1.12

Todo lo que se concibe (así las percepciones como los sentimientos) se refiere a algo que se sucede ahora {en la existencia}, a algo que hay en el ente que Soy actualmente [en acto]. Lo en la entidad es el factum de ser; lo en la existencia es el factum de existir [lo en la consciencia es el factum de conocer]. En la consciencia las sensaciones trascienden su actualidad; existen [son conocidas] más allá de su aparecer presente: son pre-yectadas y pro-yectadas por la concepción [conceptualización] de lo consciente (categorización y juzgamiento de lo sensitivo y lo sentimental). Ambos (las categorías y los juicios) son determinaciones conceptuales. Pero, ¿cuál es el comportamiento general de los conceptos?, ¿cómo es su manifestación que permite este encuentro con lo pasado y lo futuro de lo objetivo?

La consciencia es el conocimiento. El descubrimiento de lo que hay en el mundo se da en la consciencia y, de ahí, se instituye (se aprende o se incorpora) de lo conocido a lo corporal. Cada acto sensitivo del cuerpo se manifiesta en la consciencia en sí mismo; la actualidad sensitiva es, en primer lugar, la actualidad de la consciencia. Es de suponerse que, en un primer momento, la sensitividad y la consciencia se identifiquen cabalmente. La concepción [conceptualización] de lo sensacional es lo que dota de sentido —así lógico como vivencial— a lo sensitivo. El juicio sobre lo sensitivo se ejerce siempre, la actualidad de la sensación —todas y cada una de ellas— es, como tal, agradable o molesta y no necesita de ningún aprendizaje para juzgarse. Las categorías son históricas por completo, aunque dependientes de la facultad sensitiva innata [de la configuración sensitiva con la que cada contacto inhiere a mi entidad].

La concepción es el nacimiento a la consciencia de la sensación como dotada de sentido, y esta dotación le viene directamente de la historia. Un concepto es lo que —en cada momento— se concibe de lo que es; y lo que es viene a la existencia por la actualidad de la sensitividad de lo que Soy (así intensiva como extensivamente). En la consciencia, que es la actualidad de la sensitividad, todo es devenir; no hay presente, todo es ya pasado y evanescente; la temporalidad es una cualidad ontológica de la existencia, no de la entidad. Pero el incesante pasar de las sensaciones no conformaría un conocimiento certero ni uno como el que cada quien puede apreciar en su propia existencia. Por la consciencia, la actualidad sensitiva viene a la existencia como temporal, como sucesiva y es sólo en el conocimiento en el que se funda el tiempo de lo que existe. Pero esta sucesión interminable e incesante de lo que se siente es arrancada del burdo devenir de la temporalidad gracias a la concepción, en la que se dota de sentido formal y semántico a lo sensitivo. El concepto destaca a lo que funda la consciencia [a la sensitividad] de la mera sucesión insensata y lo fija en la continuidad y en la constancia de su existencia y de la existencia de lo que le semeja. La institución de entendimientos y saberes en el Yo que soy permite que, ante la apelación de lo nuevo inédito (cada sensación lo es, cada momento lo es) resurja la historia de lo que me ha tocado y encuentre en lo que ahora me toca un sentido, que ha sido previamente descubierto, al que ya se ha habituado. La concepción, pues, convierte lo que de otra manera sería una necia sucesión sin sentido en un mundo habitable, en el que lo que Soy puede realizarse más allá de su presente y de su localidad.

El descubrimiento de lo que hay en el mundo [de lo que existe] como objeción a lo que Soy se da como una interacción en la que la curiosidad de mi entidad interroga a lo que sucede en el movimiento mío y suyo y descubre de esta manera las determinaciones que, en tanto objeto, tiene lo que me enfrenta. Lo que se va descubriendo es la objetividad de la entidad ajena; es decir que lo que entitativamente toca a mi cuerpo, en mi consciencia existe como un objeto; la objetividad de lo entitativo otro de mí es su manifestación en mi conocimiento [la objetividad de lo entitativo otro de mí es su manifestación en tanto que adecuada a mi sensitividad]. Se descubren así sólo las cualidades objetivas de lo entitativo; esto es, lo que se me presenta de ello en tanto objetándome solamente, sin contar con lo que se manifiesta desde la sujeción de mi propia entidad.

La curiosidad es la disposición a encontrar lo que hay en el mundo. El descubrimiento se puede dar de manera plenamente consciente o sólo parcialmente consciente; en el primer caso se trata del aprendizaje del entendimiento; en el segundo, de la incorporación de la sapiencia1. La participación de la consciencia consiste en la mediación, es poner de manifiesto la existencia de lo objetante al Yo y, por lo tanto, apelarlo de manera que dicha objeción provoque a la motivación de lo que Soy; ese movimiento que se provoca es el que se instituye en lo que Soy, si ha tenido éxito. Su fracaso implica el intento de un nuevo movimiento hasta que el motivo se satisfaga o hasta que el costo del intento suponga una repulsión mayor que el deseo que se manifestó en un primer momento. La curiosidad es, entonces, una actitud de receptividad ante la manifestación de lo que existe en el mundo, que está siempre activa; es la receptividad por excelencia de lo otro de mí. Recibir la objetividad del ente otro no es solamente encontrarse con su sensación (no se agota en ello —violencia bruta en la que mi existencia se funda por lo ajeno que me toca—), sino que pasa por descubrirla más allá del ahora sensitivo que lo intiende a lo de Mí y lo manifiesta en su existencia, es hallarlo en sus razones [en su principio y su finalidad] y sustraerlo del devenir de lo sensitivo para entenderlo como un ente entre entes considerando sus mutuas relaciones y condiciones, y con un significado para lo que Soy (esto es, como un motivo de deseo o de repulsión, que me hace tender a o huir de él).

La actitud de curiosidad es expectante. Se espera lo que pueda ocurrir con el objeto que se tiene enfrente. La expectación es la condición del descubrimiento porque éste se da, de manera impersonal, i. e., no es hecho ni invocado por la voluntad del cognoscente; lo que se manifiesta de lo otro cabe esperarlo desde sí mismo (en tanto que es en el contacto —y no más que en ello— en el que se me da), y las conjeturas han de buscar su verificación2. La interrogación no es concomitante al descubrimiento, es un momento previo que es proseguido por la expectación de la respuesta del objeto. La actitud curiosa es receptiva, es decir que con ella se tiene una especial disposición por instituir lo que ocurre en el mundo, pero esto no implica que cualquier otro movimiento no instituya también lo que sucede en su ejecución, pero cuando es así lo que se instituye no es tanto lo en la consciencia, sino el ejercicio de lo que se hace [no tanto se aprende, cuanto se incorpora]. Cuando hay una ocupación de la consciencia por la actividad del trabajo, no se conoce tanto lo que hay en el mundo cuanto se repara en realizarse por la actividad del cuerpo [por la actividad de ex-tender lo que Soy].

Cada movimiento se instituye (así consciente [aprendido], como inconsciente [incorporado]), pero su determinación en la concepción de lo sensacional depende de la fuerza de la institución. Entre más reciente, más fuerte; pero esa fuerza se pierde con el tiempo, que sustituye incesantemente el contenido de la existencia. El nuevo ejercicio del movimiento que se ha instituido aumenta o devuelve la fuerza de la institución arrebatada por el devenir. La curiosidad permite instituir con mayor fuerza lo en la consciencia [permite un mejor aprendizaje] (pues es de suyo una actitud receptiva); la expectación lo es de la manifestación instituible, así del movimiento propio como de la contemplación del movimiento ajeno. Lo ya instituido y lo ya instinto [las instancias de lo que Soy] conciben lo que ocurre ahora por su restitución, por el reaparecer del sentido que se descubrió ya en la historia.

La concepción [el concepto] que tengo de lo objetante es lo que me permite darle forma y sentido a la sensitividad. El concepto [el resultado del acto conceptivo] im-plica en la manifestación sensitiva actual toda la carga histórica de lo que Soy y, por lo tanto, también prevé lo que le seguirá. Es decir que la concepción de lo sensacional lo pre-yecta a su pasado y lo pro-yecta a su futuro, al mismo tiempo que lo significa —para Mí— proyectivamente [me proyecta situacionalmente ante la objeción que representa]. El pasado y el futuro se dan sólo en el conocimiento [en la consciencia | en la existencia], son una su-posición del objeto mismo [se subponen a lo sensitivo mismo]. Es esta suposición pre y proyectiva la que se refuerza o se debilita con el movimiento que resulta de la concepción del objeto ahora y, por lo tanto, el concepto mismo (síntesis de lo categorial y lo judicial) del objeto. También ocurre que la suposición se dé después de la concepción objetiva, que nazca de una conjetura y que, entonces, se expecte la ocurrencia de tal o cual cosa, con lo cual se instituye progresivamente (conforme se ejerce y se refuerza) la concepción consecuente; es decir que la suposición que nace después de la concepción se va —por la repetición de su ejercicio— paulatinamente incorporando-aprendiendo. La formación de la conjetura sobre la que se basa la suposición a posteriori, así como su cualidad no competen a este estudio, en el que sólo se quiere indicar la estructura y alcance de la concepción objetiva. Hay que señalar con cierta insistencia, en cambio, que el concepto de un objeto se va instituyendo y modificándose gradualmente; deviene junto con el cuerpo que Soy, con el que cada uno es.

Tanto los juicios cuanto las categorías son determinaciones conceptuales. El concepto [la concepción] dota a lo sensitivo de un sentido lógico y de un sentido vivencial y lo trasciende de su actualidad; lo sensitivo es un acto del ente que Soy, el conocimiento [la consciencia] nace de esa sensitividad. Cuando conozco, conozco lo que me toca. Pero la consciencia no sólo es el devenir incesante y bruto de lo sentido, la consciencia es temporal; esto es, contiene lo pasado y lo porvenir en el seno mismo del acto presente al que está arraigada por su fundación en lo entitativo (y la entidad es eterna presencia). En el conocimiento existe lo que en la actualidad ya no es [el conocimiento es trans-presencial]; lo que existe en la consciencia no deja de existir luego del ahora, sino que se desvanece conforme deviene lo siguiente, va perdiendo densidad ontológica [va pasando] lo que había en la existencia. La concepción [conceptualización] de lo sensible va mucho más allá; es, en cada momento, traer lo pasado y lo futuro al ahora de la consciencia [es preyectar y proyectar lo objetivo] y, así, manifestarlo al Yo que soy. Se trata de poner lo que fui en la actualidad {sensitiva} de ser {Yo}: Es conocer lo que me toca como objetante, no sólo como objeción; es, en este sentido, entenderlo como un existente particular en su aparición y en su función, y como diferente del resto, darle una particularidad respecto de lo otro que se me da en el mismo acto de lo sensitivo; es comprender lo que significa este objeto para mi Yo en la consecución de la única meta que persigue: el bien-estar.

Los objetos ya concebidos, entonces, adquieren un significado para Mí. La motivación, que es la que se manifiesta a la consciencia como juicio (placer-dolor, agrado-molestia), como deseo, como repulsión o como actitud, es la tendencia de lo que Soy a alcanzar lo ajeno para satisfacer su postulado (el bienestar). El sentido último del conocimiento de lo que es, es justamente encontrar la manera de realizar-me, de encontrarme en una estancia buena. Esto es lo que se persigue con el conocimiento. El conocimiento [la consciencia] manifiesta a lo que Soy lo que es, y lo que Soy manifiesta su motivación a la consciencia para poder encontrar lo que lo faculte para la satisfacción de su entidad, para la consecución de su bien: segur siendo y ser más. El sentido de la existencia desde mí es el terreno sobre el que crece todo el conocimiento. Encontrar a lo que es para poder realizar lo que Soy: he ahí el fundamento de la existencia… el sentido último del mundo3.

Empero, para encontrar en el mundo mi realización es necesario tratar de entenderlo {al mundo} desde sí, encontrar cómo es, cuál es su razón. Pero no es posible encontrarla en la entidad del objeto (inalcanzable siempre), sino en la existencia fundada por mi sensitividad en cuyo acto se in-tiende lo que es ajeno, pero esta in-tendencia lo es de lo adecuado a mi sensitividad. Lo que es, es actual; lo ente es el acto de ser lo que se es. Lo que los cubre y guarda en su entidad de la mía es mi separación de ellos, que es la de ellos conmigo; separación que sólo me permite encontrarlos cuando y como me con-tactan. Este contacto es la manifestación de lo que ellos son que se me descubre; la institución de esto des-cubierto y su posterior restitución cuando lo invoque algo semejante, eso es el concepto. Tener un concepto de algo es conocer su razón [su ratio]4.

En el mundo —que se conoce, que existe— se habita, y esta habitación [habituación] se va formando por la constancia en el encuentro con situaciones siempre semejantes. Habitar algo es tener seguridad proyectiva de su acontecer; lo habitual es lo que ya no me pide un movimiento consciente para entenderlo, es lo que ya se sabe [lo incorporado]. El conocimiento de sus rationes es efectivo —no importa si corresponde con la realidad o no—. La seguridad que me brinda la habitación es la seguridad de lo futuro de mi entidad, la conservación de los hábitos es una tendencia de sobrevivencia (excepto que se manifiesten como una amenaza). La incertidumbre es en sí misma una amenaza porque la preyección y la proyección de lo que me objeta no es fija, el pasado y el futuro, la efectividad del objeto no están determinadas ni, por lo tanto, seguras. La seguridad de la no destrucción permite la calma. Lo habitual es el regreso a lo que ya he sobrevivido y es, así, la seguridad de la sobrevivencia futura.

El saber de lo que hay en el mundo me permite encontrarme con lo que me depara de manera tanto más habitual cuanto más sepa, cuanto más entienda de él. El conocimiento in-tiende lo real en mí (como mundo) y permite así la ex-tensión Mía en lo real al realizar mi habitación. No tratar ya de habituarme al mundo, sino de hacer al mundo habitual a mí: eso es el trabajo.

Los conceptos convierten a lo efímero sensible (siempre evanescente) en un mundo en el que se puede anhelar y temer, en el que los objetos tienen un sentido desde sí y uno para mí: lo convierten en habitual, implican en los objetos su trayectoria pasada y futura, su-ponen su origen y su destino y, así, le brindan su conocimiento, pero nunca su facticidad. Es decir, que por mucho que en la concepción se determine el conocimiento del objeto, éste es sólo en su sentido, en su razón. Pero esta razón puede ser falseada o verificada en cada momento, pues el fundamento de la concepción es la sensitividad, que es acto [que es real] y esto nunca se puede determinar desde mí, sino que cada ente lo es desde sí. En efecto, uno no se halla jamás en la posesión de la entidad [del fundamento de la existencia] ajena, aunque bien puede hallarse con lo verdadero…


  1. Convienen un par de aclaraciones: a) no es que lo que se aprenda se instituya en un ente distinto del cuerpo en el que se incorpora el saber, sino que, dada la cualidad sutil del movimiento que significa el conocimiento, el aprendizaje —plenamente consciente— es también más sutil, mientras que la incorporación se refiere a movimientos más efectivos o a cambios más arraigados en el estado corporal (el fundamento de la concepción) de manera que no es consciente su aplicación, ni tampoco su presencia en el momento de que lo sensacional es concebido. b) La incorporación de la sapiencia “parcialmente consciente” se refiere a que, en la determinación del movimiento a incorporarse interviene el conocimiento en tanto que manifiesta la situación en la que la realización tal es posible, y no porque conceptualmente se determine lo que se incorpora y cuándo.

  2. Dice bien Heráclito que «Quien no espera lo inesperado no llegará a encontrarlo, por no ser ello ni escrutable ni accesible» (DK B18). La actitud curiosa es atender a lo que llegue a pasar, esperar algo que no se sabe qué es y que, por lo tanto, no puede determinarse con anticipación. Aquello que no se puede encontrar si no se estaba ya preparado para recibirlo, sin saber de qué se trataba, ello es lo que se descubre de lo que me objeta (la manifestación de su comportamiento y, así, de su propia motivación).

  3. Es último en tanto que más allá de él no hay ya sentido. Cfr. “El sinsentido de vivir”, pág. 324.

  4. Con esto no se quiere decir que tal razón sea efectivamente correspondiente con lo que ello es en la realidad, sino que está en la consciencia, que se sabe o se entiende (o, si ambas, se comprende) su sentido, el origen y la finalidad con los que se dan y, así, se determina la posible interacción.