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Un apunte más, y breve, sobre la lengua natural y el pensamiento. La consideración y el razonamiento dependen de la concepción imaginativa [de la especulación del mundo], y es la experiencia del mundo la que funge como modelo de esta especulación. El logos que constituye lo dicho y lo pensado ex-presa, entre otras cosas, lo que se especula y lo que se considera. El significado conceptivo de las palabras depende de las vivencias históricas del ente que soy; la formación de estos conceptos puede ser vivencial [puede referirse a una(s) vivencia] o puede ser definicional [puede referirse a una noción surgida de otras palabras o de una experiencia más bien pasiva]. Entre más y mejor viva una persona, más y mejor habitación del mundo tendrá: no una que le venga de la sola aceptación de lo generalmente aceptado, sino una que se haya formado por la verificación propia de lo que concibe; es decir, que sepa más de lo que entiende. Cuando esto no es así —y sólo cuando no es así— cuál sea la lengua en la que se piense cobra un gran peso.

Que sea éste o aquél el lenguaje de que se dispone para expresar un pensamiento no es cosa banal, es importante; pero su importancia no es tan agobiante cuando la situación que se expresa no nace del pensamiento solo, sino que se habla de lo que se experimenta especulativamente [de lo que se vive en la imaginación], cuando esto nace de la sapiencia del mundo, y no de su entendimiento y nada más. La concepción imaginativa —que es facultad del ingenio— se basa en lo instinto-instituido [en las instancias] en lo que Soy; de esto último y de la manera en la que se haya dado depende la cuantía en la que influye en el pensamiento cuál sea la lengua en la que se piense.

Si las relaciones y los objetos que se conocen como constitutivos del mundo vienen de la vivencia de ellos, entonces es ésta la referencia modélica que se tiene al momento de considerar y razonar sobre cualquier cosa, si es la vivencia la que ha instituido el saber, entonces en lo que se dice se expresa algo que trasciende la forma en la que puede ser enunciado (aunque necesariamente ha de designarse —en un logos— para que el concepto que con ello se llama no se desvanezca, por lo menos, con tanta rapidez, ni se quede preso en quien lo concibe). Si, por otro lado, lo que se conoce del mundo lo es de oídas, es decir que se ha escuchado que las cosas son así y así se aceptan, entonces la estructura que permite enunciarlas constituye esencialmente la concepción de ellas y su referencia al momento de designar lo que se piensa, pues la base sobre la que se forjan los pensamientos, razonamientos y consideraciones es lo que se ha instituido sólo lingüísticamente.

Cuando se piensa el mundo sólo por lo que se entiende y no por lo que se sabe, entonces la estructura lingüística es modélica; cuando no, no. Y es ésta última sólo la que compete a la filosofía.