Practicando bajar las escaleras

15 de junio de 2008
Incluido en Infatuaciones

Si bien esa mañana no era mala, tampoco aparecía por ninguna parte cómo podría superar a cualquiera otra mañana cualquiera. Ventanas las hay por todos lados, ¿luego?, pues no digo yo nada.

Fuerza, ¿hay algo más en este mundo?

Sí, días los hay también solitarios, pero la diferencia con los no‐solitarios no es tanta, parece haber más entre los nublados y los despejados. No importa ya: hay que bajar las escaleras.

Pero la vida terca siempre vuelve y grita, y más fuerte y cada vez más: aturde, resuena y nos despierta al mundo de los sueños y las ilusiones. Nos aleja de lo que es realmente, de lo que hacemos nosotros mismos cuando nos hacemos; inventando somos superiores, por eso las invenciones son mejores que lo dado.

Muchos parecen los escalones, pero diario los bajo y nunca tardo más de dos minutos. Hay cosas que pasan más rápido que otras; subirlos ya no es tan rápido. Cincuenta peldaños entre mí y ella, que ahora ha volteado a verme, y entre más me ve más grandes son los escalones y más pesado está mi cuerpo. Ella, su hechizo; para estar a su lado hasta respirar asfixia y la proyección hiere.

El tiempo me atraviesa como una lluvia horizontal de agujas. Miles de ellas pasando por mí cada vez que el tiempo es…

Pero ya voy, ya es hora. Quizás rodar por ellas me ayude a evitar el dolor; sí, pensar es lo más cansado.

[«…el mundo cambia / si dos se miran y se reconocen, / amar es desnudarse de los nombres: / “déjame ser tu puta”, son palabras / de Eloísa, mas él cedió a las leyes…»]

Lo sabes y no lo niegas, y no me lo dices aunque me lo dices. Me muerde tu mirada, me rompes el cuello. Me callo, me entierro. Gracias.