Ojos cálidos

24 de noviembre de 2011

No está bien, no está permitido que los escándalos… no está bien, nunca debió cruzar la calle, abrir la puerta, mirarlo a los ojos y desvanecer su presencia del tiempo en que su cuerpo le imploraba “¿qué está pasando?: déjame vivir” No por mucho tiempo, ya no se levantó, ya no volvió a mirarlo “¿Estás ahí?” debes estarlo, si te veo en esa piel que tienes, en esas manos suaves que por mí no lo son más… pero siempre serán suaves.

Alguien le quiso explicar que el mundo era más grande de lo que él pensaba, de lo que ella pensaba, más grande que todos los pensamientos que alguna vez tendrá y, aun así, mundo pequeño en el que poco se puede esconder, en el que incluso lo que se esconde para sí mismo es claro paro los otros que no hacen sino violarte con la mirada, se aparecen y ahí están, te miran: te tienen, te encierran, te hacen, ¡sí!, y te hacen estúpido te hacen sin valor te hacen como tú haces con la sombra que se ha arrastrado detrás de ti, que no es tuya, que no tiene rostro, sólo silueta. Te hacen objeto; comienzan con la mirada, pero siempre terminas por ser suyo, por hacerte a lo suyo, por quererte a lo suyo, por mirarte a lo suyo…

Animal, silueta errante, fatigada, perdida que caminas. Ornato fantástico que con la gracia de tus formas redimes el calor que hay en tu rostro, en tus pies. Estorbo, presencia imborrable que puede ser mancillada para extinguirla, que como no se extingue será más y peor vejada. Testigo callado que como estatua que respira atiendes a la muestra magnificente de tu amo, haciendo con tu codicia que el oro sea oro; y la sangre haces sangre con tu asco. Despojo, atroz juntura de piel con forma humana, doliente marejada de huesos próximos a buscar su primer respiro. Peso muerto, agua muerta, carne caliente que no es comestible: que es ardible, que es quemable, que es suave y gentil con quien la golpea, que nunca reniega de quien la está tocando, que se abre tan suave, y con tan bella melodía al filo del metal. Amable, bella presa de ser lo que eres en el tiempo cuando eres, en el lugar donde eres, con los ojos que tienes, con la cintura que tienes, con la sonrisa que tuviste.

Y ahora… ¡hay que mirarte! tenías que abrir la puerta, tenías que cruzar la calle. Tenías que verlo, de verdad tenías… tenías que encontrar sus ojos —oh— con su calor, los únicos ojos cálidos del mundo, las únicas manos suaves, el único pecho que dura diez segundos unido con el tuyo.

Está bien, no importa. Al fin y al cabo el mundo está lleno de miradas.

Mendacidad de indigna gente que poco es y en mucho pretende superar a los otros. De risa y de trajedia. De muerte, debiera ser: que aprendan