1.7

Que un objeto tenga sentido significa que tiene un desde dónde y un hacia dónde, pero también significa que tiene un para quién. Dar sentido [convertir en objeto] a lo sensitivo extensivo no es sólo descubrir su ubicación en el espacio ni sólo descubrir su preyección y su proyección, es también determinarlo desde la motivación del Yo.

Una experiencia no es un abigarrado complejo de representaciones, sino una vivencia con un sentido, y que está siempre inserta en un contexto de acción que viene del pasado inmediato y va hacia el futuro inmediato, de tal manera que se crea una constante sucesión; a cada instante, a cada momento de la vida le precede otro, pero esta sucesión no es ciega, incoherente y carente de unidad, sino que ocurre como parte de lo mismo, de la misma vida. Aunque lo que está pasando [deviniendo] ahora no tenga conexión aparente en la consciencia con lo que pasó [con lo ya pasado] hace quince minutos, siempre la tendrá con lo inmediatamente pasado, de tal manera que no existe un solo instante que se comprenda por sí mismo, sino que cada uno está incluido en una corriente de acción. Esta corriente de acción muy pocas veces es contemplativa ni epistémica, lo cuál no quiere decir que se actúe sin conceptos o sin aprendizaje (como se verá más adelante) sino que la experiencia no nos toma como algo ajeno a ella, algo de lo que podríamos considerarnos solamente espectadores, y ni aun en un caso tal el espectáculo puede dársenos como ajeno; hay, en cada expectación, una apelación a lo que Soy. Empero, por lo general somos integrantes de esa experiencia; es decir, que no se trata de que seamos causantes de la experiencia, ni tampoco de que, en tanto entes, padezcamos inertes lo que ocurre, sino que somos co-partícipes de ella, somos un actor (aunque, a veces, sólo un factor) entre otros muchos. Pero, a la vez, somos la unidad de sentido de todo lo que ocurre en el mundo en el que existimos [el mundo que existimos], en el mundo que nos toca. En el contacto sensitivo de los entes otros con el ente que Soy se da la unidad perceptiva del mundo a partir de la realidad que me toca, todo lo sentido es, en el mismo acto sensitivo, concebido para la consciencia, ocurre a la consciencia que se da como unidad. En esta unión —por medio de la concepción— de lo percibido desde diferentes capacidades sensitivas en el conocimiento [en la existencia] de lo que me objeta es en donde, a la vez, se le dota de sentido por la apelación a mi Yo y a su historia.

Al encontrarnos en cualquier momento de la vida, cuando, por ejemplo, cruzo la calle, lo que ocurre es que me vivo desde una perspectiva en la que, desde algo, me encamino hacia algo; y es verdad que ese encaminarse está determinado por mí, que es algo que yo busco1, pero este deseo de llegar al otro lado de la calle no es lo que determina el cruce como tal, en su sucesión, sino únicamente lo que motiva su inicio. En la experiencia de cruzar la calle yo no apercibo, no soy propiamente consciente de lo que Yo hago; de mi caminar, de cada uno de mis pasos sólo me doy cuenta [sólo me notifico] por su sensación extensiva una vez que ya pasaron, no los pre-veo, no los planeo, no los ejecuto metódicamente. En la experiencia de cruzar la calle participan, primordialmente, los autos, los sonidos, las personas que pasan al lado mío y que podrían servirme, llegado el caso, como escudos contenedores de alguna embestida lesiva. La referencia de mi yo-consciencia sólo supone una atención de lo que está pasando que me motiva para acelerar o frenar mi paso, para cambiar de dirección y para prevenir, por sobre todo, la posibilidad de llegar a lastimarme. El caminante es el Yo-ente: los pasos son un movimiento entitativo incidente en lo real, son una acción, que sólo puede realizar quien tiene actualidad, quien es en acto. El yo-existente conoce y este conocimiento es motivante del Yo-ente en su entidad para realizarse, en este caso, como caminante. El acto de caminar, conscientemente, se da por hecho, no se repara en él porque propiamente no lo hago yo (que existo), simplemente se hace por una entidad (que Soy) que, como tal, es diferente de la existencia; el pro-ceso de caminar no forma parte de mi consciencia ni, por lo tanto, de mi experiencia. Pero no se crea que se dice que no se es consciente de que se camina, pues se ha dicho antes que de la caminata se conoce el piso en su solidez, cada vez que cae un pie, la elevación y descenso que hay a cada paso, etcétera. Pero lo que se vive —como sensitivo extensivo— es el a posteriori del caminar, y no su movimiento a priori, ni como presente, entitativo. No hay conocimiento de “estoy flexionando la rodilla, lo que hará subir mi pierna y con ella el pie, que se moverá hacia adelante y volverá al piso, etc.” Si se quiere entender mejor lo que se dice —que es, creo yo, bastante comprensible— se puede caminar o, de preferencia, correr un poco y tratar de anticiparse a lo que ocurrirá en el movimiento de las piernas, de los brazos y, si se quiere, también de la respiración y se verá cómo todos esos procesos, a pesar de ser completamente voluntarios —de poderse suspender, una vez que se repara en ellos y así se quiere— no dependen de directrices conscientes, ni tampoco del pensamiento; empero, todos los movimientos se dan con precisión, movida mi entidad por lo inconsciente del Yo que soy, movida por el cuerpo sin más, de tal manera que el anhelo, la voluntad de correr que concibo en la existencia no es la causa, sino la consecuencia (tan consecuencia como el correr mismo) de la voluntad corporal-entitativa de correr2. Sin embargo, es mi experiencia del cruzar la calle la que determina esa caminata: la que la regula, la detiene o la reanuda, es decir que no se vive como algo ajeno, sino que se conoce que lo hago Yo —que camino aunque no entienda cómo lo hago— se puede modificar: desde mi experiencia de lo que encuentro en el camino puedo determinar la ejecución de eso que ocurre teniendo yo noticia de que ocurre, pero sin tener el acto en mí mismo, en el yo que es mi consciencia.

En mi existencia hay, por supuesto, un conocimiento de lo que soy, que es todo lo que, conceptualmente, conozco de mí, todo lo que se me da como pertinente a mí. De tal manera que hay un mí mismo [un concepto de yo] que existe en mi yo vivencial, fáctico-sensitivo [en mi consciencia]. De este mí mismo tengo entendimiento (es decir, he generalizado y descubierto conceptual, lingüísticamente las propiedades que le atribuyo (no sólo objetiva [como objeción ante mi propia sensitividad], sino también subjetivamente [como descubrimiento de la manera y las formas en las que me sujeta])). Pero el entendimiento que tengo conceptualmente de lo que soy [del mí mismo] no determina la ocurrencia de la vivencia del caminar, ni de ninguna otra acción; es decir, no es un factor que, como tal intervenga en el ejercicio del movimiento hacia lo que busco3. A pesar de que haya leído un tratado fisiológico sobre todos los procesos que ocurren cuando se camina, es decir, que tenga un entendimiento de lo que hago cuando camino (y, por supuesto, que ese entendimiento del caminar en general lo atribuya a mí mismo), no tengo un conocimiento de estos procesos en su acto. Lo que conozco es que, sin más, camino; tengo noticia del movimiento uniforme que para mí implica el caminar, y además conozco las sensaciones que son consecuencia de Mi acto de caminar, vivo el caminar y soy consciente del cansancio que se acrecienta en cada momento, del acercamiento que tengo al objeto que busco con ese movimiento, pero no vivo una contracción muscular, sino que vivo la sensación de lo que intensivamente aparece como una contracción muscular. El entendimiento se da de una manera siempre extensiva, siempre contemplativa.

La experiencia de cruzar la calle tiene, pues, un sentido en tanto que se inserta en una corriente de acciones, y esta corriente de acciones se constituye como tal en la consciencia por medio de la memoria, pero —en tanto secuencia sucesiva continua— no de la memoria histórica de mi Yo, sino de la memoria inmediata, de la memoria consciente, del recuerdo de lo recién pasado; o, dicho de otro modo, del conocimiento de lo que está pasando. Esto que está pasando es el instante que, para la existencia, es siempre pasado, porque el presente es actualidad y la actualidad es entitativa. La sucesión temporal de lo ocurrente a la consciencia como unidad situacional dota de sentido instantáneo a lo que pasa, así preyectivamente (hacia su origen) como proyectivamente (hacia su destino). De tal manera que el sentido de una vivencia viene siempre desde el ámbito de la acción, e incluso de la acción inmediata de mi Cuerpo en cuanto es la raigambre de la mi consciencia; acción que siempre y únicamente se da en la consciencia como sucesión. El estado de la consciencia depende de lo inmediato pasado; si lo que ocurre a la consciencia es siempre lo que ya ha dejado de ser para existir como conocimiento, entonces lo que es más vívido de la experiencia es lo que está más cercano a su entidad, en tanto que hay menor mediación temporal entre lo entitativo y lo existencial en que se manifiesta habrá mayor viveza en el conocimiento de lo que contacta mi cuerpo, mayor apariencia: cuanto más cercana la sensación, más existente el objeto. La vista que ahora tengo del árbol es la del árbol pasado, no de su actualidad, pero, aún con eso, no puedo decir que lo que hay en la consciencia sea su recuerdo, sino que lo que percibo es, en tanto que ocurrencia inédita —y todas lo son—, un objeto; así, mientras todavía objetante, la percepción conserva su efectividad en la conformación del sentido de la vivencia, y por ende, para la motivación del Yo. La corriente vivencial de la existencia, entonces, da sentido a lo que inmediatamente le ocurre a la consciencia porque ésta es pre- y pro-yectiva situacionalmente; es decir, manifiesta un origen y un destino (aunque cortos en su alcance temporal) de lo que pasa en el mundo (así allende como aquende): de lo que, en el Yo, es activo.

Hay, sin embargo, un sentido más profundo, más interno, más personal [relativo al {hecho de} ser persona]; y este sentido es también dado por las pre- y pro-yecciones, pero de un tipo más intuitivo, que no está en la consciencia como memoria ni como anticipación, sino que sólo se le da precisamente como sentido. Esta determinación de lo vivido, en tanto que memoria, sólo lo es en lo inconsciente [en lo meramente corporal [entitativo], aquende la conciencia]. No se trata, pues, de una memoria que re-vive una vivencia pasada: Es una memoria histórica del Yo. El sentido de que dota esta historia a la vivencia viene de la configuración de lo extensivamente sensitivo que se ha incorporado a lo que Soy por medio de su ejercicio. El ejercer un sentido —que en un primer momento debe ser descubierto y que, ya incorporado, se evoca por la apelación— es restituirlo con éxito a la consciencia. Pero no se trata de que al momento en el que se mira cierto objeto, por ejemplo, la esquina de la calle de mi casa, se recuerden todas las veces que se ha pasado por ese lugar, sino que la objeción de la esquina de mi calle invoca su memoria, no consciente sino corporal, una memoria que no restituye imágenes y sucesiones situacionales, sino que restituye significados efectivos para la realización del Yo y que, en tanto que incorporados constituyen el saber del objeto.

Esta memoria histórica [este saber] determina, por lo tanto, la vivencia en su significado motivacional, en su sentido para Mí. De la forma en la que esto ocurre se hablará en seguida.


  1. Y que puedo buscar impelido sólo por la fuerza de mi deseo (ocurrido sólo desde mí como necesitado) o, como ocurre casi siempre que se cruza una calle, impelido por algo más o por alguien, lo cual no obsta para que el origen del movimiento, la motivación, sea siempre la del Yo ente.

  2. Éste es, fundamentealmente, el mismo sentido de la tesis schopenhaueriana: «Cualquier acto genuino de su voluntad es simultánea e inevitablemente un movimiento de su cuerpo; él no puede querer realmente ese acto sin percibir al mismo tiempo que aparece como un movimiento del cuerpo. El acto volitivo y la acción corporal no son dos estados diferentes conocidos objetivamente que enlace el vínculo de causalidad, ni se hallan en relación de causa y efecto, sino que son una y la misma cosa, sólo que dada de dos maneras completamente distintas: una de modo enteramente inmediato y otra en la intuición para el entendimiento». — El mundo como voluntad y representación. Vol. I: II, §18, p. 119.

    En el marco que se presenta en este trabajo, el matiz consiste en que la entidad es la actualidad de lo que Soy; la impelación volitiva que aparece a la consciencia lo hace por un acto sensitivo intensivo y, así mismo, cualquier ocurrencia existencial que manifieste lo que Soy a la consciencia viene de un movimiento intensivo adecuado a la sensitividad intracorporal. El mismo movimiento del cuerpo que se actúa en la realidad, en tanto que se adecue a la capacidad sensitiva (así extensiva como intensiva) ocurrirá al mundo existente.

  3. Tal vez —se podría creer— un entendimiento de lo que soy que implique tal o cual noción, por ejemplo, de mi deber, de lo que puedo o no permitirme, de lo que soy capaz o incapaz determine la manera en la que se vive el mundo; pero, como se verá más abajo, la determinación de la vivencia del mundo y el entendimiento del mí mismo coinciden —aunque parcialmente— porque ambos vienen de un saber común, de una misma determinación motivacional y no porque se determine alguno por el otro.