es ahí en donde se encuentran lo que de los otros entes me toca y lo que de Mí me toca.

El acto sensitivo, sin embargo de ser el más bruto encuentro con lo ente, es ya adecuado a lo que Soy, a mi capacidad sensitiva. El contacto con lo ente otro o con mi propia entidad que funda la consciencia no viene de la fusión de las entidades: es una noticia del ente contactado que me es dada en tanto que adecuada a mi sensitividad. No es que se tenga al ente y se le amolde a lo que puedo sentir, sino que de la manifestación del ente Yo sólo puedo notar aquello que es adecuado a mi capacidad sensitiva. Dicho de otro modo: los ojos no inventan la luz, sino que pueden captar la manifestación entitativa de las cosas en tanto ésta se adecua a mi capacidad visual; cualquier manifestación no visual —ni adecuada a cualquier otro sentido— no puede ser notada por Mí, no puede llegar a conocerse. Pero, a más de esto, el contacto no es una forma de acceder a la entidad ajena, ni a la propia, sino de notarla, de conocerla, nunca de serla; el ámbito entitativo propio queda lejos, aquende y el de lo ajeno, allende. La entidad no puede ser conocida, sino sólo sida. Sus manifestaciones, sin embargo, pueden serlo, si adecuadas a la sensitividad (cfr. supra, “Del yo y de cómo está solo”, pág. 1ss.).

Lo sensitivo —ya adecuado a la capacidad sensible—, así intensivo como extensivo, tiene una determinación (placer – dolor) que se confunde con su acto mismo, que es lo que a mí hace del contacto con mi cuerpo [con lo que Soy], y es, además, concebido en su darse a la consciencia: una categorización y un juicio. (cfr. supra, “La concepción de la existencia”, pág. 54ss.).

Todo esto, toda la existencia, toda la capacidad sensitiva, su determinación, su concepción, su entendimiento, su sapiencia… todo tiene como fundamento la realización del postulado entitativo de bien-estar. La consciencia y todo lo que hace a ella es un medio para la mejor realización de la motivación que mana de lo ente para representarlo ante lo existente, para la mejor satisfacción de lo que es [de lo que Soy]. El postulado entitativo, pues, no puede aparecer como tal en la consciencia, no es conceptual, por lo que no se manifiesta como una meta a seguir, sino que se da en la propia determinación de la existencia: es el fundamento de su aparecer y la determina en su forma y en su ocurrencia. Es decir que no hay una definición existencial en la que se considere un objetivo uno para siempre, ni en la se busque encontrarse lo que caiga en la categoría de lo bueno (ni aun es posible dar una definición invariable de ello) y se evite, en cambio, el encuentro con su contraparte; esto no se da, no —por lo menos— de esa manera, sino que es por medio de la misma sensitividad y de su manifestación responsiva ante lo del mundo allende que se impele a su realización {del postulado entitativo}. El complimiento cabal de un mandato tal como “haz lo que te lleve al bien-estar y evita lo que al mal-estar” implicaría, cuando menos, un conocimiento perfecto del mundo, cosa que la limitación de ser un ente impide por principio. Entonces, la manifestación del postulado lo es por la motivación: por la tendencia hacia lo que me permite satisfacerme y a la huída de lo que me lastima. Es este arrojo hacia lo mejor, con sus manifestaciones a la consciencia, el que me impele al cumplimiento del postulado entitativo.