1.9

La operación de la historia del Yo en la determinación de la vivencia corriente [que está corriendo] se da al nivel de la concepción de lo sensitivo como sensación. Pero, ¿cómo se explica esta determinación?, ¿cuál es el proceso que se da por el que se encuentra Mi motivación con lo que existe en el mundo? ¿Cómo se le brinda sentido a eso que es lo que me toca de los entes otros?

Cuanto se da a mi yo como fuente de experiencia proviene de los sentidos, proviene del contacto de mi cuerpo con otros, y de su confusión en lo sensitivo. Lo sensitivo es el origen de la consciencia [del conocimiento]. En la consciencia sólo hay sensaciones. El contacto —que es siempre en lo sensitivo— con lo otro de Mí es la única manera de mi entidad en la que alcanza a lo otro, y lo hace como sensibilidad, esto es, como conocimiento (que tiene una cualidad ontológica distinta de lo ente: la cualidad de existente). El alcance de lo otro se da, entonces, sólo en la existencia, en el conocimiento, en el mundo; no es un alcance de su entidad, de su actualidad, de su realidad. Lo sensitivo es siempre pasado, nunca en acto: En la consciencia no hay presente; en el cuerpo no hay temporalidad. Lo otro que me toca es, para poder ser conocido, adecuado a Mi sensitividad, es interiorizado como sensación, existe por lo que en mí se mueve a partir de su contacto, pero no por su entidad como tal [por sí mismo ni desde sí]. La sensación, aunque con origen exterior, es siempre lo interno del contacto.

Hay, entonces, un primer estadio, que es puramente estético, tal como lo señala Kant. Pero el segundo estadio, del que nos habla en la «Lógica trascendental», no es —como él pensaba— puro; pero tampoco es todavía lingüístico. Se trata de lo que aquí se denominará concepción; y que es la primaria fundación de sentido de toda vivencia.

El encuentro de nosotros con un objeto no se da sólo como sensitividad extensiva. La mera percepción sin referencia subjetiva es un suceso que no puede decir nada; pero además, si Kant bien decía que las intuiciones sin categorías son ciegas, pues no pueden conformar un objeto1, los objetos conformados, sin sentido, son insignificantes, son entregados a una sucesión bruta de percepciones y, como en el río de Heráclito, quedarían a la deriva, sin posibilidad de sostenimiento, se derrumbarían en cuanto apareciesen y, aun con la memoria inmediata como unificadora, aun pudiendo ser dotadas de un sentido momentáneo para esta acción (y solamente esta acción, sin que nada de lo que ocurre se refiera a algo más allá de lo que está pasando ahora), sólo sucedería que serían más grandes los fragmentos de tiempo, los fragmentos de yo que llegaran al ciego río insaciable del devenir (algo que, en último término, sí pasa con el conjunto de cada existencia humana y pasará con la existencia toda de la especie).

Así, lo que hace que cada acción tenga sentido es su referencia a la vida de quien la actúa, pero no una referencia a la vida en su acepción casi lógica de lo que vive frente a lo que no vive, sino a la vida como la entidad que yo Soy, como lo que me ocurre, como lo que me ha ocurrido y como lo que me ocurrirá; todo tomado desde y a partir de lo que Yo soy (que es, en la existencia, lo que yo siento). Se trata de lo que me apela a mí como sintiente (y, posteriormente, como ser deseante). Es decir, que es el yo-consciente el que da unidad a todo lo que ocurre, pero es la apelación de esta unidad al Yo la que funda el sentido de todo lo existente, de cada acción que en la vida se comete, de la apelación al Yo que es cuerpo como el origen de este otro yo, que es el único yo que se nos manifiesta. Hay, pues, que aclarar qué es lo que específicamente es apelado en el Yo y funda el sentido del mundo [de lo que se conoce] y desde dónde lo hace.

Si el conocimiento es lo que permite al Yo realizarse por medio del movimiento extensivo, entonces la apelación de lo percibido se dirige al Yo en tanto que me busco en lo otro de Mí y lo pretendo alcanzar físicamente por mi movimiento, encontrarlo para resolver mi motivación. La posibilidad y la pre-visión de lo que voy a hacer es la base fundamental de [sobre la que se funda] la facultad sensitivo-cognitiva; es decir, que el conocimiento —y la fundación por él de la temporalidad— responde a la necesidad de encontrarse con lo allende para mejor conservarse, para poder suplirse con lo otro, pero también defenderse de ello.

La historia del Yo —como se dijo antes— no está en la consciencia como existente; no, por lo menos, en la manera de recuerdos inteligibles [entendibles], sino en la manera de sentimientos y pensamientos que son pro-vocados por las percepciones objetivas. Esta provocación se da siempre y depende de la historia que haya tenido una similar constitución objetiva [la misma objeción] anteriormente. Si antes —por ejemplo— se ha tenido la vivencia del peligro que representan las serpientes, si se ha sentido miedo cuando se ve una, entonces la vista posterior de ésta re-stituirá sentimientos y pensamientos relacionados con el miedo aún cuando, tal vez, no ya el miedo mismo. No puede hacérsenos manifiesto el proceso por el que la apelación restituye lo que restituye; la mayoría de las veces, cuando nos viene un sentimiento cualquiera de repente, no se entiende qué es lo que lo hizo aparecer, qué motivo su restitución y me promete la repetición de la situación en la que ya me acompañó antes. En cada momento de la existencia hay un estado del ánimo con el que se vive, y este estado es, en parte, determinado extensivamente, por las reacciones intensivas de lo que nos objeta en la percepción [en las sensaciones extensivas] y en parte por la manifestación ex ipse de lo que Soy {como sensitividad intensiva [sentimientos]}.

Pero una percepción no ocurre aislada, siempre se da participando en una vivencia íntegra, indivisible como tal; no es posible escapar de la confusión en la vivencia de lo extensivo y de lo intensivo; todo aparece, todo ocurre en la existencia, no hay, en un primer momento, disociación entre lo exterior y lo interior de la vivencia y esta confusión permanece en lo sucesivo porque, además de estar en el fundamento (el contacto), la concomitancia de la objeción de lo ajeno y de la respuesta de lo que Soy es indistinguible mientras no se conciban ambas separadamente y aún así la separación sólo se entendería, difícilmente se sabría. La asociación de la vivencia de lo percibido y la de lo semtimentado es una condición de la consciencia; en principio, en el conocimiento es indisoluble lo que se conoce y quién lo hace: no hay conociente que no conozca a algo y no hay algo conocido que no conozca nadie. Conocer es esa estancia sensacional en la que todo lo sentido es originalmente igual [es igualmente producto de la sensitividad] (sólo después —por la interacción— de descubre la sujeción del yo al Yo).

No es posible, en la vivencia, hacer abstracción de una sola de las constituciones objetivas que se perciben (y no se trata sólo de las constituciones sólidas2, también de todo lo que se nos presenta objetante en la experiencia, como temperatura, la luminosidad, lo que ha pasado recién, etcétera), sino que todo lo que percibimos restituye —principalmente— sentimientos y, en algún momento, pensamientos (pues, como se ha dicho antes, los pensamientos son sentimientos lingüistizados, que han sido sacados de la veleidosa {casi pura} sensacionalidad y fijados en la estabilidad —y consecuente claridad— de los conceptos). Cualquier sentimiento que llegue por la historia, será subsumido en la situación presente, sin entendimiento previo de que se trata de una restitución histórica, como parte de lo que me pasa (como parte de las ocurrencias de la consciencia de que se habló más arriba). Se trata de una reacción instintiva, que ocurre siempre y que no necesita que se le busque y que —consiguientemente— tampoco se puede evitar. Empero, aparte de esto, está lo que ocurre siempre por referencia al placer y al dolor (es decir, por referencia al Yo mío más profundo, al yo que es mi cuerpo); es decir, una respuesta no ya histórica, sino inédita ante la situación en tanto que ésta es también inédita3. De tal manera que, por la totalidad de percepciones definidas que se tenga, así mismo se tendrá una multiplicidad de sentimientos restituidos como trasfondo de lo que nos sucede; estas evocaciones se suman y conforman, en parte, el estado con el que se vive una experiencia (con el que se experimenta la vida).

Este estado ánimo de mi existencia, aparte de las restituciones relacionales de la memoria inconsciente, contiene lo que se provoca, no ya a partir de lo instituido por la historia, sino también aquello que resulta de la apelación directa a Mi entidad, resultado no de lo que se instituye, sino de lo que la conforma innatamente como instinto. Son los sentimientos que resultan de esta situación en su conjunto, de este ahora de la existencia como inédito, y que es lo que supone la efectividad viva de las sensaciones recientes4. La configuración responsiva innata de lo humano es la que determina también la manera en la que la historia se conforma: las disposiciones ya instintas de lo que se busca y de lo que se huye, previo a todo aprendizaje o incorporación son las que configuran en primer lugar la vivencia y es a partir de esta vivencia que se aprende y se incorpora. Así, es el sentimiento que se provoca en el juicio original [instintivo] lo que determina la tendencia motivacional final de toda existencia. Las repuestas instintas en la corporalidad humana y en su desarrollo son la base sobre la que lo histórico se cimentará aunque, por esto mismo, son capaces de modificar el primer estadio de mi corporalidad (lo que se aprende-incorpora puede, en su reiteración, replantear lo instinto). Los juicios primeros de agrado y de molestia, los que se hacen durante el lento proceso de formación de las primeras categorías se refieren al puro placer; el entendimiento y la sapiencia modifican esta estructura ingenua en la que solamente se busca lo placentero presente y se rehúye lo doloroso presente. El conocimiento permite al Yo salvar el escollo de la presencia y trans-presentarse, y por lo mismo puede encontrara objetos de motivación más allá del ahora, gracias a los conceptos lingüísticos, racionales.

El más básico de todos los instintos, el que justamente funda al yo-consciente, el que motiva todo movimiento, y en el que consiste la cualidad más entrañablemente entitativa es el de permanecer en y extender la entidad. Es esta la Idea del Bien platónica, el Connatus de Spinoza, la Voluntad de Vivir de Schopenhauer y se manifiesta en la existencia como la pretensión de bien-estar. El ente no tiene más de sí que seguir siendo. La existencia es un estadio ontológico en la que la entidad humana —y todo ente animado [todo ente con movimiento]— supera su entidad, aunque artificialmente; con la consciencia se trasciende la entidad gracias a la existencia, pero no en la entidad misma, no en la realidad. El movimiento permite una mejor conservación de la entidad y el conocimiento permite un movimiento certero. El movimiento que es determinado por el conocimiento [por la consciencia] sólo es movimiento extensivo; el movimiento intensivo se da sin la concurrencia de conocimiento alguno, porque se da en el seno de la autosuficiencia. El movimiento extensivo —y, por ende, la sensibilidad y, por ende, la consciencia— es una respuesta a la insuficiencia de lo que es [de lo que Soy] para conservarse y acrecentarse en la entidad. El desgaste biótico degenerativo en la muerte es superado con la reproducción. Toda la vida no es más que eso: alimentación y trascendencia [realización] de lo que Soy. Este instinto básico es el que ha determinado las configuraciones corporales innatas, y estas configuraciones son las que han determinado la historia de la consciencia que se instituye y restituye en cada instante.

Lo que se liga a mí en el ahora del sentir provoca una respuesta directa de lo que Soy, provoca la restitución de la historia, pero también provoca una respuesta desde lo que Soy como ente a lo que Me apela en mi actualidad; provoca sentimientos que en este sentido son inéditos por cuanto la situación vivencial es también inédita. Mi Yo, apelado en su entidad misma, en cada caso, en cada momento, responde con los juicios capitales de agrado y molestia; a partir de éstos, todo lo que se sigue se va difuminando en un plexo de sentimientos que pueden ser matizados (incluso entre sí) de manera que es imposible encasillarlos todos; pero a su vez el agrado y la molestia no son sensacionales, sino determinaciones de ello (el placer y el dolor, por su lado, son determinaciones de la sensitividad). Así como el blanco y el negro (la lucidez y la obscuridad) no son colores propiamente, pero son determinantes de todo color, en ese mismo sentido el agrado y la molestia determinan a cada sensación de las que hay en la existencia. El agrado y la molestia son, pues, manifestaciones en la existencia de lo que Soy como entidad y de su motivación; y son determinantes, por lo tanto, de que el objeto se manifieste o no —y en qué sentido— como un motivo de . Aunque la resolución de todo movimiento mío [el motivo] sea algo externo, el origen de ese movimiento y de la determinación que me tiende a su realización [la motivación] siempre será interna, siempre será desde mí.

La motivación es el núcleo vital de mi Yo-ente manifestado a mi existencia por la concepción de lo que es como juicio y también como actitud; manifestación que me tiende a la consecución o a la evasión del motivo. La motivación responde perennemente a la perenne provocación de la existencia [de la consciencia].

Es muy importante apuntar, nuevamente, que el sentido se construye en la acción, en el yo pero no en un yo cognitivo, sino en un Yo activo [que actúa] y que se relaciona con el mundo, no primordialmente como una existencia contemplativa, sino que, en el principio y en el fondo de todo está siempre el {hecho de} ser viviente, que sufre y que goza, que se duele y que se place y, sobre todo que busca y huye siempre queriendo conservar su vida como disfrutable, como vivible.

El sentido, pues, de cada acción, de cada experiencia se juega en el ámbito de la responsabilidad por el ser propio. Cada actitud, cada momento se juega en al ámbito del yo como afirmación de mí mismo, como afirmación de lo que en este momento Soy, como encuentro con lo que me alcanza, pero sin tenerme yo como centro de lo que ocurre, sino como una parte de eso, como algo que está en un campo práctico, en donde no soy más que alguien que participa, en donde lo más importante de la acción es lo demás (son los inmuebles, los árboles, los ruidos, las personas que están cerca de mí) y en la que mi yo-consciente es simplemente la unidad de sentido, pero la unidad de sentido de todo lo existente, lo que me permite descubrir a los árboles como árboles, a los hombres como depredadores de árboles, a los ruidos como cantos de pájaros, etcétera. No es poco, entonces, el papel que tiene la consciencia frente al mundo: darle sentido, y existencia; aunque nunca su entidad. El hecho de darle sentido no quiere decir que se está por sobre la realidad, sino que simplemente se la vuelve vivible (se la vuelve mundo), simplemente la hace inteligible [entendible], interpretable. Pero la entidad que Soy, la soy en un ámbito distinto del mundo este, la soy en el ámbito de lo que se hace presente, de lo que es siempre; la existencia tiene mucho menos peso ontológico. Empero nunca hay que olvidar que, aunque subsidiario de lo entitativo, lo que le da unidad y sentido a este momento es la unidad de la consciencia inmediatamente preyectiva y proyectiva de manera consciente (en el yo), y que esta acción se inserta en una vida, que tiene un mundo y, con él, un sentido (un desde dónde y un hacia dónde) por la memoria corporal [por la historia] y por la apelación —de manera inconsciente— a la motivación, y que esa acción busca siempre un bienestar.

Las vivencias de la existencia no carecen de sentido, pero tampoco adquieren un sentido desde sí; el sentido que tenga cada momento para mí depende por completo de la determinación de las categorías lógicas y vivenciales en la concepción.


  1. «Éstas [las categorías] son conceptos de un objeto en general mediante el cual la intuición de éste es considerada como determinada en relación con una de las funciones lógicas del juzgar» — KrV B128. Esta determinación de lo intuido [percibido] con relación a los juicios y sus modalidades lógicas (a saber, de la cantidad (universales, particulares, singulares), de la cualidad (afirmativos, negativos, infinitos), de la relación (Categóricos, hipotéticos, disyuntivos) y de la modalidad (problemáticos, asertorios, apodícticos), según se establece en la tabla de los juicios que aparece en A70 B95) sólo se refieren a la determinación meramente perceptual de la experiencia. Como se ve en la tabla misma, estas funciones que se corresponden con los conceptos puros del entendimiento abarcan sólo la parte trascendental del conocimiento, la condición de toda experiencia (e incluso de toda experiencia cognitiva [inteligible]); Kant no se ocupa de más, para él «la experiencia es un conocimiento obtenido por medio de percepciones enlazadas» (B161), unión de la intuición y del juicio, pero esta intuición viene sólo de la percepción y este juicio es sólo lógico, los sentimientos parecen no tener cabida. Pero —cómo se verá infra— los conceptos sólo nacen de la experiencia, no hay algo tal como un concepto puro; la determinación absoluta de la posibilidad de la vivencia no incluye categorías a priori y sí, en cambio, un juicio motivacional, muy anterior al lógico.

  2. Tradicionalmente, casi siempre que se habla de objetos se refiere a lo que se construye sólo con la vista y con el tacto, de tal manera que el olor puede ser una característica del objeto, pero no se considera como parte del objeto y los sonidos no son considerados objetos como tales. Hay que recalcar: cualquier impresión sensitiva objeta a mi entidad [es objetiva], sin importar si son perceptivas o sentimentales; lo que conforma a mi consciencia es todo ello, todo lo que se conoce, todo lo que se vive sin distinguir la solidez: el presente acto sensitivo es el que me existe, la presente sensación es la que forma el mundo, sin que para eso haya menester estar ahí más tarde.

  3. Inevitablemente, cada objeción remite a un sentimiento (e, inclusive —ya imaginativamente— a un recuerdo) que restituye muy parcialmente la situación o situaciones con las que se asocia y, por tanto, el conocimiento de lo que, efectivamente, significa esta objeción; pero esto no quiere decir que se crea estar viviendo en el mismo tiempo de antes. El conjunto de los muy muchos fragmentos restituidos forma un sentido nuevo que puede atenuar o agravar ciertas objeciones, que puede hacer descubrir un nuevo sentido, etcétera. Entonces, en tanto que es inédita, toda vivencia merece una respuesta inédita.

  4. Cuando, por ejemplo, un estado general de depresión, de angustia, de sinsentido, no nos permite encontrar aquella parte agradable de los sentimientos que está en los recuerdos y que no se invoca por ser imposible que se compaginen.