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Dicho lo anterior, quiero asentar que, a pesar de la tradición muy arraigada de presentar como tesis de la licenciatura en filosofía ensayos que pretendan exponer el pensamiento de alguien más o explicar la historia de un concepto, yo creo que, si he de recibir en cambio un título en filosofía, es mi deber presentar una tesis de filosofía, y no una de filología filosófica ni de historiografía de la filosofía. Este asunto, en el fondo, se trata de determinar las razones de la filosofía como carrera universitaria: si es una preparación técnica tendiente a la realización de un tipo particular de investigación metodológica o si es una instrucción para aquellos que se interesen en el pensamiento filosófico como reflejo de su propia filia con lo verdadero o si es para unos lo primero y para otros lo segundo (y, en este último caso, si se pueden compaginar ambos propósitos); pero aquí no es pertinente tratar sobre el asunto. En su lugar, mi justificación para presentar un trabajo que no se ciña a la costumbre antedicha es muy más trivial, pero más determinante: la honestidad.

En primer lugar, y como ya se dijo, un título en filosofía no merece menos que una tesis filosófica. Sin dejar de lado el que el conocimiento de la historia de la filosofía y el que el diálogo con las otras posturas filosóficas es ineludible en un trabajo que es la culminación de una formación de cuatro años en los que se ha ocupado de eso principalmente (y que sí están presentes en esta tesis), aún es muy distinto el hacer filología y el hacer historia del hacer filosofía. Es absurdo pretender que baste con que lo filosófico sea el objeto de una investigación para hacerla filosófica; la filosofía no es un tema, sino que es una forma de encontrarse con lo real en la que el compromiso por el encuentro con su verdad y con la verdad de lo que soy, y eso es lo que se tiene que reflejar en lo aquí está escrito. No se trata de restarle rigurosidad a esta tesis ni de convertirla en la mera exposición de ocurrencias (el rigor y las justificaciones argumentativas están, y están también las referencias y las discusiones con la tradición), sino de intentar explicar el carácter que anima lo que sigue.

Se puede encontrar en el cuerpo de este trabajo semejanza con decenas de teorías filosóficas y suscripciones —muchas veces explícitas— de posturas de varios pensadores. Hay, desde luego, filósofos por los que se siente siempre una afinidad, con los que el pensamiento propio se siente no sólo comprendido, sino inspirado. Hay —muchas veces— ante la lectura de los clásicos la sensación de que lo que yo tengo que decir está ya dicho y que por eso no vale ya la pena que me exprese, pero esa sensación se descubre falsa apenas se considera que lo ahí dicho no es lo que yo tengo que decir, pues eso fue dicho al pueblo griego, a la comunidad científica del siglo xvii, y que cuando y como ha sido dicho ha pasado a ser lo de Platón o lo de Descartes, ha sido no sólo encasillado, sino desvivificado, al carecer de la fuerza de la actualidad y de la apelación al mundo como está ahora (apelación necesaria, si es que el filósofo pretende hablar a alguien además de sí mismo). Ellos, pues, desde su vida, han dicho del mundo su verdad, que coincide —aunque no en su forma ni en su conceptualidad— con lo que ya antes otros —a su manera y desde su tiempo— habían dicho: no hay una objeción verdaderamente significativa para presentar el propio pensamiento, aunque se crea —y efectivamente así lo sea— de menor valía estilística o especificidad conceptual: si la verdad se ha de conocer por la investigación propia, por la propia boca ha de ser dicha.

El asunto es, finalmente, si la ausencia de la posibilidad de una novedad verdadera debe obstar para el desarrollo de la originalidad del pensamiento: no lo creo así, y no me parece que por una inclinación particular, sino por la más elemental sensatez. Por esto mismo, en el trabajo se hallarán reminiscencias de varios filósofos: de Platón, de Spinoza, de Schopenhauer, de Marx, de Levinas…; sí, si se buscan se encontrarán tales coincidencias y en más de un punto, con seguridad. Entonces, ¿por qué hacer una elaboración teórica propia y no hacer un trabajo que explique y —cuando sea el caso— corrija lo que, por ejemplo, ha dicho Schopenhauer o Platón?, ¿por qué no una reelaboración de lo que sus bocas y sus plumas han expresado de las necesidades y las convicciones de cada uno?: Porque eso sería demasiado deshonesto, porque no es algo loable utilizar la autoridad y el nombre de los grandes pensadores para hacer que parezca que dicen lo que yo quiero decir, pues, al fin de cuentas, lo que ellos quisieron decir lo dijeron para que lo escucharan quienes ante sus textos se pusiesen. No es que el tratar de elucidar el sentido de lo que han dicho sea un atentado contra la honestidad o contra un inexistente código ético de los que piensan la filosofía, se trata de por qué decir lo que otro ha dicho es una labor filosófica, si lo es, y de por qué es necesario que quienes tienen algo filosófico que decir pasen por el examen del legado histórico.

Lo que Platón ha querido decir, lo ha dicho; ha hablado a sus contemporáneos desde su tiempo y en su lenguaje, ha manifestado lo que manifestó, y lo que nosotros podamos encontrar en sus palabras, lo que nos dice una lectura filosófica de su palabra no pertenece ya tanto a Platón, cuanto a nosotros, pues en tal caso lo que se busca en el texto no es al autor, sino a la verdad que expresen sus palabras.

Hablar filosóficamente es decir lo que nuestro propio compromiso con la verdad del mundo nos ha permitido encontrar en él y en nosotros; si la lectura de los Grandes Maestros nos ha instruido también o nos ha hecho caer en cuenta de lo que antes no habíamos visto o nos ha dado una clave para descifrar enigmas que nos parecían insalvables o nos ha desmentido algunas concepciones y reafirmado otras, etcétera, lo que ellos nos digan, en fin, ha quedado asimilado en la concepción del mundo a la que mi busca de la verdad me ha llevado. No creo que sea honesto hablar de Platón y luego exponer las consecuencias que a mí me han aparecido como consecuencias del contexto platónico mismo y hacer que de la boca de Platón manen palabras que nunca hubiera concebido —aunque tal vez las hubiera concebido si viviera en el contexto de ahora, que no es el caso—. Si de veras se ha comprendido el sentido de lo que Platón ha dicho, se les puede hablar de ello a las personas contemporáneas nuestras desde nuestro tiempo, sin revivir a Platón para que garantice nuestros argumentos. No se trata de utilizar lo que dice Platón y hacerlo pasar por propio, sino de concebir una realidad en la que la lectura de los planteamientos platónicos pudo haber contribuido poco o mucho y de hablar en mi nombre de lo que yo concibo, sin adjudicárselo a Platón que cuanto quiso decir lo dijo. No hace falta decir que “lo que Platón nos enseña es que…”; en todo caso, lo que sería procedente es “lo que he aprendido por Platón es que…”. Y aun así, habría que admitir que la concepción del mundo sobre la que descasa cualquier cosa que se escribe se ha ido forjando no sólo por las lecturas filosóficas, sino de muy diversa índole, y no sólo eso, sino, muy particularmente, por las vivencias y las convivencias a lo largo de nuestra vida toda, sin que jamás haya hecho falta decir que “a los ocho años, cuando caminábamos de vuelta a casa luego de trabajar, mi tío me dijo…”, ni las innumerables conversaciones ni decepciones ni satisfacciones por las que haya pasado esta concepción ahora cristalizada filosóficamente.

La motivación para escribir un tratado filosófico —y, en general, para escribir— es poner ante quienes me lean lo que tengo en , aunque eso hubiera sido puesto ahí por las palabras que otra persona haya pronunciado; es decir, aunque me hubiera inspirado en otra persona para —siempre desde mí— concebirlo, si ese fuera el caso. Escribir a nombre propio es lo más correcto, si se es honesto y sabiendo que se es así (la inspiración en alguien y el plagio de alguien no son lo mismo). Lo único que puede hacernos pensar distinto (i. e., que el nombre de quien dice es más importante que lo dicho) es la necedad del individualismo y del culto a la personalidad, que tan bien se ha arraigado en los círculos de “intelectuales” (así les dicen), pero que es completamente extraño a cualquier inteligencia medianamente racional de lo humano.