1.18

La palabra es, en primer lugar, una objeción sensitiva sonora: es un objeto. El reconocer esta cualidad y mantenerla presente es importante porque permite comprender mejor la manera en que se da el fenómeno del pensamiento-lenguaje. El comenzar por el hecho de que la palabra es un objeto —una sonoridad con existencia material que objeta a una sensitividad específica {el oído}— permite establecer la condición de todo pensamiento con precisión: el contemplar un objeto y medirlo ante el mundo existente y su potencia [posibilidad].

Se ha descrito más arriba cómo es que la objeción sensitiva apela al Yo que soy, y la respuesta que tiene el Yo, que se da primariamente por medio de la concepción [del juicio y la categorización]. Pero también hay una respuesta al sentido que tiene el objeto ya-concebido. Esta segunda instancia de apelación a lo que Soy es la re-flexión. Cada objeción —concebida o no— restituye lo que se le relaciona históricamente (los sentimientos y percepciones asociadas a ello) y también provoca una respuesta motivacional (que implica el acaecimiento del agrado, la molestia, el deseo, la repulsión, el miedo) que depende del éxito o fracaso histórico de lo semejante a lo que se enfrenta.

La palabra es un sonido específico que —en una sociedad humana lingüística— acompaña —mayormente— a tales o cuales situaciones, sentimientos o percepciones. La manera en la que aprenden el lenguaje los infantes no es otra que la asociación de los sonidos con lo que les pasa, se les señala, etcétera. Una palabra es un objeto que, como objeción misma, es casi irrelevante, pero cuya esencia se encuentra en el sentido que evoca su apelación. Es decir, el sonido del lenguaje, por sí mismo, no impele a lo que Soy a manifestarse de manera firme; es, sí, una objeción y, por lo tanto, obliga a un respuesta por parte de lo que Soy, pero la manifestación entitativa de un sonido tal es tan débil, que no mueve a una respuesta mayor, como cuando se escucha a alguien que habla en un idioma desconocido1: un susurro que no amenaza la quietud de quien lo escucha. Pero, por el otro lado, lo que sí es fuerte, lo esencial y determinante de la palabra es el que refiera, el que signifique algo que no es ese sonido. Eso que la palabra significa es —tiene que ser, si es palabra— un concepto que hay en lo que Soy.

La palabra es, pues, un objeto que tiene en su referencia su sentido, y su referencia es la concepción subjetiva de ella misma. Una palabra, como todo objeto, tiene un concepto para sí misma. Los conceptos son históricos y evanescentes, necesitan de su ejercicio para continuar instituidos en la entidad que somos (cfr. pág. 39 ss.). Las concepciones no se relacionan directamente con el sonido que a ellas significan sino de manera casual; es decir que estas relaciones se establecen por la asociación de —por un lado— el sonido como acto real y —por el otro— de la concepción como conocimiento existencial.

El desarrollo de la concepción de las palabras no difiere, por principio, del de cualquier otro objeto: cada vez que acaece, se asocia con lo que le acompaña en su aparición. Como la fuerza de apelación motivacional-entitativa del solo sonido es muy pobre, se le dota de un contenido por apelación existencial que la acompaña, que es el de lo que estamos viviendo. Tal concepto ahora asociado a su uso en tales o cuales circunstancias se reafirma si se repite este sonido en muy semejantes situaciones y no se reafirma si se repite en muy diversas situaciones; esto determina el mayor o menor equívoco de su significación. Entonces, es su sutilidad entitativa-sensitiva la característica básica que permite que las palabras designen algo que no son ellas; la vista, de su lado, también puede designar algo que no es ello (también se pueden representar las palabras gráficamente, aunque esto siempre es posterior a lo sonoro). A lo que se refiere la vista no es lo visto mismo, sino el ente que está visto; los colores y las formas que se dan a la visión refieren la presencia de lo que hay enfrente, dan noticia de que está ahí; pero es sólo un indicio, el acto mismo de verlos no significa por sí mismo, casi nada para la entidad que Soy… De esta manera, lo acústico está en desventaja con lo visible en tanto que sentido cuya sutilidad sensitiva permite enfrentarse con lo otro de mí sin encontrarlo. Hay, empero, otra cualidad —que no compete a lo vivible— que hace de la palabra un objeto diferente de cualquier otro que se nos da en la realidad, que lo convierte en la manifestación expresiva de lo que Soy que más puede ser fiel del sentido que ocurre a mi consciencia al momento del hable: la objeción de la palabra requiere sólo del concurso de un movimiento de mi cuerpo para ser. La palabra se crea en la realidad entitativa a partir de un acto nuestro, sin más. Se trata de la creación mía más directa, de la incidencia en lo real y en el mundo allende menos desgastante y, sin embargo, muy significativa; el habla es la manifestación de lo se siente en lo que Soy más in-mediata, de la realización nuestra con lo otro existente que exige menos trabajo. La puesta en la realidad de un objeto es lo que permite que haya algo cercano a la comunidad de lo que Soy [a comunicar lo de mi entidad]: es el poner ante todos lo que antes había sólo ante mí (aunque esto sigue siendo muy limitado).

Pronunciar una palabra es poner en la realidad una manifestación de lo que se está sintiendo e imaginando en el momento en el que el movimiento realizador del sonido se da. Hablar es dejar en la realidad, para quien lo escuche, lo que se quiere decir, lo que se siente en el interior —desde sí inmanifiesto— de la consciencia, aquello que encuentra precisamente en las palabras que se pronuncian la más fiel correspondencia histórica con lo que en la existencia se vive. La apelación de la sensitividad de la realidad actual, que es concebida a la consciencia, contiene ya las proyecciones y las preyecciones de lo que se siente extensivamente [de lo que se percibe]. Pero también las sensaciones intensivas [los sentimientos] provocan a lo que Soy para que acaezca una respuesta, y ésta siempre me pro-cura: intenta encontrar lo que hace a mí de la situación en la que me encuentro, lo que me interesa, lo que me puede ocurrir, y se molesta de lo malo o se agrada de lo bueno. La ocurrencia de sentimientos implica que se busca una relación con lo que es otro de mí, y es, a la vez, una impelación a que se realice.

Si con las percepciones lo ajeno a Mí me alcanza, con los sentimientos lo que Soy pretende alcanzar a lo ajeno. Es necesario el sentimiento porque no me basta el movimiento al interior de mi propia entidad para satisfacerme, y, por lo tanto, es necesario el concurso de la consciencia para la realización exitosa de este alcance, de este movimiento que me lleva a lo foráneo para encontrar en ello la satisfacción de mi localidad, de mi entidad separada de ello. Pero los sentimientos no sólo aparecen como una manifestación que impele a la realización del deseo de lo ajeno que ya se muestra [que ya me objeta en la existencia], sino que también pueden fundar dicho deseo2. El hambre y el instinto sexual son el fundamento por excelencia del deseo.

Los sentimientos son la ocurrencia sensitiva de lo que Soy a lo que conozco, cuya manifestación es imperioso hacer consciente para que se encuentre con lo que le hace falta en sí (pues es así que tal carencia determina la relación con lo allende); la extensividad del movimiento de la entidad mía busca, en principio, el aumento de mi entidad [el mayor alcance de mi acto de ser]… lo cual sólo se logra teniendo como primera instancia al conocimiento, y el conocimiento de lo allende implica ya un movimiento sensitivo-perceptual. Pero, en el encuentro con lo ajeno, me encuentro a mí también en el momento en el que me llevo {a Mí mismo} al mundo como motivación. La concepción de las sensaciones se da no sólo como la dotación del sentido que tienen de por sí los objetos, sino también como una manifestación de lo que busco con mi movimiento. La sensitividad intensiva manifiesta lo que me configura como consciente: las necesidades de mi cuerpo-entidad, la busca del bien-estar, el establecimiento del movimiento para mejor ser.

Estos sentimientos pueden, gracias al lenguaje, darse como pensamiento. Son las palabras y la fijación conceptual que llega con ellas las que permiten la constancia necesaria para pensar lo que me pasa.


  1. En el contexto en el que nos encontramos, escuchar un discurso, aún sin poder descifrar su sentido, se entiende como manifestación de una entidad humana; el tono, la modulación y varias otras maneras de la voz nos pueden decir ya más: la nacionalidad, el sexo, una edad aproximada, si se trata de una súplica, una queja, o de una simple llamada… Pero aquí no me refiero a estos sentidos particulares, sino que remito al plano meramente estético de una voz en una conversación normal, sin gritos, ni quejidos ni risas (que ya tienen un valor judicial propio sin necesidad de configurarse lingüísticamente) sino a una palabra normal, pronunciada normalmente.

  2. Me refiero aquí únicamente a los sentimientos que impelen al deseo en su manifestación (como el frío origina el deseo del calor, la sed el de agua, etcétera) es decir, cuando la actitud deseante se da como resultado del sentimiento de molestia interno, y de ahí la representación imaginativa de lo que lo satisfará, aunque no esté la representación sensitiva. Pero eso no quiere decir que éstos —los deseos en los que se dan los sentimientos como consecuencia de la representación sensitiva de lo que satisfará este malestar (como cuando se ve algo cómodo y hasta entonces se antoja descansar, o cuando se huele algún platillo y se quiere comer justo ese, etcétera)— tengan fundamento en la representación misma, sino que se originan como respuesta a la apelación de mi entidad que hace tal percepción; aunque no en atención a un sentimiento particular, sino de manera previa a ese sentimiento (por lo general, producto de una necesidad vital o que ha llegado a importar tanto como una).