2.10

Se queda, entonces, en el ocio. Lo que Soy no alcanza a vislumbrar lo que pueda hacer, no hay una meta que se siga, no está siquiera trazado el destino que me obligue a buscar un camino hacia ningún lugar. Ante esto, lo que se ofrezca como diversión (literalmente, lo que me lleve por varios lados) es bienvenido. El asunto es apartar a lo que existo de la sola relación con Mí mismo y de su exigencia de actuar sin que haya nada que me mueva; se busca entretenerme de la manera en la que se pueda llevar lo que Soy al interés por algo que se encuentre más allá de su exigencia de actualidad, más allá de lo que me exijo. Entonces, se crean nuevas necesidades, se inventa un motivo para no encontrarse ante la carencia de motivación, para volver a placerse por la consecución de lo que se busca. El juego en los adultos es una manifestación de esta necesidad de diversión, las competencias lúdicas, la afición a los estupefacientes, las pláticas de entretenimiento, la creación artística, la especulación filosófica, pero también los vicios y las perversiones.

Para quien de sí no sabe más que estar para la saciedad de lo que en la sensitividad actual se le manifiesta no le pueden bastar estas muy sutiles necesidades, sino que tiene que creárselas de manera que pueda satisfacerlas así como él las busca, con el concurso sólo de lo sensitivo, de la actualidad efímera del sentir y de la consecución del dominio sobre lo que se le niega, de la posesión de algo que aún no tenga, y también la afición por la violación del ente ajeno, por tratar de apoderarse de lo que no puede alcanzar siquiera. Aunque puede así mismo tomar la forma de la ambición desmedida, de la acumulación de posesiones más allá de toda mesura, de toda necesidad futura que se proyecte cumplir, simplemente por la acumulación de más potencia para incidir en la realidad o por el mero regodeamiento de saberse poseedor de más y más. Y nunca faltará quien apoye la creación de estas necesidades, que pueden pasar por las vejaciones más arteras o por la frivolidad banal, aunque para conseguirse tenga que destruir las vidas y las dignidades de miles o millones.

Cuando no es tanto el apego a la inmediatez y al ensimismamiento de quien está así ocioso, bien puede divertirse atendiendo un escenario fuera de la efectividad del mundo que se le presenta en lo que es:, puede jugar, entretenerse escuchando una narración o leyéndola, puede viajar, puede escuchar música, o contemplar cualquier obra artística, platicar de lo que le ha pasado y escuchar lo que a otros. Puede, en fin, desenvolverse lúdicamente en el mundo y, sin la efectividad amenazante que tendría la vivencia efectiva, recurrir a la concepción imaginativa para encontrarse en ella con un submundo capaz de devolverle el interés en lo que haya de venir, en la consecución o no de una situación particular, para resolver el aburrimiento, para plantearse nuevos motivos y experimentar especulativamente la vivencia de lo que escucha, que lee, que piensa…

Pero el ocio no es sólo eso, pues no sólo hay personas así. Lo que busca la motivación es llenar la insuficiencia entitativa de lo que Soy; con cada acto, con cada movimiento que realizo se trata de satisfacer la carencia entitativa que mi finitud me impone. Así, quien alcanza a encontrarse con lo que es y determina su actuación más allá de las manifestaciones de sus necesidades sensitivas, quien se encuentra {a sí mismo} como un ente que llega más allá de la facticidad en la que se desarrolla cada ahora (que desaparece apenas aparece), quien sepa de sí más de lo que se le manifiesta en la patente sensitividad de cada momento, también se descubrirá más carente, más insuficiente y, así, podrá encontrarse con una disposición del ocio muy más amable, en la que pueda tenderse hacia aquello de que sabe que carece y que, así, necesita, sin tener que recurrir a la creación de necesidades ad hoc. Quien se pre-ocupa de sí se encuentra como carente de afecto, de conocimiento, de verdad… y ante esta sapiencia tendrá también una manifestación motivacional más allá de lo que se le da en lo sensitivo, que pretenderá resolver este estado menesteroso de lo que le importa.

El ocio, de esta manera, se torna creativo, descubridor. El proceso mismo de la búsqueda de lo que Soy, el descubrimiento de lo que hago en el mundo y de lo que hace el mundo conmigo puede plasmarse artísticamente, puede expresarse esa necesidad que tengo de acudir a lo que Soy y de saber qué es lo que necesito, puede haber una conjunción del trabajo con el ocio en el que la satisfacción de las necesidades que se me manifiestan por ese acercamiento a mi entidad son resueltas por medio del trabajo creativo; es decir, de la modificación de la realidad [de lo ente que me rodea] para satisfacer mi necesidad de belleza, de alegría (como en el caso de la música), de armonía, de regocijo ante lo que me encuentre, ante lo que el mundo puede ser si sólo llega a concretarse lo que ahora concibo de él imaginativamente, ante las palabras que expresan la sublimidad de los sentimientos, horror, o el ánimo en el que me descubro en esta búsqueda.

Para quien más se adentra en la condición de su entidad, para quien se allega a sí mismo y al conocimiento de lo que es [de su propia entidad], el que pugna a sí mismo por lo que es no sólo como estando en el momento y en las condiciones particulares, no sólo en este lugar, con ésta la gente que se trata, sino que se interroga hasta descubrirse en sus condiciones entitativas en lo que lo determina más allá de lo que se le da en el mundo que lo toca, en cada ahora determinado; que inquiere por la condición que trasciende a cada momento particular, por lo que lo determina como persona, como viviente. Para ése —decía— la carencia entitativa de que sabe es la de la verdad; y es así que la busca por encontrarse con lo que es y lo que no es él mismo y el mundo todo se impone como una determinación que mana de la entidad misma y que participa a toda la existencia. Se trata de quien quiere determinar su acto basado en lo que es correcto y lo que no, que se pro-cura, que no puede aceptar la falta de sentido y que, por lo tanto, lo busca en todo, incluso —y principalmente— en lo que no lo tenga manifiesto. Quien así sea, pues, tenderá a satisfacer su carencia con la especulación filosófica o científica (pero no utilitaria, sino vivencial, aunque luego pueda resultar útil).

No se trata de que el gozo se conforme de manera distinta: el gozo siempre es sensaciones placenteras que inundan mi existencia, siempre es un respuesta de lo que Soy que se place de su estancia, que se encuentra ahora como si estuviera completo, como satisfecho de su ser lo que Soy; siempre es, en fin, sentirse bien [bienestar] por lo que —en general— me pasa. Lo que difiere es el conocimiento, lo que sé-entiendo de lo que Soy, de mi propia insuficiencia y de lo que lo otro ente me significa; y, por supuesto, lo que me lleva a la consecución de eso que gozo, lo que me permite encontrarme con aquello que Yo sé que me falta. Si lo que busco es la verdad o la saciedad sensitiva, los caminos para encontrarse con cada una de estas cosas son muy distintos, pero no lo es —cualitativamente— la alegría o el gozo resultantes, ni la tristeza o sufrimiento de su falta, como no sea por la consecuencia del mismo encuentro (en el primer caso, la sensitividad, que tiene una gran densidad ontológica en su acto; en el segundo, la verdad, que es una eyección de lo que concibo o especulo).

Los idiotas [aquellos ensimismados] que se tienen a sí como todo cuanto es, y a sus manifestaciones sensitivas como lo único que deben satisfacer, tienen en la búsqueda de la posesión [en la ambición del dominio] su realización más completa y, así, se afanan en su consecución, en el aumento de lo que poseen y, como una consecuencia ineludible, de las necesidades que deben ser satisfechas (lo que es decir que tienen a la desmesura como modelo). Este arrojo desmedido a lo otro de mí con el afán de posesión conlleva a la frustración como contraparte necesaria para poder desarrollarse, para que lo que se le presente pueda seguir siendo motivo de la entidad que se realiza poseyendo; a menos que se sea dueño del mundo todo, en cuyo caso, ya sin necesidad, quedaría sólo la desolación del sinsentido y del aburrimiento.

Dice Schopenuaher algo semejante:

Originariamente el sufrimiento es carencia, menesterosidad, preocupación por el mantenimiento de la vida. Si uno es tan afortunado como para desbancar al dolor bajo esta forma, lo que es muy difícil de mantener, a renglón seguido el dolor cobra otras mil formas, transformándose conforme a la edad y las circunstancias en instinto sexual, pasiones amorosas, celos, envidia odio angustia, ambición, avaricia, enfermedad, etc. Si finalmente no puede tener entrada bajo ninguna otra forma, el dolor comparece con el triste y gris ropaje del hastío y el aburrimiento, que se intenta contrarrestar de tan diversas maneras. En cuanto se logre ahuyentar el aburrimiento difícil será que el dolor no adopte de nuevo alguna de sus formas precedentes para recomenzar su baile desde el principio; pues toda vida humana es arrojada de un lado a otro entre el dolor y el aburrimiento.1

Sin embargo, se ha de señalar que, aquí {en este trabajo}, el placer y el dolor son igualmente determinaciones sensitivas y que no es uno definido por la ausencia del otro (aunque la disminución del placer es dolorosa y viceversa). No hay razón para asegurar que la huída del sufrimiento y no la busca del placer sea lo que determina la motivación como no sea el hecho de que el dolor acaece ineluctablemente desde sí como una manifestación sensitiva de la carencia entitativa que, por medio de ese dolor que exige ser aplacado, exige ella misma ser satisfecha en su carencia. Pero aún así la disminución del hambre es un sentimiento distinto del sabor de la comida y es éste el que place (como se muestra fácilmente porque se puede disfrutar de la comida aún cuando ya esté satisfecha la necesidad alimenticia); el impulso sexual no es propiamente doloroso, sino sólo imperioso y si acaso lo fuera sería por la proyección del orgasmo ahora negado. Por otro lado, el ocio que se sigue de la satisfacción de las necesidades más básicas (y del que recién se habló) provoca, sí, la creación de necesidades que deban satisfacerse para no caer en el hastío de existir sin motivo tal como se dijo, pero esto no es una forma del dolor, sino que se debe a la manifestación reflexiva de una mejor estancia en el mundo que se pretende realizar, hacia la que hay un ímpetu por encontrar efectivamente y, si esto ha de ser mezquino o magnánimo depende de quien conciba {desde sus instancias} ésa su necesidad. Finalmente, que “toda vida humana es arrojada de un lado a otro entre el dolor y el aburrimiento” es una afirmación demasiado sentenciosa, aunque —de acuerdo con lo que se ha venido desarrollando aquí— podría adoptarse con un matiz: la vida puede ir desde el arrojo ciego e inclemente hacia la probable satisfacción sensitiva hasta la resignada aceptación del sinsentido de todo acto. Hay, desde luego, quienes nunca habrán llegado a algún extremo (excepto, cuando infantes, al primero), quienes casi no se han movido de alguno de ellos y quienes oscilan constantemente en la medianía (no podría afirmarlo categóricamente, pero creo que es imposible que alguien oscile repetidamente de un extremo al otro).

Como nota final de esta sección, diré que los caracteres que se trazaron para la exposición del afán de posesión y, sobre todo, de la ocupación ante el ocio son eso: las características más notables de lo que se quiere dar a entender. No es que realmente haya una distinción tajante entre los humanos, unos así y otros asá, sino que siempre habrá características compuestas aunque, por supuesto, con alguna dominante en cada cual; pero también en cada momento de mi existencia, en cada variación del ánimo. Esta nota debe ser atendida para todo el presente escrito, pero aquí me ha parecido muy necesario explicitarlo. En lo que sigue, hay que tener muy en cuenta esta observación.


  1. El mundo como voluntad y representación. Vol. I: IV, §57. p. 371.