2.1

Lo que se busca con cada movimiento entitativo, en cada momento en el que se es, la motivación última, absoluta, es la del bien-estar. La realización de mi entidad es satisfacer la motivación, que se manifiesta a la existencia siempre como un ánimo, como una determinación general con la cual concebir el mundo que me enfrenta, como una disposición al acto, a la incidencia en la realidad para conseguir lo de que se carece, como una declaración implícita de la insuficiencia que hace necesaria la consciencia: para conseguir permanecer y extender mi entidad.

El ejercicio del movimiento extensivo siempre modifica la realidad, siempre repercute en lo otro de Mí por un movimiento desde Mí. La actualidad de ser, como condición ontológica, es ineludible. Realizarse es —en un sentido meramente entitativo— necesario, puesto que mi entidad es real. Empero, como un ente animado, tengo una motivación y, por lo tanto, una sensitividad; esto significa que Yo soy menesteroso, que la estancia de mi entidad [la actualidad de ser quien Soy] necesita satisfacerse heterónomamente, que, con una consciencia que lo transpresencie, ha de buscar en lo allende un aseguramiento de la estancia propia en lo por venir. Es decir, que es necesario el movimiento extensivo para allegar al Yo que soy los medios por los que permanecer y extenderse en la realidad. En esa conservación radica el fundamento de toda evolución biológica, de todo miedo y de todo anhelo, de todo dolor y de todo placer, de toda consciencia y de toda inconsciencia: de todo, en fin, hasta que se llega a conocer a la muerte como destino inevitable y se desampara el ente de todo lo trascendente, y pierde el sentido de cada día, y se vuelve absurdo; o acaso ni aún así…

Se hace necesario establecer una distinción entre la realización y la realidad de mi entidad. Por la realidad de mi entidad debe entenderse su actualidad, su {acto de} ser, su presencia; en cambio, por realización debe entenderse la ejecución un movimiento que modifique su relación respecto a la realidad, de modo que se ejercite lo que la entidad busca para su bien; ésta {realización} se manifiesta en el acaecimiento de la tendencia al movimiento y en la sensitividad intensiva. Esta manifestación —se ha dicho— proviene de la motivación como fundamento del juicio conceptivo [determinación de lo sensitivo en su mismo acaecimiento], del estado del ánimo [conjunto de los sentimientos], de las actitudes [tendencia al movimiento extensivo] y, en fin, de todo lo que le dé un sentido para mí a lo que ocurre a mi existencia, a lo que se enfrenta lo que Soy.

La realización, pues, es la satisfacción de la motivación que, por el acto sensitivo [por la consciencia | por la existencia] localiza lo foráneo en sí, intiende lo que de lo ajeno a mí me toca y puede así determinar el movimiento que mejor realiza a mi entidad y su conservación. Pero, entonces, cualquier determinación motivacional, aunque fundada en el inalterable afán de la conservación y la extensión de lo que Soy, depende siempre de las instancias que en mi cuerpo están por la historia y por la configuración corporal innata. Las diferencias se encuentran, entonces, en la historia y en las capacidades que tenga el cuerpo que Soy yo, que es mi entidad. Eso que he vivido y lo que estoy viviendo, aunado a eso de que soy capaz son las determinaciones que comprenden toda variación en el acto entre una persona y el de otra.

Hacer algo, cualquier movimiento, siempre implica que hubo alguna motivación de Mí para que se realizara; lo que significa que éste movimiento es determinado autónomamente por lo que Soy, aunque esa determinación se haya basado en el conocimiento de las condiciones del mundo. Cada ahora de mi actuar a debido nacer en mis entrañas para llegar a concretarse en la realidad de los entes. Las manifestaciones motivacionales [relativas al movimiento] son ocurrencias a la consciencia que indican cómo y qué es lo que debe buscarse hacer, de qué se trata el momento en el que ahora me vivo. El postulado motivacional es la búsqueda del bienestar y, correlativamente, la evasión del malestar. O, como dice Spinoza:

Este esfuerzo [conatus] […] no es nada más que la esencia misma del hombre, de cuya naturaleza se sigue necesariamente lo que sirve para su conservación; y, por tanto, el hombre está determinado a obrar esto […]. Consta, pues, por todo esto, que no nos esforzamos por nada ni lo queremos, apetecemos ni deseamos porque juzguemos que es bueno, sino que, por el contrario, juzgamos que algo es bueno porque nos esforzamos por ello, lo queremos, apetecemos y deseamos.1

El movimiento por el que se realiza mi motivación responde a la necesidad entitativa, es una manifestación de la insuficiencia de lo que Soy para conservarse, de la carencia en la que se desenvuelve la existencia. El recurso a lo ajeno es la determinación de la que pende la sensitividad; la existencia nace como un recurso contra la menesterosidad y se determina en este tenor. Según la concepción de Schopenhauer,

Cualquier acto genuino de su voluntad [del sujeto cognoscente] es simultánea e inevitablemente un movimiento de su cuerpo; él no puede querer realmente ese acto sin percibir al mismo tiempo que aparece como un movimiento del cuerpo. El acto volitivo y la acción corporal no son dos estados diferentes conocidos objetivamente que enlace el vínculo de causalidad, ni se hallan en relación de causa y efecto, sino que son una y la misma cosa, sólo que dada de dos maneras completamente distintas: una de modo enteramente inmediato y otra en la intuición para el entendimiento.2

Lo que Soy (para Schopnehauer, la voluntad), lo soy sólo en acto. El conocimiento es el acto de la sensitividad y el de la concepción (aunque este movimiento es sólo intensivo). Pero el acto extensivo ha de nacer de la motivación. Ésta no es sólo una manifestación a la consciencia, es la tendencia al movimiento mismo, el impulso que —sin más fundamento cognoscible que sí— extiende hacia lo real lo que es de mí3; no es la consciencia la que ordena el movimiento (pues la conciencia es sólo receptáculo de la concepción sensitiva e imaginativa), sino que la ocurrencia de la motivación viene —como la ocurrencia del pensamiento y de los sentimientos— de la fundamentación entitativa que busca en lo allende su supervivencia.

Es de esperarse, por otro lado, que el movimiento entitativo por el que se funda la consciencia se manifieste sensitivamente —y ya adecuado— ante los sentidos extensivos cuando éstos se encuentren con el ente-cuerpo en que se dan, pero esto no significa que la consciencia se reduzca a impulsos eléctricos, sino que ésta su fundación se conoce con unos sentido más, aparte de la sola sensitividad intensiva; y, sin embargo, tal encuentro sigue dándose como conocimiento. El yo que es consciencia es todo lo que existe; mientras que la entidad es aquende aquélla.

Es la motivación la que nos viene a manifestar lo que la entidad busca en lo foráneo de sí: conservarse y acrecentarse, conseguir lo que es bueno y descartar lo que es malo. Esto se manifiesta como la tendencia hacia la que, inevitablemente, se encamina cada ente animado [cada ente que posee una estancia | cada ente que, desde sí, existe]: la búsqueda de bien-estar y la huída de mal-estar.


  1. Spinoza. Ética, 3/9e.

  2. Schopenhauer. El mundo como voluntad y representación. TI: II, §18. p. 119.

  3. Aquí adquiere pleno sentido la proposición 2 de la tercera parte de la Ética de Spinoza: «Ni el cuerpo puede determinar al alma a pensar, ni el alma al cuerpo al movimiento ni al reposo ni a nada más (si lo hay)», que se complementa por lo dicho en el largo escolio de la misma: «[…] el orden de las acciones y pasiones de nuestro cuerpo es por naturaleza simultáneo con el orden de las acciones y pasiones del alma […] si no supieran por experiencia que obramos muchas cosas de las que después nos arrepentimos y que a menudo, a saber, cuando nos debatimos entre afectos contrarios, vemos lo que es mejor y seguimos lo que es peor, nada les impediría creer que hacemos todas las cosas libremente. Así, el infante cree apetecer libremente la leche; el niño airado la venganza y el tímido la fuga […] los decretos del alma no son nada aparte de los apetitos mismos que, por lo tanto, varían según la variable disposición del cuerpo. Pues, cada cual gobierna todo según su afecto, y los que, esto parece, se debaten entre afectos contrarios, no saben lo que quieren; mientras que los que no tienen ningún afecto, son empujados acá y allá por cosas de poco momento.

    »Todo lo cual, en efecto, muestra claramente que tanto el decreto como el apetito del alma y la determinación del cuerpo son por naturaleza simultáneos, o más bien, una sola y misma cosa que llamamos decreto cuando se considera bajo el atributo del Pensamiento y se explica por él, y que denominamos determinación cuando se considera bajo el atributo de la Extensión y se deduce de las leyes del movimiento y del reposo […].»