1.11

Las categorías, pues, son incorporadas y, por lo mismo, mutables. La incorporación se da por la historia que, de tan cotidiana, se convierte en habitual. Que las categorías y la judicatura son mutables es evidente, no sólo por la experiencia de cada quien1, sino también porque de otro modo la locura y la demencia simplemente serían imposibles. No habría posibilidad de que alguien alterase su personalidad al grado de encontrar un sentido y una lógica sui generis. En la locura la concepción que ocurre en la existencia obedece a una configuración que no es compartida por nadie más, y que no se da más que en la persona que la concibe; pero no por ello deja de concebir las sensaciones (de lo contrario sería, mas que un demente, un bruto). La locura no consiste dejar de concebir el mundo, sino en concebirlo de una manera que no sigue una lógica que los demás puedan entender e incluso con una lógica inestable. Pero si esto es posible es porque, al momento de la concepción [conceptualización] en la existencia de lo sensitivo, el Yo responde desde su entidad en donde lo incorporado ha determinado una distorsión respecto de lo común, de lo que en la mayoría ocurre. Se trata, simplemente, de concebir el mundo de manera diferente, lo que imposibilita la comprensión de los dementes, su inclusión en el ámbito del común. Lo cuál no quiere decir —no ontológicamente— que el cuerdo (que está, mayormente, conforme con los demás) esté más cerca de lo real en su existencia; la distinción ontológica de lo ente y lo existente [de lo actual y de lo conocido] no es remontable por la propia consciencia, ni de ninguna otra manera.

Pero la incorporación de las categorías no puede llegar de la nada, sino que llega del ejercicio. La categorización del mundo viene del ejercicio de las categorías en el acto. En la acción, el ente que Soy incide francamente en la realidad y se interpelan {el Yo y el ente otro}, de tal manera que la motivación en la entidad, manifestada en la consciencia [sentimentalmente] como deseo, mueve al cuerpo que Soy hacia su realización [su conversión en real]. Es el éxito o el fracaso de este movimiento el que provoca su reintento, si es exitoso para reencontrarse con lo deseado y si es fracasado para encontrar otro movimiento por el que sí satisfaga ese deseo (a menos que la desproporción entre el nivel del deseo y la cualidad del fracaso sea tal que provoque un desistimiento). El éxito, aunado para siempre (en este nivel básico) al sentimiento de satisfacción, es incorporado; pero también lo es el fracaso y cada uno de los movimientos que se ha efectuado en el intento de conseguir mi motivo; todo esto {la incorporación}, sin embargo, de una manera efímera. Lo que determina su mayor o menor efectividad [incidencia efectiva] en la concepción del mundo es el constante ejercicio de ese movimiento. Es claro que el movimiento que ha llevado al éxito es el que se buscará ejercer repetidamente. La concepción es también un movimiento en la que lo sensitivo se convierte en sensible y forma así un mundo. Cuando uno se mueve hacia lo real, lo real se enseña; cuando se intenta consumar un deseo, se descubre lo que la realidad permite, y cómo lo permite: se van formando las categorías a partir de la funcionalidad, de la falibilidad e infalibilidad que se revelen en cada caso. Las categorías nacen siempre como movimientos conceptivos individuales (casuales o conjeturados) a posteriori, pero el ejercicio de ellos —por su infalibilidad para la satisfacción, para la consecución de lo deseado— los incorpora más firmemente, así cuando se trate de un movimiento intensivo, como cuando se trate de un movimiento extensivo2; de esta in-stitución en el cuerpo [incorpoiración] viene, posteriormente, su condición a priori. Cuando un recién nacido intenta alcanzar alguna cosa que se le presenta y trata de llegar a ella, el movimiento que se practica primero es estirar la mano, pero sólo alcanza a tocarla, no ha llegar a ella; el movimiento de su perspectiva visual respecto del objeto, el cambio de tamaño de algunas cosas mientras que otras permanecen o varían muy poco, el que una se mueva mientras las otras no, el que la sensación tal acompañe siempre a la imagen de la mano sobre la cosa, el que la sensación motriz acompaña a la visión del movimiento, etcétera. Todas esas y otras innumerables condiciones y coincidencias que se dan en la inter-acción del cuerpo con el mundo van poniendo de manifiesto las categorías que inciden luego en la concepción de lo sensitivo, en la formación de un mundo que incluya ya el sentido que ahora se ejerce titubeante y a posteriori.

Las categorías se forman dentro del cuerpo y, a partir de ahí, determinan a priori la concepción del mundo [de la existencia | del conocimiento]. Pero esto significa que, más allá de que la concepción del mundo se determine por lo que ha sido incorporado, hay algo todavía anterior que determina las condiciones de incorporación de las categorías. El movimiento del cuerpo en el mundo interpela a la realidad, y ésta se enseña y llega hasta nosotros (aunque siempre limitada por nuestra capacidad sensitiva); entonces, las categorías, siendo impuestas a nuestra experiencia, son también incorporadas de manera que responden a la manifestación de lo real a nuestras capacidades sensitivas. Son un saber que responde a la inter-acción, que responde a la manera en la que más directamente se con-tacta lo real.

El caso de las categorías lógicas es particular. Se ha dicho que la incorporación de las categorías depende de su infalibilidad y ésta se determina en la historia de cada cuerpo, de cada ente; en este tenor, las categorías lógicas ocupan un lugar privilegiado, pues son absolutamente infalibles, es decir, que siempre funcionan, que nunca fallan cuando se determina con ellas lo sensitivo (siempre se verifican). El Yo las incorpora y en delante determina con ellas a priori cada uno de las concepciones que parten de lo sensitivo; pero su incorporación viene de ese contacto pre-categorial con lo sensitivo, en el que las categorías son descubiertas e instituidas en mi entidad. La trascendentalidad de estas categorías reside entonces en que siempre se manifiestan en la existencia, siempre se dan con cada acto sensitivo. Alguna ocasión en la que no funcionasen, en la que fallase su aplicación traería un cuestionamiento sobre su verdad y un intento por encontrar la manera en la que se dio, en la que se enseñó verdaderamente lo real. Pero no es así, de tal manera que las categorías lógicas son constantes, son inmutables, aunque no como creía Kant, por ser pertenecientes a un sujeto trascendental (porque un recién nacido no las tiene), sino porque su origen (i. e., el contacto de lo sensitivo con lo real) es trascendente y fundamental de toda subjetividad. Esto significa que las categorías corresponden a lo que se muestra en la realidad; de lo contrario no se explica cómo puede haber una incidencia efectiva del acto corporal que proviene del conocimiento (basado en un mundo así categorizado) sobre lo real [no se explica cómo puede haber una incidencia en lo nouménico por parte de un movimiento basado en lo fenoménico | no se explica la aplicación efectiva de la ciencia pura de la naturaleza]. Todo fracaso se da por una falta de correspondencia entre lo que es y lo que se conoce (entre la realidad y el mundo); la infalibilidad de las categorías lógicas (su trascendentalidad intersubjetiva, intercultural, interhistórica) implica que no pueden provenir de suposiciones, sino que tienen que corresponder a lo en que la realidad funciona.

Las categorías que no son así lógico-trascendentales son, sin embargo, igualmente incorporadas, de manera que también se saben y, por lo tanto, también son determinantes a priori del mundo (de cada mundo de cada quien). Pero estas otras categorías no dependen de algo que es históricamente trascendental, sino de algo históricamente particular (aunque esta particularidad histórica comprenda a una mayoría de individuos). Esto no quiere decir que lo que se sabe de esta manera sea correspondiente a la realidad o no lo sea; la sapiencia proviene igualmente de la interacción del Yo con la realidad, en la que los su-puestos son funcionales o no, pero el que hayan funcionado no garantiza su corrección absoluta, sino sólo relativa al acto concreto en el que funcionó.

La mutabilidad de las categorías es posible porque el cuerpo actúa permanentemente y los saberes se van diluyendo entre la mar de nuevos movimientos. Las categorías lógicas son ejercidas a cada momento, en cada experiencia, en cada percepción; eso las refuerza y las convierte en indubitables, no se permite que se difuminen ni que se desvanezcan en la nada del olvido, su ejercicio permanente es el que no lo permite. Todas las otras podrían no ser ejercidas (no con tanta frecuencia, por lo menos), aunque correspondiesen a lo real, o serlo (aunque no tan constantemente) aunque no correspondiesen (pero sí tendrían que ser adecuadas a la parcialidad mundana en la que se desenvuelve el Yo que las dicta). Esto es, en cada nuevo ejercicio de cada categoría —dependiendo de la efectividad que demuestre como resultado de su incidencia en lo real; esto es, de su éxito o fracaso— ésta puede reforzarse o debilitarse, y de muchos factores dependerá la gravedad de esto en cada caso; más delante se especificará cómo, cuando se hable de los conceptos en general. Por ahora baste decir que cada vez las categorías son restituidas, es decir, que no son simplemente aplicadas, como si —las mismas siempre— estuvieran dispuestas a ese efecto, sino que son invocadas de tal manera que cada vez que se concibe [se conceptualiza] una sensación ocurren nuevamente, son concebidas como integrantes del objeto mismo y, así son tan emergentes en cada aparecer como el objeto mismo ante el que estamos o como la vivencia en su conjunto.

La invocación restitutiva de las categorías resulta de la apelación que hace al Yo la situación en la que se encuentra, en la que es-ahora. Las apelaciónes que la aparición de tales o cuales situaciones sensitivas hacen al Yo restituyen tales o cuales categorías que se han incorporado a partir de situaciones sensitivas semejantes; es esta semejanza la que las relaciona [asocia] y la que produce la invocación, la que llama a lo que se ha instituido históricamente como efectivo para la consecución del descubrimiento que se busca. Cada vivencia del mundo [cada des-cubrimiento de lo real en la concepción] es inédito; pero la base sobre la que se descubre lo que pasa de nuevo [lo que es nuevo en su paso] es la historia incorporada, categorizadora que ya ha des-cubierto antes —en lo semejante3— a lo inédito-ahora.

Se ha dicho ya cómo se da la formación de las categorías; pero, ¿cómo se da la formación de los juicios? Aquí hay que tomar en cuenta un factor que no se ha mencionado: mientras que en el caso de las categorías se incluía sólo la parte del contacto sensitivo con los entes de la realidad [lo perceptivo] (de tal manera que su origen está en el ente que Soy, pero la causa de ese origen no), en los juicios además se incluye lo que tiene su origen y la causa de este origen directamente en el ente que Soy [lo sentimental] —aunque igualmente mediado por las capacidades sensitivas—.4

Empero, la judicatura no determina la concepción de lo sensitivo en el ámbito de lo teorético5, sino en un ámbito que apela, además de a la historia —y antes que a la historia— del Yo, al núcleo vital del que se deriva lo que Soy: a la motivación [a lo que mueve].

La motivación del Yo es lo que determina lo que Soy en el sentido más vital de mi entidad. Determinación que va siempre hacia el futuro, que está eternamente deviniendo. La motivación me impulsa a lo que hago [a la acción]: es la tendencia del Yo hacia lo real, la parte del movimiento inter-activo que se funda en Mí. La motivación [lo que me mueve] es lo vitalmente determinante porque es lo que me hace, lo que constituye el sentido último de cada momento del yo [de cada conocimiento [de cada encuentro] de lo que hay allende], de la actualidad sensitiva de la entidad, del ser Yo quien Soy permanentemente, eternamente. La motivación es, ya en la consciencia, repulsión y deseo6, pero se manifiesta en la concepción de lo sensitivo como juicio. El juicio primario, el original, el que se presenta siempre es el del agrado o el de la molestia. La apelación al ente que Soy por parte de lo perceptivo (en un nivel básico), y de lo consciente (en un nivel de lo reflexivo, en un estadio donde lo sensitivo está ya-descubierto) y de lo sentimental provoca el juicio cuando se comprende [cuando, a la vez, se entiende y se sabe], pero también es provocado en la sensación misma y concebido con ella en la actualidad de lo sensitivo, en el acto mismo de la fundación de la consciencia [del conocimiento].

Hay dos momentos {ontológicos} judiciales ante lo que objeta y que dependen de los momentos en los que se in-tiende la entidad ajena. El primero es por la sensitividad bruta previa a la concepción como sensación; este juicio es anterior al juicio tal como se vio más arriba (que funda el sentido del objeto): se identifica plenamente con la sensitividad [con la facultad sensitiva] y no hay manera de modificarlo históricamente. Juzga sobre el contacto más franco con lo otro de Mí. Lo que manifiesta a la consciencia no es el agrado o la molestia como determinaciones de lo objetivo, sino el placer y el dolor que significan a lo sensitivo objetante.

El placer y el dolor sólo pueden darse ante la sensitividad pura, sin importar si es extensiva o intensiva. En el acto mismo de la sensitividad está el placerse o el dolerse. Más que juicios, se trata de determinaciones sensitivas. A pesar de que la determinación placentera o dolorosa es innata e inmutable y de que toda sensitividad es placentera o dolorosa en sí misma, hay grados de fuerza con los que se manifiesta, que son equivalentes al grado de fuerza que tiene la sensación, el contacto con lo ente (así allende como aquende). Los sentidos de la vista y del oído, que abolen la necesidad de un contacto franco con lo entitativo objetante (el contacto se da con el reflejo de la luz o con las vibraciones sónicas que determinan los entes ajenos; pero no es el ente mismo el que toca mi entidad, sino una entidad más sutil, determinada por el ente ajeno que veo o que oigo) se manifiestan a la consciencia con un grado de placer y de dolor muy bajo, y esto cobrará relevancia cuando se trata del nacimiento del pensamiento, y que será abordado infra (cfr. pág. 104).

El segundo momento judicial es el que se trató antes y que es el que concibe el objeto como tal a la consciencia. El significado para mí [el juicio del objeto] sucede a partir de la objeción sensitiva en el momento de su concepción. El agrado y la molestia son determinaciones de lo objetante en la concepción de su sentido: se identifican con la concepción de lo sensible (así como el dolor y el placer se identifican con lo sensitivo); son juicios de los objetos (con un sentido transpresencial y translocal), mientras que las determinaciones sensitivas del placer y del dolor juzgan la sensitividad (que es acto presente y local).

La repulsión y el deseo son actitudes que acompañan siempre al juicio que se concibe, pero no son ellos juicios, sino algo que tiende a su realización, mientras que el juicio simplemente concibe la ocurrencia en la consciencia de lo que apela al Yo y a su motivación como molesta o agradable. Las actitudes se dan en la entidad, pero se conocen en tanto que el estado de la existencia [el ánimo] está marcado por la busca de su resolución. La actitud es la tendencia general a actuar lo que no es todavía actual; su resolución es, justamente, la actualidad de a lo que se tendía. La manifestación de la actitud en la consciencia es parte conformante del estado completo de ella, como una concepción general que, así, acompaña todas la concepciones particulares y tiende a la realización de una actualidad proyectada corporalmente, de manera inconsciente [sin conocimiento de esta proyección]. Muchas veces la ligadura entre el agrado y la molestia y la actitud deseosa o repulsiva es tan inmediata y tan fuerte que se descubre con claridad; las más de las veces, no es así y la existencia toda se ve marcada por actitudes que tienden hacia algo desconocido y difuso en el horizonte temporal.

A diferencia de lo que ocurre con las categorías, no son los juicios mismos los que mudan con el tiempo y se modifican con la historia. Por principio, las variaciones del agrado y la molestia no se dan en sí mismos, sino tan sólo en su graduación: Puede haber, en efecto, diversos grados cuantitativos de manifestarse estos juicios, pero no hay variación cualitativa. El agrado es siempre el mismo agrado y la molestia, la misma molestia; estos grados sólo dependen de la gravedad con la que lo que me objeta me importa. Lo que sí muda y se modifica históricamente en el caso del juicio es la judicatura (es decir, la motivación)7. La variación de la motivación se da porque ésta encuentra su núcleo en la entidad del ente que Soy; es decir que está integrada en el cuerpo. El agrado y la molestia que causen ciertas situaciones o presentaciones en particular dependen de la historia de cada una de ellas o de apelaciones previas de vivencias situacionales semejantes. La motivación del Yo se ve también determinada por el éxito o el fracaso.

La motivación absoluta es siempre hacia el bienestar; pero la actualidad particular [situacional | in situ] del estar bien es la que depende de las vivencias históricas y —como la incorporación de las categorías— depende, a su vez, del éxito y de los fracasos de los movimientos de deseo y de repudio que son instigados por los juicios. Las configuraciones históricas de lo deseado y de lo repudiado pro-vienen a la consciencia —a través de su concepción— desde la incorporación de las situaciones y de los objetos iguales o semejantes en la memoria-histórica del Yo.

La repulsión de algo por-venir depende del éxito de la repulsión de lo ya-pasado similar, o de su fracaso; la satisfacción del movimiento de repudio lo refuerza8; el fracaso de la repulsión no consiste en no alcanzar su plena satisfacción, sino en encontrar en el movimiento repulsivo efectivamente satisfecho un dolor mayor que el que se proyectaba recibir, y del que se huía (esto incorporaría —paulatinamente— un repudio hacia el movimiento que lo provocó). Un movimiento de repulsión sin consumarse no puede fracasar. La frustración no es un fracaso: lo es el dolor vital consecuente de su movimiento.

El deseo, que nace de la frustración, se mantiene con ella; su satisfacción debiera apaciguarlo (cuando se trata de un deseo vital) o extinguirlo (cuando se trata de un deseo casual). Su fracaso consiste en que el movimiento del deseo provoque un dolor vital más grande que el placer a que se tendía. Todo movimiento que se dirija conscientemente hacia lo otro de mí parte del deseo; el trabajo [cualquier movimiento mío que tienda hacia cualquier ente de lo real, y que yo sea consciente de él] pasa por el estadio del deseo antes de realizarse. El éxito del deseo es la modificación de lo real, del ente que está más allá de mí para mi bienestar, para la consumación del deseo (el deseo se consuma en su satisfacción)9; es el aplacamiento o extinción de la molestia de la ausencia de lo deseado. En efecto, el deseo no aparece solamente hacia el exterior [extensivamente], sino que también se manifiesta desde el interior [intensivamente]. El deseo es, a la vez, el sentimiento molesto de mal-estar y la percepción (y también, en su caso, la proyección del bien-estar) que es agradable a esa molestia porque la extingue. El deseo, pues, se configura en este juego, en el que el instinto innato [la configuración corporal con la que ya se nace] es el instructor primario. La molestia del cansancio es el deseo del agrado del descanso; la molestia del hambre es el deseo del agrado del alimento; la molestia de la mentira es el deseo del agrado de la verdad [es la filosofía]; la molestia de la insuficiencia es el deseo del agrado de la alteridad; etcétera. Es decir que el deseo provoca molestia intensiva (de un sentimiento juzgado molesto) y agrado extensivo (de una percepción juzgada agradable).

El fracaso de ambos (de la repulsión y del deseo) no es su frustración: es el dolor. La no realización satisfactoria de cualquiera de estos movimientos básicos no es suficiente para hacerlos fracasar, para hacerlos debilitarse en su concepción, para hacer que se incorpore una repulsión al movimiento que demandan. Esto se da solamente cuando la realización (total o parcial) del movimiento a que impelen provoca un dolor. El debilitamiento de un deseo, o de una molestia extensiva [objetiva] implica una repulsión hacia la realización de ese movimiento. Sólo el dolor puede hacer fracasar la motivación.

La concepción de lo consciente (a partir de lo sensitivo que apela —en su contacto— al Yo) es —además de categorizado [de determinado en su conocimiento teorético]— juzgado desde la motivación del ente que Soy; y así —ya-concebido— ocurre a la consciencia. De tal manera que no sólo se conoce lo que hay en el mundo, sino lo que hace a mí del mundo. El sentido de todo lo en la consciencia depende de ambas cosas —aunque, primariamente, del juicio—. Cada percepción y cada sentimiento (y, por ende, cada pensamiento) son siempre juzgados —aunque en muy diversos grados— como agradables o molestos; el agrado y la molestia son manifestaciones de la motivación hacia las concepciones particulares; el deseo y la repulsión son las actitudes [tendencias motivacionales] básicas a que impelen el agrado y la molestia. La concepción del juicio de lo que en la consciencia ocurre es lo que perfila el ahora de la existencia-consciencia; es lo que llama al ente que Soy —en el acto mismo de ser— a realizar-se; el Yo —eternamente actual— se realiza en sus actos por mediación del yo-consciencia [el ente se actúa [actualiza] en la realidad por mediación del existente]. El juicio de cada sensación descubre lo que cada objeto y cada sentimiento significan para la motivación y, al mismo tiempo, provoca movimientos de respuesta [provoca la responsabilidad] del Yo (que perennemente responde a la perenne apelación del yo) [(que es perennemente responsable)]. La consciencia, en su concepción, es manifestación del Yo, y, en su existencia, es apelación al Yo.


  1. Baste para esto, si se quiere, recordar cada uno la manera en la que concebía el mundo en la infancia o ver cómo lo hace alguien, ahora y después de un tiempo, en la misma situación. Simplemente porque opera de una manera distinta y su conformación histórica varía.

  2. En el primer caso —el del movimiento intensivo, que es el que estamos tratando— se trata de su incorporación como conceptos, como juicios y categorías (también fobias, filias…). En el segundo —el del movimiento extensivo— se trata de su incorporación como movimientos inconscientes (el movimiento del caminar para todos los caminantes; el de tallar la piedra para un escultor experimentado, el de limpiar un pescado para un cocinero en las mismas circunstancias, etcétera), de un movimiento casi reflejo ante determinadas circunstancias.

  3. Existe, entonces, la posibilidad de que las situaciones del Yo que es sean tan poco diferentes [tan habituales] que la efectividad de las categorías que se invocan no son alteradas, de tal manera que la facultad de la formación y la busca de las categorías se ve atrofiada, y no permite una adaptación fácil (o ni aún difícil) a otras situaciones —igualmente inéditas— que sí difieren de lo cotidiano.

  4. Hay también una manera en la que lo sentimental puede entrar en el alcance de lo categorial, pero de eso se hablará infra, en “El conocimiento de lo que Soy”.

  5. Un poco más abajo se abundará sobre esto, pero lo theorético [lo que se contempla] se toma como designación por antonomasia de lo que hay en el conocimiento de puro; del desinterés por la consecuencia efectiva de lo que se conoce, del movimiento que implica solamente el abarcamiento del objeto, más acá del juicio y la pro-yección vital.

  6. El deseo es producto de la frustración de la motivación en su actividad; es un movimiento fallido en su inmediatez. No es, por lo tanto, un movimiento intra-corporal —que se realiza sin mediación—: es un movimiento que tiende hacia lo que se me niega ontológicamente [hacia lo que no Soy]. La repulsión es producto de la satisfacción de la actualidad de la entidad, es la exigencia de su salvación. Es un movimiento de huida ante la amenaza: es un movimiento que rechaza lo que me niega ontológicamente [que rechaza la posibilidad de no ser].

    Toda la consciencia no tiene como fin otra cosa que posibilitar la realización de ese movimiento (en ambos sentidos): toda la existencia se funda en la satisfacción de la motivación: la consciencia es un medio del ente que Soy para alcanzar lo otro de sí y aumentarse (garantizar su entidad por los otros entes) y de separarse de lo que la desintegra y desaparece (proteger su entidad de la amenaza de los otros entes). (cfr: “Lo que Soy y lo que tengo”, pág. 117).

  7. La judicatura no es otra cosa que la motivación; empero, se referirá a ésta con aquélla cuando se trate solamente de lo relativo al juicio (la motivación es mucho más abarcante). Es decir: la motivación, en tanto que referencia judicial, se llamará judicatura.

  8. Es decir que si el movimiento de salvación que ha sucedido tiene éxito, no en su ejecución, sino en la salvación y satisface así la motivación vital, entonces es satisfactorio y se refuerza el movimiento in situ.

  9. Hay deseos inconsumables, que son los deseos vitales.