Desencuentrito

4 de diciembre de 2013

Estaba sentado en el comedor. Ya llevaba ahí más de dos horas: mirando la puerta, deseando que fuera de cristal para poder contemplar el ocaso que sabía que sucedía, deseando que el mundo que estaba todo allá afuera le cupiera aquí, que las calles, las casas y los edificios inertes estuvieran a un paso, que todos los lugares en los que pudiera buscarla lo rodearan: La casa de sus padres, la librería, ¿la escuela?, los cafés pretenciosos que de repente le gustan, las banquetas frías… las banquetas quemantes, duras, las paredes raspantes, las puertas cerradas, las luces apagadas en las noches… las gentes «¡Oh, malditas las gentes!» Los hombres que además de él tenían boca para hablarle, los que podían, como él no, ser frívolos y hacerla reír; ser lisonjeros y hacerla sonrojar; ser falsos y prometerle felicidad. «¡Oh, malditos ellos! ¿O maldito yo?»

«Sola: Cada vez que no está conmigo está sola…»

Ella, mientras, caminaba, pensando en que debería haber comprado esa bicicleta que vio barata el otro día, pero que de cualquier forma quizá no se habría atrevido a aprender a andar en ella. No sabía a dónde ir, sólo caminar quería, sólo no pensar en las tonterías que últimamente le llegan a la imaginación cuando está sola, cansada, en su cuarto, en su cama, ésas que a veces le llenan los ojos de lágrimas y el rostro de rubor y la boca del estómago de cosquillas y la garganta de náusea. Pero ninguno de los lugares en los que pensaba eran buenos, no así de buenos… Terminó por quedarse en el parque, sentada en una banca, viendo cómo los niños (¿13 años?) jugaban y peleaban futbol, y escuchando cómo los pájaros y los perros lamentaban su hambre y vivían… pero pocos minutos después su rostro comenzaba a enrojecer.

«Si ese día no hubiera escuchado sus palabras, si su rostro no me sonriera como sonríe…»

¿Y qué pretexto le serviría si se llegare a presentar en cualquiera de esos lugares?, ¿y qué explicación le daría si, cuando al fin que la encontrare, ella se enterare de que la estuvo buscando en los otros lugares? Igual ya; igual y si no puede hablarle de frente, ¿qué caso tiene? Es igual, ¿no?, ¿pasar el resto de la tarde, de la semana, de la existencia con ella ó solo ó con quién sé yo? Igual. Y qué si su rostro es hermoso, si su alma es tersa y cálida, si su voz… o si su pelo…; ¿no habrá acaso otros rostros tan hermosos, otras almas tersas, otras voces y otros pelos? Y sin embargo pareciera que no: no igual ni en la misma proporción, ni de la misma manera, ni será ese tiempo este tiempo: éste es su tiempo, ¿Y quién se va a atrever a arrebatárselo?… «¿yo ó la espera?». Sus manos temblaron y sus párpados comenzaron a pesarle… mucho.

«Y con tantos asuntos pendientes: ¿No tenía yo que leer un libro…?, ¿cuál?»

No estaba segura de si el frío había dominado el ambiente o si el calor había dejado, poco a poco, su cuerpo; pero de pronto se encontró temblando en la cima de una resbaladilla abrazando sus pantorrillas con la barbilla recargada en sus rodillas, y con su cabello revoloteando indeciso, haciéndole cosquillas en el rostro. Mala idea le pareció ahora haberse subido: ridícula, ¿patética? Bueno, ¿y qué? Por lo menos, por lo menos, por lo menos estaba en un lugar que ella había escogido, haciendo algo —pensar en él— que ella, ciertamente, no había escogido, pero que era lo que ella era. Mientras, los perros seguían en lo suyo: rasgando bolsas, mirando tristes al horizonte, haciéndose a un lado cuando se acercaba una persona, ofreciendo sus narices al viento en espera de buenas noticias… pero difícilmente las buenas noticias llegan así: hay que seguir caminando. Hubo más frío, y ella se abrazó a sí misma con todas sus fuerzas.

«Ser lo que se es, ¿acaso alguien puede evitarlo?; pero hacer lo que se es, ¿acaso alguien puede conseguirlo?»

Decidió entonces él que no podía seguir con eso: no había sensatez en ser un cobarde enamorado, pero tampoco en estrujarse las entrañas si su valor de buscarla ya no le iba a llegar. Mejor era distraerse: salir a caminar, visitar los lugares a los que ella nunca iría: las vías del tren, el tianguis a la hora que todos levantan sus puestos, o quedarse parado en los treinta centímetros de banqueta que hay en los pasos a desnivel…

Decidió entonces ella que los días eran muy cortos y que éste era su tiempo; «puede que lleguen otros tiempos o que este tiempo mío se extienda eternamente, pero el que estoy segura de que me pertenece no lo voy a pasar esperando». Y pensó en los lugares en que podría encontrarlo sin que fuera demasiado obvio que lo buscaba… tal vez ya no iba por todo su tiempo, tal vez ya sólo quería el tiempo de esta tarde moribunda, de esta noche naciente… escuchar su voz, sentir su mirada… tal vez…

Y sí, los dos caminaron en direcciones opuestas: él hacia las vías que cruzan el parque, y ella hacia cualquier calle del centro. Los dos buscaban algo impreciso: un horizonte o una coincidencia feliz. Al mismo tiempo tenían miedo de verse y de no verse; uno de esos miedos que sólo los provoca el agujero negro de la otredad. Ella de pronto levantó la vista y lo vio acercándose mirando al suelo… y pasar junto a ella: «¡Espera!».

—¡Espera! —dijo, sin darse cuenta de que su temblor se detuvo.

—¡Hola! —respondió él, sin darse cuenta de que sus ojos sonrieron mientras intentaba reprimir la sonrisa de sus labios.

El corazón de los dos se aceleró y ambos evitaban que sus miradas se cruzaran con los ojos del otro: no fuera a ser que se delataran. «¡Feliz coincidencia!», pensaron los dos. Los pies de ella comenzaron a juguetear con el suelo, y las manos de él hicieron lo propio guardadas en los bolsillos de su sudadera. Hablaron de frivolidades en medio de la banqueta, y en medio también de silencios y frases entrecortadas por el nerviosismo, por la inseguridad, por la amenaza: se habían agotado los pretextos para encontrarse casualmente; la última vez había sido hacía ya casi dos semanas: de ahora en adelante tendrían que confesar su voluntad de estar juntos o depender de cada vez más imposibles coincidencias felices.

Él no pudo ya pensar en nada más que en las formas hipnóticas de su cabello y en cómo caía sobre su rostro, y sintió ganas incontenibles de sujetar su cabeza, acariciarla y sentirla contra su pecho por días y días que rehusaran el poder ser cuantificados, y entonces sintió miedo y ganas de llorar

—Y, ¿adónde ibas? —dijo él de golpe, intentando alejar los sentimientos de su pecho.

Ella sintió esas palabras como una despedida. Miró su cuello y luego buscó ver sus manos, que seguían escondidas en la sudadera, peleando con la tela. No supo qué decir, qué hacer para quererlo ahora, para tener su(s) tarde, su(s) noche, para capturar las palabras de él y hacer que la acompañaran, y que siempre la hicieran sentir como aquellas veces, para tener su mirada, su calor… ¡maldito frío, malditos nervios!, ¿por qué?

—Pues, a mi casa… ¿y tú?

—Sólo iba por algo para cenar… y creo que me perdí un poco; es difícil encontrar algo bueno, ¿no?

—Sí.

Él sintió esas palabras como una despedida. Los cosquilleos en el pecho y en los brazos llegaron hasta sus ojos: todo emblanqueció, y perdió sus fuerzas, estuvo a punto de desfallecer, pero sus labios permanecieron sellados; su mirada se perdió y ella, viéndolo tan serio, sintió que ésta podría ser la última vez que se vieran en todo el tiempo que le quede al mundo. «No», se dijo, «no».

Se acercó un paso y lo abrazó tímidamente. Él sintió sus brazos, su pecho, su pelo, y fue feliz; y la abrazó también, y juntó su frente con la suya, y, por un breve instante, cerró lo ojos. Cuando los abrió, seguían en medio de la banqueta y el pasaje de la gente lo devolvió al mundo; se alejó un paso y la miró mientras ella, convulsa entre la inseguridad, el miedo a la muerte y la ingenuidad de la esperanza dijo

—A ver cuándo nos vemos.

Él, igualmente temeroso y descreído de la vida, convencido desde niño de que nadie tiene derecho a la felicidad, respondió

—A ver cuándo…

Y se hicieron una seña con la mano y continuaron su camino ahora sin sentido, ¿por cuánto tiempo? No lo supe yo. No supe yo ya nada de lo que pasó. Probablemente al día siguiente se encontraron, se llamaron por teléfono, se amaron y desamaron hasta la muerte; probablemente suspiraron cinco meses y se volvieron a encontrar cada uno con amigos nuevos y viejos, y dos veces más hablaron en la vida. Yo no supe porque yo morí en ese momento, me deshice cuando sus pies comenzaron a encaminarlos nuevamente, mientras los dos trataban de deshacer el nudo de su garganta y juntaban fuerza de lugares desconocidos para no caer de rodillas y dejar que la baqueta cargara el peso muerto que se sentían ser.

El des‐tierro: despojado del sustento, de la memoria que guarda lo vivo de lo que ha vivido y de los sublimes encuentros con lo ya‐sido.