1.17

Se ha dicho más arriba que pensar es sentir con la palabra; en este apartado se busca aclarar el sentido que tiene esta afirmación en el contexto ontológico que se ha venido presentando.

Lo que Soy, lo Soy en la actualidad, y esta condición es ineluctable. La consciencia apela perennemente a mi entidad actual y esta entidad responde por medio de la concepción de lo que lo apela y por la invocación restitutiva de lo histórico asociado. Hasta el momento se ha hablado mayormente de la franca apelación sensitiva, que es un acto entitativo en el que se funda el conocimiento en primera instancia, pero el pensamiento no se explica sólo por esto, sino que es necesario, para que se pueda dar una construcción de mundo sin realidad y de entendimientos sin correspondencia empírica actual —esto es, sin correspondencia entitativa—, que haya una forma de apelación de lo entitativo que conjunte la actualidad con la inefectividad fáctica. Esto es la palabra.

En la palabra se encuentra una forma de apelación que, siendo objetiva [objetando a lo que Soy], revela por sí misma un sentido; pero esto implica que lo que objeta de la entidad pueda darse en la sensación y, al mismo tiempo, que escape de su consideración efectiva en tanto objeto {sonoro}, que permita que el sentido que manifiesta sea todo lo que se tenga que atender, sin que haya una manifestación de lo que funda la sensación que lo trascienda {al sentido}. Esto es, que el objeto con el que se las haya no debe entenderse —si acaso, muy secundariamente— como manifestación de la facticidad material que lo funda, sino que tiene que poder entenderse directamente desde el sentido mismo que representa a la consciencia del que lo des-cifra. La palabra es una objeción entitativa de una liviandad tal que permite su consideración más allá de su sensitividad. En el acaecimiento del sentido discursivo no hay una consideración decisiva de la palabra como sonido, sino como sentido al que debe o puede convenir un objeto distinto de esta actualidad sonora [de esta palabra] que remite a él y a su historia [a su entendimiento y a su sapiencia].

El placer y el dolor son determinaciones sensitivas y, por lo tanto, siempre se dan actualmente, sin equívoco ni desaparición; son parte del acaecimiento mismo de lo sensitivo, no son interpretaciones ni juicios, sino que son en la misma sensación, son ella misma y sólo un análisis conceptual y a posteriori puede separarla de lo otro que se da al ente que Soy en el contacto, en el que se confunde lo que lo otro presenta con lo que Me presento a mí mismo en el momento en el que lo sensitivo cuestiona francamente a mi entidad de hecho. El contacto implica este cuestionamiento y el placer y el dolor son las determinaciones que surgen de la franqueza con la que la entidad ajena alcanza a lo que Soy. La sensitividad no es más que el fundamento de la consciencia, y la consciencia es la condición de efectividad del movimiento extensivo. Toda sensación trae consigo inmanentemente, por el hecho mismo de sentirse, su determinación placentera o dolorosa. Cada sentido externo o interno encuentra en sí el placer y el dolor que corresponden con el contacto que recibe de la realidad de lo ajeno al yo, con lo que me toca de lo que es… Empero, hay un par de sentidos cuya característica precisamente reside en no recibir todo el peso ontológico de los entes en su contacto, sino que aquéllos son apelados principalmente por lo que de éstos surge con más liviandad y, así también, como no requieren de que lo otro se encuentre francamente con lo mío, sino que les basta con que se encuentren ante lo que de ellos se manifiesta, son más abarcantes que los otros.1

El tacto requiere del contacto franco con las entidades de quienes recibe la sensitividad; es la actualidad material de lo ajeno la que lo actúa y lo determina2. La propia entidad, en su actualidad, recibe lo que la entidad ajena —que la apela— es en tanto que adecuada, y la presión sobre lo que Soy es ineludible y completa. La sensación táctil depende de lo que se encuentra con lo mío en forma brutal, el peso ontológico de este contacto es el mayor de todo lo sensible, y es por eso que el placer y el dolor inherentes a su actualidad son los más graves de todos los de los sentidos. La brutalidad ontológica de este sentido {el tacto} proviene de que el encuentro que lo actúa implica que el contacto se dé con el ente al que se enfrenta en la magnitud toda de su presencia, que sea directo, sin el concurso de algo que lo aliviane o de una mediación que prescinda de la carga con la que se da toda la presencia de lo {ajeno} que es… La piel, cuando recibe a lo ajeno de mí que hay en la realidad, lo enfrenta en la desnudez sensitiva de mi entidad; es la florescencia de la sensación por excelencia y lo hace con la mayor fuerza con la que se puede incluir lo allende, con el mayor ímpetu con el que se puede localizar lo foráneo. Por supuesto que la liviandad o la pesantez ontológica con la que es apelado el tacto varía en cada caso, que no es con la misma fuerza sensitiva con la que se Me apela siempre, sino que ésta depende del ente con el que me encuentre y del propio peso de la adecuación con-táctil; lo que hay aquí es un encuentro con el ente ajeno, una manera de contacto en la que lo sensitivo tiene en su actualidad la actualidad del ente ajeno que toca al ente mío. El sentido del tacto requiere, pues, de un encuentro con los otros entes en su actualidad, en el mismo acto de su entidad. El encuentro es brutal, sin que medie más que la capacidad sensitiva. Este encuentro con la entidad ajena es el contacto por excelencia, es el más bruto de todos los contactos, el más transparente; es la apelación más directa y con mayor pesantez ontológica; empero, por lo mismo, es el más ligado a la actualidad, el más efímero, en el que se comprueba de la manera mejor el hecho de que lo en la consciencia es lo ya-pasado: lo que se siente ahora, ahora mismo ya no es lo que se siente.

Pero el contacto no se da solamente por la sensación táctil, también es imprescindible para el resto de los sentidos. Éstos, sin embargo, a pesar de contactar a lo que los actúa, difieren del contacto mismo, y su referencia no es ya sólo la brutalidad del encuentro sino también lo específico de su función. El gusto requiere el contacto con el alimento en la boca, pero más allá del contacto bruto de la sensitividad, la funcionalidad específica gustativa actúa determinándolo como dulce, salado, amargo… de tal manera que además del placer o el dolor puramente táctil, hay también el placer y el dolor en lo sabores, hay búsqueda y rechazo de su actualidad, de la sensación que son ellos. En el olfato se requiere el contacto bruto con los gases que se huelen pero, en su especificidad, lo que se huele de ellos difiere de la sensación con-táctil pura, sino que determina también el acaecimiento del olor mismo y su sensitividad olfativa también place y también duele. Estos, sin embargo, continúan recibiendo todo el peso de la sensitividad que les ocurre; no sólo la sensación del tocamiento directo (lo cual es, propiamente, táctil), sino la de su manera sensitiva particular. Saborear y oler, como sensitividades, tiene de suyo las determinaciones sensitivas, uno se place o se duele con lo que se siente, sin que haya una determinación mayormente ajena a eso; el sabor y el olor, en tanto sensitivos, casi se agotan en su acaecimiento; más que significar al mundo, significan lo que hace a mí del mundo; esto es, son más judiciales que categoriales.

En la vista y en el oído tenemos los sentidos más contemplativos. La visión es la analogía por excelencia del conocimiento de lo ajeno a Mí en su materialidad, y la luz la es del entendimiento que ilumina lo que las tinieblas mantienen obscuro. La vista es un sentido que necesita de un contacto mínimo para su actuación; el contacto visual es tan sutil que su determinación placentera y dolorosa es casi nula. No se dice que al haber una presión suficiente en un ojo no se sienta dolor, pero esa sensación es táctil antes que visual. En lo visual entra solamente lo colorido; y es raro que algo sea placentero o doloroso por su mera configuración visual. El contacto específico que se requiere para el acaecimiento de la visión es el de la luz refractada, y el peso ontológico que se tiene aquí es mucho más liviano que el que tienen los cuerpos sólidos o gaseosos que contactan al gusto o al olfato; esto permite que lo que se contempla con la vista no sea considerado sola ni principalmente por su determinación sensitiva, sino que lo que se vea se considere primordialmente en virtud de su origen, que se atienda a lo que se ve y no a la vista misma. La vista se da casi sin que se apele a la motivación por la sola sensación de la visión; el juicio de agrado o de molestia de lo visual como sensitivo (es decir, anterior a la significación) es muy débil. Pero no es sólo la sutilidad con la que acaece la visión, sino que también es la complejidad de lo que se ve la que llama la atención e impele a entender lo que le ocurre a la vista. Lo que es en la realidad se relaciona con lo que se ve en el mundo de maneras específicas; el movimiento de lo que Soy y el de lo que hay en la existencia marcan una diferencia en lo que es visto que se tiene que determinar en cuanto a su origen (el del cambio en lo visto). El que casi no se determine sensitivamente la visión permite que la consciencia atienda a lo que se ve; que lo que aparece como un montón de colores yuxtapuestos se configure por la interacción —presente o previa [histórica]— con la realidad y por la efectividad de las suposiciones del ingenio.

En lo visual se alcanza a aquello que se enfrenta sin interés de la sensación que provoca el mero encuentro; es la forma del conocimiento más desinteresada, en la que se permite encontrarse con lo que hay enfrente sin que sea el mismo encuentro el que motive su busca. La investigación es de las rationes de lo que es visto, de las causas de que lo que está en el campo visual haya aparecido y de que no permanezca el mismo, etcétera son actitudes que no se determinan por la placencia o la dolencia que significa lo visto mismo. El hecho de que lo que se ve no se juzgue en tanto vista, sino en tanto ya-visto [en tanto el sentido que se concibe de la sensitividad visual], significa que se recibe lo que se entrega a la vista sin que la recepción y su modo impidan la consideración de lo que se manifiesta desde sí antes que hasta mí.

Así como los sentidos antes vistos se encuentran brutalmente con lo que los actúa, la vista y el oído lo enfrentan contemplativamente.3 La complejidad de la visión contribuye a mantener la atención en entender lo que se ve; la gran diversidad de lo que se tiene enfrente y que se puede abarcar con la vista, implica que en su concepción se apele —y, por lo mismo, se instituya cada vez— en gran medida al conocimiento y al saber y que no se agote en el disfrute de su solo acaecimiento. La mayor contemplatividad de la vista la caracteriza como el sentido que permite el entendimiento de lo ente ajeno en su materialidad y en su comportamiento con más excelencia. No se trata de que sólo lo visible sea conocido, muy lejos de eso se ha movido toda esta investigación4, sino de que la contemplatividad, origen ineludible de todo entendimiento, se manifiesta de la manera más pura y llana en la sensitividad visual.

En cuanto al oído, puede decirse otro tanto de lo que se dijo de lo visual, salvo que su diversidad y complejidad no es tanta, y que la apelación a lo que Soy no es tan permanente ni tan compleja, las significaciones con las que se dan en la naturaleza los sonidos son poco variables, tal vez tan poco cuan los olores; pero la sutilidad de lo que se escucha es también —como la de lo que se ve— mucha, y, por lo tanto, la contemplatividad también. Aunque hay un juicio más fuerte en lo que se refiere —en tanto que sensitivo— a lo acústico que a lo visible, esto no es tan significativo como para evitar que sea mayormente contemplativo. Las sensaciones sonoras son, cuanto más inespecíficas y difusas, más brutas, más placenteras o dolorosas; y por lo general así se presentan en la naturaleza, o en la música. Pero hay una especificidad que convierte al sentido del oído en el que propiamente manifiesta a lo racional y a lo pensante: la palabra. El hecho de que el hombre tenga la capacidad de moldear los sonidos de tan varias maneras, es decir, que pueda articular palabras, es el fundamento del acaecimiento del lenguaje. Decir, enunciar palabra, es crear un objeto en el mundo que puede alcanzar a lo ajeno de Mí y apelarlo como objeción. La posibilidad de casi infinitas combinaciones sonoras, el que se pueda especificar tanto y tan rápido una objetivación que nace de un movimiento con tan poca resistencia [con necesidad de tan poco trabajo] es a la vez la posibilidad de casi infinitas apelaciones sonoras… el que se pueda encontrar una significación a estas articulaciones es el origen del discurso.


  1. Se habla, por el momento, sólo de los sentidos extensivos, aunque lo dicho hasta ahora —i. e., que el placer y el dolor corresponden a lo sensitivo en tanto que sensitivo— vale lo mismo para los sentimientos que para las percepciones.

  2. He de advertir que lo que se dice en seguida de los sentidos extensivos es en general y no un análisis detenido y sistemático, que sin dudas el tema requiere, pero que no se puede ni se pretende dar aquí.

  3. No se trata de que el tacto, el olfato o el gusto excluyan la contemplación, ni de que la vista o el oído excluyan la brutalidad, sino de que, en un humano con todas sus facultades sensitivas, son la vista primero y luego el oído los más contemplativos de los sentidos. Por supuesto que el tacto también puede ser lo suficientemente sutil para enfrentarse con lo que lo actúa de manera desinteresada, más allá del placer y del dolor inherentes al sentir, pero la atención por lo general se centrará en la vista, ya que es más específica, prolífica y abarcante; por supuesto que, si se carece de la vista, no hay tal atención de tal manera que para los ciegos puede ser muy habitual contemplar táctilmente..

  4. Sistemáticamente, se puede establecer que (sensitividad + concepción) = conocimiento = consciencia = existencia = mundo.