1.1

El punto de partida de esta investigación —y quizás es imposible que sea de otra manera, en tratándose de una investigación filosófica— será el yo que soy, tomado éste en su sentido meramente ontológico (como un objeto de análisis en el que se sustentará el discurso siguiente), pero también en su sentido vivencial-efectivo, de manera que se trata de que cada quien —como sujeto que es— esté al tanto de cuanto se pretende sin demostración, por tener una mostración directa en la existencia propia (lo cual es {la mostración} el último reducto de toda demostración, que tiene que comenzar por lo dado y llegar a lo que, en cierto modo, está implicado en lo evidente, pero que no se alcanza a mostrar con claridad). No se trata, pues, de un vacuo ejercicio del solipsismo, sino de una investigación de lo que soy como humano, cuya comprensión se completa por el conocimiento de que está dedicada a mí, ciertamente, pero también a otros humanos, que también son.

El arraigo ontológico común, el estado compartido como entes que somos en y desde la misma realidad (que es lo que permite que el discurso se comunique —pues se comparte el tema—), pero también —y de manera terminante— como existentes que existimos en mundos diferentes (que es lo que obliga a que el discurso se comunique —pues no es ya común—) está siempre implicado en cualquier intento discursivo. Cada uno, por lo tanto, debe partir de sí mismo para alcanzar al mundo y, también, para alcanzar la sociedad [asociación] de los entes humanos y de los animales y, en fin, de todos los entes, que no pueden distraerse de la realidad. Y esto no sólo en la lectura de un texto filosófico, o de cualquier comunicación, sino en el acto mismo en el que se existe.

Así, toca en primer lugar definir lo que puede ser denominado por yo, en qué consiste la existencia mía y mi entidad; en dónde soy y con qué sentido.