Veinte años no es nada

10 de octubre de 2011

Mauricio morirá en cinco minutos… y él lo sabe. No con esa clarividencia con la que se puede decir “me quedan cinco minutos”, pero lo sabe, lo siente en su respiración y en su sangre (se vuelve uno muy receptivo cuando está en el último lecho). Ahora, postrado, recuerda la última vez que visitó la playa; la primera se le escapa, la segunda es imprecisa, es un invento quizás, uno de los últimos que jamás tendrá. Cómo le gustaba el calorcillo y el agua, combinación mágica por la que nunca supo a quién agradecer, pero que habría alguien sin duda, porque no es posible que se dé tanta felicidad por mero —cómo decirlo— bueno, sin que esperara que alguien fuera feliz por eso. Sí, la arena en los pies, arena sabia que puede todo ser en el momento en el que el agua la vuelve moldeable… El agua mágica, fuente de la vida y asesina de tantos que mejor es no recordarlo por un momento y contemplarla; sí, contemplarla como si no se estuviera ahí, viendo sin estar en lo visto, sin tomar en cuenta que unos metros más allá te devoraría, te llevaría a su morada de muerte infinita, de ausencia infinita.  Es como estar contemplando el umbral de la muerte bella —¡“bella”, dicen los ojos!— y admirando su majestad, su tiempo, tan grande tiempo que es inconmensurable con el propio. Ah, sí, la playa; el calor, sí; el calor, por favor, el calor… hace tanto frío aquí, debajo de estas cobijas, al lado de estas ventanas, contemplando el librero con tantos volúmenes pendientes. Uno tras otro, todos lo acosan, lo miran y lo acusan y él sólo agacha la cabeza y recuerda todas las comidas horribles que tuvo que soportar para armar su biblioteca, los libros son cosas caras, por alguna razón que nunca alcanzó a comprender del todo, pero que ahí estaba, aunada a ellos y que ahora no le daba más tiempo de investigar, tampoco sabrá en detalle los sucesos de la revolución cultural china, ni la forma en la que se pueden hacer esas gráficas bonitas en las computadoras, como la otra vez vio que su sobrino podía. Todo terminará, y ya no tendrá más el calor de la playa iluminando sus mejillas.

No se trataba sólo de las cosas inútiles acumuladas que ahora tienen como destino el olvido inicuo y el desprecio de los suyos; ni tampoco sólo de las cosas que pudieron ser y no son. Se trata, antes que nada, de las cosas que fueron y que no serán ya, no más, no nunca, no después de cerrar los ojos ahora o en un minuto. Sí, Mauricio lo sabe: la siguiente vez que cierre los ojos, no volverán a abrirse por ésta su voluntad y cada vez está más cansado para mantenerlos abiertos. Tiene hambre —se acuerda de que tiene hambre— y de eso hace un rato; su panza ácida, su panza más fría que el resto de su cuerpo, que necesita más el calor que ninguna otra de sus partes frías también, pero insensibles; recuerda la sensación de la sopa, de aquélla que le preparaba su madre siempre, invariablemente cuando volvía de la primaria; esa sopa siempre lo ponía feliz, siempre ¡SIEMPRE!…… ¡No! La locura, el odio, los celos; los celos malditos, los desprecios, la secundaria, las faldas escolares que se escabullían en los estrechos espacios entre la bardas perimetrales y los salones adyacentes; los deseos fallidos y las caras lindas que dijeron que no (muy lindas, muchas caras) y de ahí al infierno. ¡No pienso visitar el infierno ahora! Si ya no puedo la playa, tampoco tendré la pudrición de las mujeres, de la belleza que nunca acaba de pagarse. Se quedará Mauricio con su dignidad, que por ser poca la vida que le resta, la encuentra poca él también a ella, sin posibilidad de la altivez de su rostro que por algunos años tomó por prioritaria.

Entra la luz por la ventana. La cortina mal abierta deja entrar poca, un lánguido haz de luz y de calor que termina por sobre la cobija que cubre sus pies casi  insensibles, mientras su cara grita por un poco de eso, qué más da, más o menos así es todo siempre, pero, ¿por qué ahora? ¡No! ahora no debería. Solo. Son las diez de la mañana y sigue solo, sin una vuelta, ni un ofrecimiento de desayuno, ni una manera de dejar escapar la mirada, de decir “¡Mírame!, mírate”, de gritarlo con los ojos. Mauricio tiene 35 años. Es sábado; perfectamente entendible que en la casa se pretenda prologar el sueño, así suele ser la vida cuando uno está vivo, y está bien. Ahora que lo examina con detenimiento, no valía la pena todo ese tiempo que antes pasó previniendo la muerte y pensando en ella, pero no como una posibilidad de su existencia, sino como un momento en su vida; no como reflexión sobre lo que la muerte significa en la vida, sino como cobardía mundana inmediata por apartarse de su posibilidad, por aferrarse a todo lo que en el mundo le es… tiempo, por aferrarse al tiempo y a su contenido de formas y sensaciones miles… por lo menos, la vida, cuando menos estoy vivo… hay esperanza. Pero hoy no, hoy ya no hay esperanza, a penas deja de ser gris las luz, apenas lo ojos permanecen abiertos, a penas la respiración, a penas vivir. Bien, todo bien. Esto se sabía, pero no el olor, nadie le advirtió del olor y eso no es justo, no es justo que le pidan serenidad si nadie le había dicho del olor. Es difícil bañar a Mauricio, así que ahora lleva una semana sin sentir el agua tibia y son los picores y los olores que tanto desprecia —despreció— los que lo acompañan en su pena, y lo saludan en la mañana y lo despiden en la noche, y que ahora lo despedirán para siempre. Sí, ahí viene la mierda; no podía faltar. Que venga, pues, que nos acompañe hasta el final que venga con el olor más fino todavía. Ya está, no hay nada más: excretada, inundando todo el cuarto, inundando las fosas nasales junto con la comezón, con el hueco infinito de su panza. Este olor y estas sensaciones, hasta el final; de ahora en adelante, todo, todo lo que hay y todo lo que existe es este olor, esta comezón, las hormigas y el delirio. Ya lo siente, ya está podrido ya lo están consumiendo, y no las llamas purificadoras, sino la bajeza sucia de lo orgánico. Siente ya sus partes divididas y sus músculos desgarrados desde dentro. De él mismo sale su destrucción; de él mismo sale la mierda, compañera fiel. Gracias, pues, por estar ahora, como siempre, conmigo, por ser yo, por dar testimonio de que este mundo no es igual gracias a mí y por dejar en él mi rastro, que otros deberían seguir, eso supongo, que deberían buscar los residuos de mis mierdas y decir “estuvo aquí y dejó su mierda para el consuelo de los que lo sucedemos”, alguien debería; sin dudas alguien lo hará, su huella, sus pasos que quedaron efímeramente marcados en la tierra, sus libretas que ahora estén entre un montón de basura y las que estarán con ellas dentro de poco, tal vez un mes, a lo mucho un mes.

 

Pero ahora nada se compara con el frío del estómago, pero como el dolor no se piensa, ha de pensar entonces de otra manera y en otra cosa, el silencio no, por favor; no el silencio que evanesce al mundo, no todavía, aquí hay fuerza, aquí hay sangre, ¿es que no lo ve quien haya de verlo? ¡VÉANLO! roja y tibia como las otras, más que las otras, más que todas, la única sangre verdadera del mundo.

 

Este cuarto, lo odio. ¿Por qué no me llevaron a un lugar extraño, al lugar del rito de la muerte, en el que todo la anuncia, en el que todo la espera, en el que la frialdad y la practicidad a ultranza ayudan a descubrirse ajeno a la estancia, a la presencia del mundo, al transcurrir de la vida? Se les ha ocurrido dejarme aquí, en mi casa y más que en mi casa, en mi cuarto, con mis cosas, con todos mis futuros anhelados y deberes pasados postergados, con las fotos de la playa en ese cajón, inaccesible, con la mitad de las Obras Completas de Bach pendientes de escuchar, antes de que complete mi colección de la edición de Les Belles Lettres de los diálogos de Platón, sin llegar a conseguir lo que me falta en mi vida, yo que siempre me he afanado en conseguir cosas y en perder en la memoria frágil las cosas que conseguía, pero, entonces ¿cómo estaba vivo? ¿Estaba? Sí lo estaba porque sentía, pero la sensación no está, ¿dónde está? ¿Qué está? Está el olor a mierda, ésa es la sensación, está la comezón y está el frío carcomiente del estómago… y de los pies, son las sensaciones eternas, son lo que ha existido siempre, no ahora, siempre, eternamente, toda mi vida es este olor a mierda, esta comezón y esta carcomida. Todo el tiempo no es sino todo el tiempo que es: todo nos lleva aquí. Gráciles y armoniosos pétalos de rosas cayendo por cientos… Y todos los trabajos de mi brazo que ahora son el dolor de la atrofia, y todos los pasos de mis pies que ahora son el entumecimiento corrosivo, y todos los colores de mis ojos y todos los calores de la playas que ahora no son nada, todas las arenas que previeron mi futuro y que se reían ufanas de la pretensión de eternidad que eran mi risa y mi felicidad, ¿cómo se me fue a olvidar que soy poco menos que el instrumento de un instrumento? ¿Cómo me atreví a sentir que era algo cuando no soy nada? Y sin embargo me atreví, y estas cosas que me atormentan ahora son tan nada como yo… Pero han de ser menos nada porque pueden sobre mí, porque no me dejan escapar, ¿cuál será la programación de la próxima semana?, la siguiente versión del sistema operativo de mi teléfono, ¿qué tendrá de nuevo? Las elecciones, tengo que ir a votar, no puedo dejarme ir sin haber votado para hechar a los ladrones que asesinan y mandan a asesinar para poder robar más y más bonito, sin ver cómo se puede salvar el país, el vecindario, sin que me aumenten el sueldo para poder volver a la playa. Cosas-nada que me sobre-viven, hay muchas. Mi mundo inacabado para siempre, habría que hacer que el mundo acabara antes que uno, que se pudiera ver su conclusión, su desenvolvimiento rudimentario hasta el fin. Curiosidad; nomás por eso, no pido vivirlo, aunque sea cuéntenmelo, díganme…

—Tengo… frío — intentó, al fin, decir Mauricio; pero la voz se le negaba, se eschuchaba como un sordo balbuceo, que se entendía mejor por el intento de levantar el brazo para alcanzar con su piel lo que se le aparecía en la mirada: la luz, el calor, la arena distante dentro de eso cajón

Al fin, aquí estoy. Al fin… no puedo esperar a que el sol alcance mi rostro, tengo sueño, mis ojos arden. Al fin, hoy tiene que ser. Y comenzó a subir débilmente la mano por su cuerpo, la frotó despacio contra su pecho, contra su cuello, contra sus mejillas, contra su frente. Más rápido, por qué no pueden más rápido; más vivas, por qué no pueden más vivas. Temblaba, con el calor de sus manos temblaba. Era la vida que le quedaba y que se convulsionaba para despedirse. Con las manos en el rostro, la mirada en el techo multiforme y la mierda en las narices, el cuerpo de Mauricio abandonó toda pretensión de realizrse, todo anhelo, todo pendiente. Se abandonó al gobierno tirano de lo otro y de los otros. Se acabó quince minutos antes de que aquel rayo de sol lo tocara, seis días antes de que las flores de su jardín se colorearan, a trescientos kilómetros de la playa. Se acabó.

Los retazos de tela agrupados que cubrían su cuerpo enjuto no alcanzaban a disimular la pobreza de su empresa, la miseria de su muerte