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La alteridad, para ser realmente alteridad, no puede referirse a otra cosa sino a su alteridad misma. La idea de lo Infinito no es, por lo tanto, una idea vacía de contenido, sino que, a diferencia del resto de las ideas, no contiene algo concreto (algo referencial, algo indicativo, algo remitente), ni contiene algo reflexivo (algo que se vuelve sobre el que lo piensa, algo que suspende lo que se tiene enfrente para mirarlo en una segunda instancia), sino que contiene una forma (o es decir, que no contiene): «la “intencionalidad” de la trascendencia es única en su género» (p. 73)1. Pero, si esto es así, ¿cómo es posible, de donde viene la instauración de algo así como lo infinito en mí? Si la idea de lo infinito consiste solamente en el tomar conciencia de la separación, en el encontrarse con algo inabarcable, inagotable y absolutamente otro, ¿cuál es el modo por el que se entiende que llegue a estar en mí algo como eso?2

Lo infinito no es primero para revelarse después. Su infinición se produce como revelación, como puesta en de su idea. La infinición se produce en el hecho inverosímil de que un ser separado, fijado en su identidad, el mismo, el Yo contiene, sin embargo, en sí lo que no puede contener por la sola virtud de su identidad. (p. 52)

El que “su infinición se produzca como revelación” quiere decir, justamente, que esta infinición carece de contenido concreto, que se refiere a su sola forma; pero esta forma no está en mí por obra de la mismidad que soy yo, no se produce en mi separación (aunque sí desde mi separación) sino que se da como revelación, como una revelación que irrumpe en lo que yo soy con violencia, porque cuestiona la espontaneidad de la libertad que me constituye (en mi separación, no sólo soy libre, sino que soy libertad, soy lo que no se puede poner en duda, lo que existe como fundamento de lo que hay en el mundo). De esta manera, «lo que irrumpe como violencia esencial en el acto es la excedencia del ser con respecto al pensar que pretende contenerlo, la maravilla de la idea de lo infinito» (p. 53). Y en esto consiste la revelación thaumática, maravillosa de la infinitud: en que haya algo, en que algo sea incontenible por el pensamiento.

Y esta sola es la noticia que me revela el infinito. El infinito se produce — En el doble sentido francés de la palabra, de creación-fabricación y también de mostración— como revelación. Se produce (como creación) en mí y, a la vez, se muestra (como algo que ya estaba ahí antes). Pero no se trata de que lo que ahora está puesto en mí existiera con antelación, la idea de lo infinito se produce en el acto mismo de revelarse (y, en ese sentido, lo que se revela es solamente la idea de lo infinito). Lo anterior se aplica sólo para el primer sentido del término, lo que se me revela a mí es la consciencia de la trascendencia; es la maravilla de la excedencia, de la incontinencia, de la insuficiencia, de mi finitud… pero, en el segundo sentido (el de mostración), ¿cómo puede haber revelación de algo que, al mismo tiempo que se revela, llega a la existencia? ¿No se diría, si tal fuera el caso, que hay una creación de la idea de lo infinito, antes que una revelación de la misma?

En efecto, “lo infinito no es primero para mostrarse después”, sino que se produce (crea) en el acto mismo de su revelación; pero es revelación porque no es creación que acaezca a partir de la espontaneidad que soy yo, es una idea que me viene de fuera; pero lo que viene de fuera es la manifestación de lo absolutamente otro (de lo infinito) que no puedo contener con el pensamiento, que desborda mi existencia; eso que desborda la conciencia es un Otro, a su vez separado; pero el otro no se me manifiesta en su separación, él es separación a su vez (y este otro ser separado es lo que existe con anterioridad a la revelación).

Empero, lo que yo alcanzo no es la separación del otro, o al Otro en su separación (no franqueo la distancia que me y que lo [y que, por lo tanto, nos] separa) todo lo que alcanza a mostrárseme del otro (por la trascendencia, por la distancia) es su alteridad, no lo alcanzo en lo de sí, sino que sólo puedo notar su excedencia, su infinitud, su trascendencia. Esta noticia de su infinitud es la que produce-crea la idea de lo Infinito, es en este sentido en el que algo que no existía de por sí (el Otro, en su separación, no es Infinito, sino que es totalidad) es decir que la idea de lo infinito que se produce en mí no viene de descubrir el contenido de lo que es el otro en lo de sí, sino de descubrir yo la imposibilidad de acceder a lo en lo del Otro cuando, al mismo tiempo, tengo noticia de ello. Pero este descubrimiento no es hecho en ni desde mi separación; lo que descubro lo hago por la violencia de la incontinencia, descubrimiento que me viene de lo otro (un descubrir donde no soy yo, sin el Otro el que quita la cobertura); es, en este sentido, una revelación. Lo otro (el rostro en su manifestación plástica) se me revela como Otro (como la trascendencia de su infinitud).


  1. Decir que no contiene no es decir que contiene algo vacío. Los conceptos y las ideas vacías son simplemente remitencias sin destinatario o cuyo destinatario es una incógnita, son continentes con el contenido vacío. En este sentido su intencionalidad no diferiría de la intencionalidad del resto de las ideas, trataría de encontrar su indicación, su destino; su intencionalidad sería una remisión al ideatum, aunque este ideatum esté ausente. Pero lo que se quiere decir cuando se habla de que “no contiene” no es que el contenido no está, que le hace falta contenerse, sino que consiste y se define por su no contención (por su infinitud); no que su capacidad de contener está siendo inútil (y, en este sentido, lo que le falta es el contenido), sino que no hay tal capacidad (y, en este sentido, lo que falta es la continencia).

  2. Hay que aclarar, por si hiciera falta, que lo que está en mí no es el infinito, sino que lo que está en mí es la forma de lo totalmente otro, que se instaura por la trascendencia y que no puede contener sino su propia forma.